El empleado volvió a mirarme.
Después miró a Hách Thanh Diễn.
La duda en su rostro desapareció poco a poco.
—Señorita, si su nombre no aparece en la lista, tendremos que pedirle que abandone el área.
Thẩm Di soltó una pequeña risa.
—¿Lo ves?
Se acercó un paso.
—Hay lugares a los que no se puede entrar solo porque una lo desee.
Hách Thanh Diễn sonrió con satisfacción.
—Lin Xia, ya te lo dije hace cuatro años. Entre nosotros siempre hubo una diferencia.
Lo miré.
—Sí.
Su sonrisa se hizo todavía más amplia.
—Me alegra que por fin lo entiendas.
Negué suavemente.
—No entendiste.
Acomodé a mi hijo entre mis brazos.
—La diferencia es que tú necesitabas fingir ser pobre para comprobar si alguien te amaba.
Hice una pausa.
—Yo fingía ser pobre porque quería comprobar quién me respetaría sin conocer mi apellido.
Su expresión cambió apenas.
Entonces se escuchó una voz desde el fondo del pasillo.
—Señorita Lin.
Todos se volvieron.
El presidente del comité organizador caminaba directamente hacia nosotros acompañado por varios ejecutivos.
Al verme, aceleró el paso.
—Lamento muchísimo la espera. El presidente Lin ya llegó y nos preguntó varias veces por usted.
El empleado que estaba frente a mí palideció.
—¿Presidente Lin?
—Sí.
El hombre lo miró sorprendido.
—La señorita Lin Xia es la sucesora del Grupo Lin.
Silencio.
Completo.
Hách Thanh Diễn dejó de sonreír.
Thẩm Di abrió los ojos.
—¿Qué… Grupo Lin?
El presidente del comité pareció confundido por la pregunta.
—El Grupo Lin.
Pronunció el nombre de uno de los conglomerados privados más grandes del país.
—La familia que ocupa el primer lugar en la clasificación de este año.
La mano de Hách Thanh Diễn se soltó lentamente del brazo de Thẩm Di.
Me miró.
Después miró al niño.
Luego volvió a mirarme.
—Tú…
—Sí.
No necesitaba decir más.
Pero él parecía incapaz de aceptarlo.
—Eso es imposible.
Solté una pequeña sonrisa.
—¿Por qué?
—Porque en la universidad tú…
—Tenía beca.
—¡Exacto!
—Porque la conseguí por mis calificaciones.
Lo miré con calma.
—Ser rica no significaba que tuviera que renunciar a una beca que había ganado legítimamente.
Su rostro comenzó a perder color.
—Vivías en un dormitorio común.
—Porque quería vivir como los demás estudiantes.
—¡Comías en la cafetería!
—La comida no era tan mala.
Alguien detrás tuvo que contener una risa.
Hách Thanh Diễn apretó los dientes.
—Entonces… ¿todo era una actuación?
—No.
—¿Qué?
—Yo nunca te dije que fuera pobre.
Su rostro se congeló.
Era verdad.
Él había supuesto.
Por mi ropa sencilla.
Por mis becas.
Por no usar coche.
Por no mencionar a mi familia.
Había construido toda una versión de mí dentro de su cabeza.
Y después me había juzgado según esa versión.
Thẩm Di fue la primera en reaccionar.
—Aunque sea verdad, eso no cambia lo que hiciste.
La miré.
—¿Qué hice?
—No confiar en Thanh Diễn.
Casi me hizo gracia.
—Me pidió que, recién graduada y sin propiedades a mi nombre, asumiera una hipoteca de cinco millones por él.
Hách Thanh Diễn intervino rápidamente.
—¡Era una prueba!
—Exacto.
Asentí.
—Y yo también obtuve mi respuesta.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué respuesta?
—Que un hombre capaz de poner cinco millones de deuda sobre la espalda de la mujer que dice amar solo para comprobar su obediencia no era alguien con quien quisiera construir una vida.
Su rostro se volvió rígido.
—Pero yo tenía dinero para pagarlo.
—Eso lo sabías tú.
—¡Podrías haber confiado en mí!
—La confianza no consiste en firmar cualquier cosa que alguien coloque delante de ti.
Mi voz siguió tranquila.
—Eso se llama irresponsabilidad.
El presidente del comité se aclaró la garganta.
—Señorita Lin, su padre la está esperando.
Asentí.
Antes de marcharme, Hách Thanh Diễn preguntó de repente:
—¿Y el niño?
Bajé la mirada hacia mi hijo.
—¿Qué pasa con él?
—¿Es tuyo?
—Sí.
Vi algo extraño en sus ojos.
Una mezcla de sorpresa, incomodidad y quizá una absurda sensación de pérdida.
—Entonces… ¿te casaste?
—Mi vida privada dejó de ser asunto tuyo hace cuatro años.
Pasé junto a él.
Pero entonces mi hijo abrió los ojos.
Miró a Hách Thanh Diễn.
Después tiró suavemente de mi cuello.
—Mamá, ¿ese tío por qué te mira tanto?
Sonreí.
—Porque acaba de aprender algo importante.
—¿Qué?
—Que no debe juzgar a las personas por la ropa que llevan.
El niño asintió con extrema seriedad.
—Eso ya me lo enseñaste tú.
Esta vez varias personas se rieron.
Hách Thanh Diễn permaneció inmóvil.
Entré al salón principal.
Mi padre estaba sentado en primera fila.
Cuando me vio llegar con su nieto en brazos, frunció el ceño.
—Te dije que vinieras temprano.
—Y yo te dije que hoy era mi día libre.
Se levantó y tomó inmediatamente al niño.
—Ven con el abuelo. Tu madre siempre está demasiado ocupada.
—Papá.
Él fingió no escucharme.
Minutos después comenzó la ceremonia.
La enorme pantalla mostró la nueva clasificación.
Número 1:
Lin Holdings.
Debajo apareció el nombre de mi padre.
Entonces el presentador anunció:
—Este año también será el último en que el señor Lin aparezca como representante oficial del grupo.
El salón comenzó a murmurar.
Mi padre tomó el micrófono.
—A partir del próximo trimestre, todas mis funciones ejecutivas pasarán a mi hija.
La pantalla cambió.
Mi fotografía apareció frente a cientos de invitados.
Lin Xia.
Nueva presidenta ejecutiva de Lin Holdings.
Desde la zona lateral vi el rostro de Hách Thanh Diễn.
Parecía de piedra.
Cuatro años atrás me había mostrado una villa de ocho millones y había dicho:
“Soy muy rico.”
Ahora descubría que la empresa que yo dirigía podía comprar decenas de compañías como la suya sin pestañear.
Pero aquello no me produjo ninguna satisfacción especial.
Porque nunca había competido con él.
Después de la ceremonia, Hách Thanh Diễn me esperó cerca de la salida.
Thẩm Di ya no estaba a su lado.
—Lin Xia.
Me detuve.
—¿Qué quieres?

Su voz era baja.
—Si hubiera sabido quién eras…
Lo interrumpí.
—Ese es el problema.
Se quedó callado.
—Si hubieras sabido quién era mi padre, habrías actuado diferente.
—Claro que habría…
—Exacto.
Lo miré directamente.
—Pero yo necesitaba a alguien que me tratara bien cuando pensara que yo no tenía nada.
No supo qué decir.
—Entonces aquella prueba…
Sonreí.
—La superaste.
Sus ojos se iluminaron.
—¿Qué?
—Tu prueba sí dio un resultado.
Hice una pausa.
—Solo que no fue el resultado que esperabas.
Su expresión se derrumbó.
Me di la vuelta.
Él volvió a llamarme.
—Lin Xia.
No miré atrás.
—¿Nunca te arrepentiste?
Pensé en aquella villa.
En el certificado de propiedad.
En su expresión orgullosa mientras me decía que no había superado su prueba.
Después miré a mi hijo, que esperaba junto a mi padre.
—No.
Respondí sin dudar.
—De hecho, fue una de las decisiones más baratas de mi vida.
Hách Thanh Diễn había gastado ocho millones en demostrarme quién era.
Yo solo tuve que decir que no a una hipoteca para descubrirlo.
Y cuatro años después, cuando volvió a mirarme desde el puesto número cincuenta de la lista de grandes fortunas…
finalmente comprendió algo que ningún ranking podía enseñarle.
El dinero podía medir una fortuna.
Pero jamás podía medir el valor de la persona que tenía delante.