PARTE 2: LA ÚNICA MUJER QUE NO LE TEMÍA

Oficialmente, Víctor Russo era un empresario.

Extraoficialmente, nadie hacía demasiadas preguntas.

Lucía tampoco.

Solo necesitaba el salario.

Durante tres semanas trabajó sin llamar la atención. Limpiaba habitaciones, ayudaba en la cocina y enviaba casi todo su sueldo a los gastos médicos de Mateo.

Hasta aquella noche.

Había terminado su turno con fiebre, pero no podía permitirse faltar al día siguiente.

Subió al segundo piso para dejar unas toallas limpias.

Entró en una habitación que creyó vacía.

Vio la cama.

Pensó sentarse cinco minutos.

Y despertó horas después.

—Lucía.

Abrió lentamente los ojos.

Lo primero que vio fue a Víctor Russo sentado junto a la cama.

Palideció.

Después miró alrededor.

Reconoció la habitación.

Se incorporó de golpe.

—Señor Russo…

—Despacio.

—Yo… lo siento.

Intentó levantarse.

Las piernas no respondieron.

Víctor la sostuvo antes de que cayera.

Lucía se apartó inmediatamente.

—No me despida.

Aquello lo desconcertó.

No pidió disculpas por invadir su habitación.

No preguntó qué iba a hacerle.

Solo dijo:

—Necesito este trabajo.

Víctor observó sus manos.

Tenía los dedos ásperos y pequeñas marcas de productos de limpieza.

—¿Por qué trabajaste enferma?

Lucía guardó silencio.

—Te hice una pregunta.

—Porque enfermarme no hace desaparecer las cuentas.

Víctor llamó a Mercedes.

Minutos después llegó un médico de confianza.

Lucía tenía fiebre alta y agotamiento severo.

Mientras el doctor la revisaba, Víctor encontró un sobre caído de su uniforme.

Hospital General.

Mateo Hernández.

Tratamiento renal.

Lucía intentó arrebatárselo.

—Eso es privado.

Víctor levantó los ojos.

Pocas personas se atrevían a hablarle así.

—¿Tu hermano?

—Sí.

—¿Por eso trabajas aquí?

—Trabajo aquí porque usted paga bien.

—Puedo pagar su tratamiento.

Lucía negó inmediatamente.

—No.

Víctor creyó haber escuchado mal.

—¿No?

—No quiero deberle nada.

Aquella respuesta lo dejó callado.

Todas las personas que se acercaban a Víctor querían algo.

Lucía era la primera que tenía delante exactamente lo que más necesitaba…

y lo rechazaba.

—Entonces considéralo un adelanto.

—Tampoco.

—Eres bastante terca.

—Y usted está acostumbrado a que todos digan que sí.

Mercedes bajó la mirada para esconder una sonrisa.

Víctor casi sonrió también.

—Duerme.

—¿Aquí?

Lucía abrió mucho los ojos.

—¡No!

Intentó levantarse otra vez.

Víctor colocó una silla junto a la cama.

—Entonces yo dormiré ahí.

Lucía lo miró como si estuviera loco.

—Esta es su habitación.

—Lo sé.

—¿Y va a dejarme su cama?

—Parece que ya la conquistaste.

A la mañana siguiente, toda la residencia sabía que Lucía había pasado la noche en el dormitorio prohibido.

Y alguien más también se enteró.

Valeria Alcázar.

Llegó antes del mediodía.

Encontró a Lucía saliendo de la habitación con el rostro todavía pálido.

Su expresión se endureció.

—¿Qué hacías ahí?

Lucía no respondió.

Valeria levantó la mano.

Pero antes de que pudiera tocarla, una voz fría atravesó el corredor.

—Hazlo y será la última vez que entres en esta casa.

Víctor estaba detrás de ellas.

Valeria quedó inmóvil.

—¿La estás defendiendo?

Víctor se colocó junto a Lucía.

—Estoy estableciendo un límite.

Valeria soltó una risa incrédula.

—¿Por una sirvienta?

Víctor la miró.

—Por alguien que trabaja para mí.

Lucía giró hacia él.

—Puedo defenderme sola.

Víctor arqueó una ceja.

—Eso ya lo sé.

Aquella tarde ordenó investigar discretamente las cuentas médicas de Mateo.

No para pagarlas.

Lucía había dejado claro que no quería caridad.

Quería saber si alguien estaba aprovechándose de ella.

La respuesta llegó dos días después.

El jefe de seguridad colocó varios documentos frente a Víctor.

—Hay algo raro con el tratamiento del muchacho.

—¿Qué?

—Alguien lleva meses comprando información sobre sus citas.

Víctor levantó lentamente la mirada.

—¿Quién?

El hombre deslizó una fotografía sobre el escritorio.

Víctor reconoció inmediatamente al sujeto.

Trabajaba para la familia Alcázar.

Su expresión se volvió de hielo.

Lucía no había llegado a su casa por casualidad.

Alguien conocía sus problemas económicos.

Alguien sabía exactamente cuánto necesitaba.

Y alguien había hecho que aquel anuncio de trabajo terminara frente a ella.

Víctor comprendió entonces que Lucía nunca había sido el peligro dentro de su dormitorio.

Era el objetivo.

Esa noche la encontró preparando una pequeña maleta.

—¿Qué haces?

—Renuncio.

—No.

Lucía se volvió.

—No puede decidir eso.

—Alguien te puso deliberadamente en mi casa.

Ella quedó inmóvil.

Víctor dejó los documentos sobre la mesa.

Lucía leyó el nombre de Mateo.

Después vio la fotografía.

Su rostro perdió todo color.

—¿Qué quieren de mí?

Víctor se acercó, pero se detuvo antes de tocarla.

—Todavía no lo sé.

Lucía levantó la mirada.

—Entonces me voy antes de traer problemas.

—Ya es tarde.

—Señor Russo…

—Víctor.

Ella parpadeó.

Era la primera vez que le pedía que lo llamara por su nombre.

Él sostuvo su mirada.

Durante seis años había mantenido a todo el mundo fuera de aquella habitación.

Fuera de su confianza.

Fuera de su vida.

Pero aquella mujer había entrado accidentalmente en ambas.

—No voy a obligarte a quedarte, Lucía.

Señaló la puerta.

—Puedes marcharte ahora mismo.

Ella miró la salida.

Después los documentos sobre Mateo.

—¿Y si me quedo?

Víctor respondió sin apartar los ojos de ella.

—Entonces descubriremos juntos por qué te enviaron aquí.

Lucía dejó lentamente la maleta en el suelo.

Y en otra parte de la ciudad, Valeria Alcázar recibió una llamada.

—La muchacha sigue en la casa.

Valeria apretó el teléfono.

—Entonces cambiaremos el plan.

—¿Y Russo?

Hubo un silencio.

—Ese es el problema.

Valeria miró una fotografía de Víctor y Lucía saliendo juntos de la residencia.

—Víctor Russo nunca protegió a ninguna mujer.

Sus dedos arrugaron la fotografía.

—Hasta ahora.

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