PARTE 2: EL SECRETO BAJO EL CONVENTO

La doctora Paloma pidió que nadie abandonara el convento.

Por primera vez, Esperanza dejó de sonreír.

—¿Está diciendo que alguien entraba mientras yo dormía?

—Estoy diciendo que necesitamos descubrir qué ocurrió —respondió Paloma—. Y hasta entonces no debes dormir sola.

La madre Caridad ordenó revisar cerraduras, ventanas y habitaciones.

No encontraron nada.

Hasta que aquella noche Miguel, el hijo mayor de Esperanza, desapareció.

Lo encontraron en el pasillo de la antigua capilla, señalando una estatua de madera.

—Abajo —dijo el niño.

Caridad frunció el ceño.

—¿Qué hay abajo?

Miguel golpeó tres veces el suelo.

Hueco.

Movieron la estatua.

Debajo apareció una pequeña argolla de hierro.

Caridad tiró de ella.

Una sección del suelo se levantó.

Había unas escaleras.

El convento tenía un sótano que no figuraba en ningún plano moderno.

Paloma encendió la linterna de su teléfono.

—No baje sola.

Pero Caridad ya estaba descendiendo.

Al final encontraron un corredor estrecho.

Había polvo en las paredes.

Pero no en el suelo.

Alguien lo utilizaba.

El pasadizo terminaba exactamente debajo del dormitorio de Esperanza.

Y allí encontraron una pequeña habitación.

Una camilla.

Material médico.

Cajas cerradas.

Fotografías de Esperanza tomadas durante años.

Y tres expedientes.

Cada uno llevaba una fecha correspondiente a uno de sus embarazos.

Esperanza abrió el primero con las manos temblorosas.

—¿Qué significa esto?

Paloma comenzó a leer.

Su rostro se endureció.

—Son registros de procedimientos médicos.

Caridad sintió náuseas.

Aquello nunca había sido un milagro.

Alguien había convertido la clausura del convento en la cobertura perfecta.

Entonces encontraron algo todavía más inquietante.

Una caja con muestras etiquetadas.

Miguel.

Gabriel.

Y una tercera etiqueta preparada para el bebé que Esperanza esperaba.

Paloma llamó inmediatamente a las autoridades.

Pero antes de terminar la llamada escucharon un ruido arriba.

Una puerta cerrándose.

Caridad corrió escaleras arriba.

La entrada secreta estaba bloqueada.

Alguien sabía que habían descubierto el pasadizo.

Durante varios minutos intentaron abrirla hasta que finalmente las otras religiosas escucharon sus golpes.

Cuando salieron, una monja anciana estaba llorando.

—Madre…

Caridad la sujetó por los hombros.

—¿Quién estuvo aquí?

La mujer señaló hacia el patio.

—El señor Esteban.

Caridad quedó inmóvil.

Esteban Vargas era el administrador externo que llevaba dieciocho años ocupándose de reparaciones, suministros y documentación.

También poseía copias de casi todas las llaves.

—¿Dónde está?

—Se marchó.

La policía encontró su camioneta abandonada horas después.

Pero Esteban había desaparecido.

Las pruebas del sótano fueron analizadas.

Y entonces llegó el resultado que convirtió el caso en algo todavía más grande.

Los dos niños de Esperanza compartían el mismo padre biológico.

La investigación vinculó las muestras almacenadas con Esteban.

Esperanza se derrumbó.

—Entonces él…

Paloma la abrazó antes de que terminara.

Caridad sintió una culpa insoportable.

Durante años había buscado hombres entrando por las puertas.

Nunca pensó en buscar al hombre que ya tenía las llaves.

Pero quedaba una pregunta.

¿Por qué?

La respuesta apareció dentro del tercer expediente.

Había documentos relacionados con una herencia perteneciente a la familia de Esperanza.

Antes de entrar al convento, ella había sido la última descendiente directa de una familia propietaria de terrenos valorados en millones.

Y Esteban lo sabía.

Los niños no habían sido producto de un misterio religioso.

Formaban parte de un plan para controlar aquella línea familiar y su patrimonio.

Tres días después, Caridad recibió una llamada.

Habían localizado a Esteban.

Pero antes de que pudiera declarar todo lo que sabía, los investigadores encontraron algo en una propiedad vinculada a él.

Un ataúd antiguo.

Dentro no estaba Esperanza.

Ni ninguno de sus hijos.

Había documentos, fotografías y objetos pertenecientes a otra joven religiosa que había vivido en el convento muchos años antes.

Caridad reconoció inmediatamente su nombre.

Hermana Lucía.

La mujer cuya desaparición había sido explicada como una decisión voluntaria de abandonar la vida religiosa.

Y entonces Caridad comprendió que Esperanza quizá no había sido la primera.

La investigación continuó durante meses.

Esperanza recibió protección y atención médica mientras su embarazo era supervisado.

Sus hijos permanecieron con ella.

Y la madre Caridad hizo retirar definitivamente la entrada secreta.

El día que nació el tercer bebé, Paloma lo examinó cuidadosamente.

Era una niña.

Esperanza la sostuvo contra su pecho y lloró.

No porque aquella bebé demostrara un milagro.

Sino porque finalmente conocía la verdad.

La llamó Lucía.

No para recordar el horror.

Sino para que el nombre de una mujer borrada durante años volviera a existir.

Y cuando las campanas del convento sonaron aquella tarde, Caridad entendió que el detalle más aterrador nunca había estado en el bebé.

Había estado bajo sus propios pies durante todos aquellos años.

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