Mudarnos juntos fue mucho más fácil que explicarle por qué yo conocía perfectamente dónde guardaba Nathan las tazas.
El primer día abrí el armario correcto sin pensarlo.
Él me miró.
—¿Cómo sabías que estaban ahí?
Me quedé congelada.
—Intuición femenina.
—Impresionante.
Desde entonces tuve que recordar constantemente que se suponía que llevaba años sin verlo.
El problema era que Nathan tampoco se comportaba como un hombre casado por conveniencia.
Cambió todas las alfombras porque temía que yo resbalara.
Llenó el refrigerador.
Contrató a alguien para limpiar.
Y una mañana encontré sobre la mesa una tarjeta bancaria.
—¿Qué es esto?
—Gastos de la casa.
—Tengo salario.
—Lo sé.
—Entonces no la necesito.
Nathan levantó los ojos del café.
—Julia, estás embarazada de seis meses, trabajas y pagas el tratamiento de tu madre.
Me quedé inmóvil.
Nunca le había contado lo de mamá.
—¿Investigaste mi vida?
—Me casé contigo después de encontrarte embarazada frente al Registro Civil diciendo que acababas de divorciarte.
Hizo una pausa.
—Naturalmente investigué.
Mi corazón empezó a golpearme.
—¿Y descubriste algo?
Nathan me sostuvo la mirada.
—Todavía no lo suficiente.
Casi dejé caer la taza.
Los meses siguientes fueron extrañamente tranquilos.
Hasta que nació Leo.
Nathan estuvo conmigo en el hospital.
Cuando la enfermera colocó al bebé en sus brazos, permaneció completamente inmóvil.
—Es muy pequeño.
—Los bebés suelen serlo.
—¿Respira bien?
—Nathan.
—¿Qué?
—Deja de mirarlo como si fuera a explotar.
Pero desde aquel día prácticamente no volvió a soltarlo.
A los tres meses, Leo tenía sus ojos.
A los seis, su nariz.
Al año, hasta fruncía el ceño exactamente como Nathan.
Una noche lo encontré observando al niño con expresión sombría.
—Julia.
—¿Sí?
—Ven.
Me acerqué.
Nathan levantó a Leo.
—Míralo.
—Lo veo todos los días.
—Se parece a mí.
Tragué saliva.
—Coincidencia.
—Tiene mi mismo grupo sanguíneo.
—Muchas personas lo tienen.
—Tiene el mismo hoyuelo.
—La genética es misteriosa.
Nathan entrecerró los ojos.
—¿Quién era tu exmarido?
—Ya te dije que era pobre.
—Nombre.
Silencio.
—¿Era pariente mío?
—Tal vez.
—No tengo hermanos.
—Primo lejano.
—Julia.
Retrocedí.
—¿Qué?
Nathan sacó un documento.
Una prueba de paternidad.
Sentí que mi alma abandonaba el cuerpo.
99,99 %.
PADRE BIOLÓGICO: NATHAN RIVERS.
Levanté lentamente la cabeza.
—Qué sorpresa.
Nathan parecía a punto de perder la paciencia.
—¿Sorpresa?
—La medicina avanza muchísimo.
—¡Julia!
Leo comenzó a reír.
El traidor incluso tenía la misma sonrisa que su padre.
Nathan dejó el informe sobre la mesa.
—Ahora vas a contarme todo.
Ya no tenía salida.
Me senté.
—Después de que terminamos, descubrí que estaba embarazada.
Su rostro cambió.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque intenté hacerlo.
Nathan guardó silencio.
—Te llamé. Tu número había cambiado. Fui a buscarte y me dijeron que te habías marchado al extranjero.
Bajé la mirada.
—Después mi madre enfermó. Necesitaba dinero. Necesitaba trabajar. Y pensé que tú ya habías seguido adelante.
—¿Y el día del Registro Civil?
—Entré en pánico.
—¿El exmarido?
—Inventado.
—¿El divorcio?
—También.
Nathan cerró los ojos.
—Entonces te encontraste con el padre de tu hijo…
—Sí.
—Le dijiste que estabas divorciándote de otro hombre…
—Sí.
—Y después te casaste con él sin decirle que el bebé era suyo.
—Cuando lo dices así suena bastante mal.
Nathan soltó una carcajada incrédula.
Pero después recordó algo.
—Espera.
Su rostro se endureció.
—Yo soy estéril.
Ahora fui yo quien lo miró.
—Nathan, evidentemente no.
Al día siguiente buscó sus antiguos informes médicos.
Y allí apareció la segunda mentira.
El diagnóstico que había recibido años atrás no decía que fuera definitivamente estéril.
Hablaba de una probabilidad muy reducida de concepción natural.
Nathan había interpretado aquella posibilidad como una sentencia.
Leo era precisamente esa posibilidad.
Pero todavía quedaba una pregunta.
—¿Por qué estabas en el Registro Civil aquel día? —pregunté—. ¿Quién era tu prometida?
Nathan guardó silencio.
Después sacó el teléfono.
Me mostró una conversación.
La última línea enviada aquella mañana decía:
“Si Julia realmente está embarazada de otro hombre, no puedo hacerlo.”
Me quedé helada.
—¿Tú sabías que estaba embarazada?
—Tina me lo contó semanas antes.
Abrí los ojos.
—¿Tina?
Nathan sonrió.
Entonces comprendí.
Mi querida mejor amiga.
La misma que casualmente me había pedido acompañarla aquel día.
La misma que sabía exactamente dónde estaría Nathan.
La misma que después nos miró casarnos fingiendo sorpresa.
Saqué inmediatamente el teléfono.
Tina contestó al segundo tono.
—¿Qué?
—Voy a matarte.
Se echó a reír.
—¿Finalmente descubrieron que Leo es de Nathan?
Nathan y yo nos miramos.
—¿LO SABÍAS?
—Por favor. Ese niño salió del hospital con la cara de Nathan.
Colgué.
Nathan comenzó a reír.
Yo también.
Nuestro matrimonio había empezado con una mentira absurda, un diagnóstico mal entendido y una amiga demasiado entrometida.
Pero aquella noche Nathan tomó mi mano.
—Una cosa más.
—¿Qué?
—Cuando te propuse casarnos aquel día, no fue por impulso.
Lo miré.
—Entonces ¿por qué?
Acarició la cabeza de Leo.
—Porque llevaba años esperando encontrarte otra vez.
Mi garganta se cerró.
—¿Y si realmente hubiera estado embarazada de otro hombre?
Nathan sonrió.
—Me habría casado contigo de todas formas.

Miré a nuestro hijo.
Después al hombre que supuestamente era estéril.
Y pensé que quizá nuestro matrimonio sí había ocurrido por accidente.
Solo que enamorarnos otra vez…
eso ya no tenía nada de accidental.