No tuve que esperar mucho.
Veinticinco minutos después, escuché el ruido de un coche frenando frente a la villa.
La puerta se abrió de golpe.
Jiang Chen entró sin siquiera quitarse el abrigo.
Detrás de él venía Bai Vivi.
Todavía llevaba puesto mi vestido.
La misma tela.
El mismo corte.
Incluso los pendientes que yo había dejado preparados sobre el tocador.
La miré.
Después miré a Jiang Chen.
—Veo que regresaron juntos.
El rostro de Bai Vivi cambió.
Jiang Chen se volvió inmediatamente hacia ella.
—Sube.
—Chen…
—He dicho que subas.
Ella apretó los labios.
Antes de marcharse me lanzó una mirada llena de resentimiento.
Entonces Jiang Chen vino hacia mí.
—Xi Xi, escucha.
—No me llames así.
Se detuvo.
—Bien. Lin Xi.
Respiró profundamente.
—Lo de esta noche fue un malentendido.
Solté una pequeña risa.
—¿Qué parte?
—¿Que me prohibieras entrar?
—¿Que ella llevara mi vestido?
—¿O que me dijeras que no era digna de aparecer junto a ti?
Su mandíbula se tensó.
—Vivi solo estaba ayudándome a recibir a los invitados.
—Con mi vestido.
—Eso no es importante.
Lo miré en silencio.
Jiang Chen se dio cuenta de lo que acababa de decir y cambió rápidamente de tono.
—Quiero decir… ahora mismo hay cosas más urgentes.
Ahí estaba.
Los 5.000 millones.
No yo.
La inversión.
—¿Tu primo realmente controla el fondo?
—Sí.
Su rostro se endureció.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Nunca preguntaste.
—¡Somos marido y mujer!
—Curioso.
Me levanté lentamente.
—Hace una hora parecías bastante interesado en fingir que yo no existía.
No respondió.
Caminé hasta una mesa lateral.
Había una carpeta esperando.
La puse frente a él.
—Firma.
Jiang Chen frunció el ceño.
—¿Qué es?
—Divorcio.
Su expresión cambió por completo.
—Lin Xi.
—¿No puedes leer?
Tomó los documentos.
Pasó dos páginas.
—¿Estás haciendo esto por lo ocurrido esta noche?
—No.
—Entonces, ¿por qué?
Lo miré directamente.
—Porque esta noche solo me permitió ver con claridad algo que llevaba demasiado tiempo fingiendo no ver.
Durante los últimos dos años, Bai Vivi había ido ocupando lentamente mi lugar.
Primero eran viajes de trabajo.
Después cenas.
Luego eventos.
Más tarde empezaron a aparecer fotografías de ambos juntos.
Cada vez que preguntaba, Jiang Chen decía lo mismo:
—Es mi secretaria.
—Estás pensando demasiado.
—No seas insegura.
Y yo, para conservar aquel matrimonio, había aprendido a tragarme una humillación tras otra.
Hasta esa noche.
Jiang Chen dejó caer los papeles.
—No voy a firmar.
—Eso no cambia nada.
—Lin Xi, no actúes impulsivamente.
—Llevo cinco años casada contigo.
Mi voz era tranquila.
—Créeme. Esto es probablemente lo menos impulsivo que he hecho en mucho tiempo.
Entonces se escucharon pasos en la escalera.
Bai Vivi había regresado.
Ya no sonreía.
—Hermana Lin…
—Quítate mi vestido.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Es mío.
Su cara se puso roja.
—El director Jiang me permitió usarlo.
Miré a Jiang Chen.
—¿También le permitiste entrar en mi vestidor?
Él evitó mis ojos.
Ya tenía la respuesta.
Bai Vivi apretó los puños.
—Solo es un vestido.
—Exactamente.
Sonreí.
—Así que no debería ser difícil devolverlo.
Aquella noche salí de la villa con dos maletas.
No me llevé nada que perteneciera a Jiang Chen.
Tampoco necesitaba hacerlo.
A la mañana siguiente comenzó la verdadera tormenta.
Mi primo, Chen Yuze, llegó desde Europa.
Entró en la sala de juntas del Grupo Jiang acompañado por abogados, auditores y representantes del fondo.
Jiang Chen se levantó inmediatamente.
—Director Chen, creo que podemos arreglar esto.
Mi primo se sentó.
—¿Arreglar qué?
—La retirada de capital.
—No hay nada que arreglar.
—Pero el acuerdo ya estaba prácticamente cerrado.
Chen Yuze abrió una carpeta.
—El acuerdo incluía una cláusula de confianza en la dirección.
Jiang Chen frunció el ceño.
—¿Y?
Mi primo levantó la mirada.
—Ayer vi cómo trataste a mi prima.
Silencio.
—Si eres capaz de humillar públicamente a la mujer que estuvo contigo cuando tu empresa no valía ni una décima parte de lo que vale hoy…
cerró la carpeta.
—¿por qué debería confiarte 5.000 millones?
El rostro de Jiang Chen perdió color.
—Director Chen, los negocios son negocios.
—Precisamente.
Mi primo sonrió ligeramente.
—Y por negocios retiro mi dinero.
Aquella decisión desencadenó una reacción en cadena.
Otros inversores comenzaron a revisar sus compromisos.
Varios bancos endurecieron las condiciones de crédito.
Dos proyectos que dependían de la ronda de financiación fueron suspendidos.
Y entonces apareció algo todavía peor.
Durante la auditoría, se descubrieron irregularidades en algunos gastos autorizados por Bai Vivi.
Hoteles.
Regalos.
Compras personales.
Incluso varios pagos cargados como “representación corporativa”.
Jiang Chen la llamó aquella misma tarde.
Yo no estaba presente.
Pero más tarde supe que la discusión terminó con ella abandonando la empresa.
Tres días después, Jiang Chen apareció frente a la casa de mi primo.
—Quiero verla.
Chen Yuze ni siquiera lo dejó entrar.
—Mi prima no quiere verte.
—Esto es entre ella y yo.
—No.
Mi primo lo miró fríamente.
—Desde el momento en que utilizaste públicamente a otra mujer para humillarla, convertiste el asunto en algo que todos pudimos ver.
Jiang Chen vino a buscarme varias veces después.
La primera llevó flores.
La segunda, joyas.
La tercera, el mismo vestido de París, nuevo, todavía dentro de su caja.
Lo devolví todo.
Finalmente dejó de traer regalos.
Y una noche simplemente dijo:
—Me equivoqué.
Lo miré.
—Sí.

—Pensé que jamás te irías.
Aquella frase me hizo sonreír.
—Ese fue exactamente tu problema.
Sus ojos se enrojecieron.
—¿Nunca vas a perdonarme?
—Quizá algún día.
Una chispa de esperanza apareció en su rostro.
Pero terminé:
—Perdonar no significa regresar.
El divorcio quedó finalizado meses después.
Mi primo nunca me entregó ninguna fortuna.
Tampoco la necesitaba.
Lo único que hizo fue retirar su inversión porque consideró que Jiang Chen había demostrado una clase de arrogancia que podía convertirse en un riesgo empresarial.
Yo, por mi parte, recuperé las participaciones que me correspondían por el trabajo y los recursos que había aportado durante los primeros años.
Después creé mi propia firma de consultoría.
Un año más tarde fui invitada a otro banquete.
Esta vez no era “la esposa de”.
Mi nombre aparecía en la tarjeta de invitación.
Lin Xi.
Socia fundadora.
Cuando entré al salón, vi a Jiang Chen al otro lado.
Nuestros ojos se encontraron.
Él no se acercó.
Yo tampoco.
Entonces comprendí algo.
La noche en que me impidieron entrar a su banquete pensé que aquella puerta se había cerrado delante de mí.
En realidad, había ocurrido lo contrario.
Esa puerta me había mostrado exactamente de qué lugar debía salir.
Jiang Chen creyó que lo peor que podía pasarle aquella noche era perder 5.000 millones.
Se equivocó.
El dinero podía volver.
Los inversores podían cambiar.
Los proyectos podían reconstruirse.
Pero la mujer que había permanecido a su lado cuando no tenía nada…
esa sí se había ido para siempre.