PARTE 2: CINCO DÍAS PARA DESTRUIRLOS

Julián Barragán llegó al hospital cuarenta minutos después vestido como un visitante cualquiera.

No llevaba maletín.

Los documentos estaban ocultos dentro de una carpeta médica.

Cuando escuchó la grabación completa, su rostro cambió.

—Ernesto, esto ya no es una cuestión de herencia.

—Lo sé.

—Si Valeria realmente alteró tus medicamentos, debemos actuar inmediatamente.

Ernesto negó lentamente.

—Primero protege la empresa.

Julián entendió.

Durante la siguiente hora modificaron las disposiciones patrimoniales y prepararon medidas para impedir que Valeria pudiera tomar control de Muebles Salgado.

La fortuna no quedaría en manos de Mateo.

Ernesto creó un fideicomiso destinado principalmente a proteger la fábrica, a sus trabajadores y a financiar tratamientos médicos para menores de familias con pocos recursos.

Mateo sería uno de los supervisores independientes.

Y la cirugía de Ximena estaría cubierta.

Cuando Mateo se enteró, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No tiene que hacer esto por mi hermana.

—No lo hago solo por ella —respondió Ernesto—. Lo hago porque estuve a punto de dejar ochenta y dos millones en manos de alguien que quiso matarme. Prefiero que ese dinero sirva para mantener gente viva.

A la mañana siguiente ocurrió algo que Valeria no esperaba.

Un toxicólogo solicitado discretamente por Julián revisó los análisis de Ernesto.

Después ordenó nuevas pruebas.

Horas más tarde entró acompañado del cardiólogo.

—Don Ernesto, encontramos concentraciones anormales de digoxina.

El diagnóstico cambió.

Ya no estaban hablando simplemente de un corazón que se apagaba.

Estaban investigando una posible intoxicación.

El tratamiento comenzó inmediatamente.

Los cinco días dejaron de ser una sentencia definitiva.

Pero Valeria no debía saberlo.

Así que Ernesto siguió fingiendo estar cada vez más débil.

Al tercer día, ella apareció acompañada por Iván.

Creían que Ernesto dormía.

—¿Cuánto falta? —susurró él.

—El médico dijo cinco días.

—Necesito que todo esté resuelto antes de que comiencen a revisar las cuentas de compras.

Ernesto sintió un escalofrío.

¿Las cuentas?

Valeria respondió:

—Cuando muera, tendremos acceso antes de que Alicia pueda meter las narices.

Iván bajó la voz.

—Hay casi nueve millones que no podemos justificar.

Entonces Ernesto comprendió que el envenenamiento no era el único delito.

Durante meses, Iván había utilizado proveedores falsos para sacar dinero de la fábrica.

Valeria había ayudado a cubrirlo.

Y probablemente habían decidido acelerar su muerte antes de que una auditoría revelara todo.

El celular volvió a grabarlo.

Aquella misma tarde, Julián entregó las pruebas a las autoridades.

Pero Ernesto pidió una última cosa.

Quería que Valeria descubriera personalmente que había perdido.

El quinto día llegó.

Valeria entró vestida de negro.

Ya llevaba ropa de viuda.

—Mi amor —dijo al ver a una enfermera—. ¿Cómo amaneció?

Ernesto tenía los ojos cerrados.

La enfermera respondió:

—La familia puede reunirse unos minutos.

Valeria llamó inmediatamente a Iván.

También apareció Alicia.

Valeria frunció el ceño.

—¿Quién la llamó?

Entonces entró Julián.

Llevaba un sobre.

—Yo.

Valeria palideció.

—¿Por qué está aquí?

—Don Ernesto solicitó la lectura de ciertas disposiciones.

Ella miró la cama.

Después sonrió discretamente.

Creía que había llegado el momento de conocer su fortuna.

Julián abrió el documento.

—La señora Valeria Salgado queda excluida de cualquier función administrativa sobre Muebles Salgado y de los activos protegidos por el fideicomiso.

Valeria se levantó.

—¿Qué?

Iván retrocedió hacia la puerta.

Julián continuó:

—Además, se ha ordenado una auditoría extraordinaria sobre todas las operaciones autorizadas por el gerente de compras durante los últimos veinticuatro meses.

Iván dejó de moverse.

—Esto es absurdo.

Entonces Ernesto abrió los ojos.

Valeria soltó un grito.

Él se incorporó lentamente.

Todavía estaba débil.

Pero estaba vivo.

—Cinco días —murmuró Ernesto—. Me dijiste que disfrutara mis últimos cinco días.

Valeria retrocedió.

—Ernesto…

Mateo colocó el celular sobre la mesa.

La grabación comenzó.

La propia voz de Valeria llenó la habitación:

—La digoxina ya hizo bastante.

Ella se quedó petrificada.

Ernesto la observó sin apartar la mirada.

—Mientras tú contabas los días para enterrarme, los médicos encontraron lo que me estabas haciendo.

Dos agentes aparecieron en la puerta.

Valeria empezó a llorar.

—¡Iván me obligó!

—¡Mentira! —gritó él inmediatamente—. ¡Todo fue idea suya!

Ernesto cerró los ojos.

Hasta para traicionarse eran cobardes.

Semanas después, todavía en recuperación, Ernesto regresó a Muebles Salgado.

Los 230 trabajadores lo recibieron de pie.

Alicia estaba en primera fila.

Ernesto caminó hacia ella.

No intentó justificarse.

—Te alejé porque creí las mentiras de Valeria.

Su hermana lo abrazó.

—Entonces no vuelvas a desperdiciar el tiempo que te regalaron.

Meses después, Ximena recibió la cirugía que necesitaba.

Mateo continuó trabajando y rechazó cada intento de Ernesto por convertirlo en un hombre rico de la noche a la mañana.

Eso hizo que Ernesto confiara todavía más en él.

En cuanto a Valeria e Iván, ya no importaba la villa que habían apartado ni la camioneta que ella quería comprar.

Ahora tenían problemas mucho más graves que una herencia perdida.

Ernesto había entrado al hospital creyendo que le quedaban cinco días de vida.

Pero aquellos cinco días no terminaron con su funeral.

Terminaron con su matrimonio, con una traición descubierta y con una segunda oportunidad que jamás pensó recibir.

Y esta vez, Ernesto sabía exactamente a quién no volvería a desperdiciarla.

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