PARTE 2: LA DEUDA CAMBIÓ DE DUEÑO

Bernard fue el primero en reaccionar.

—Dame ese teléfono.

Extendió la mano hacia mí.

Di un paso atrás.

—Ya cometiste el error de tocarme una vez. No cometas el segundo.

Su mano quedó suspendida.

Jaime seguía mirando el mensaje de Kiera.

“Apúrate y consigue el dinero de tu esposa. Nuestro bebé ya no puede esperar.”

—Gwen, puedo explicarlo.

Solté una risa breve.

—Adelante.

—Kiera y yo terminamos antes de la boda.

Levanté el teléfono.

—El mensaje llegó hace treinta segundos.

Cynthia murmuró:

—Idiota.

Reagan se volvió hacia ella.

—¡Cállate!

Aquello me llamó la atención.

No estaba sorprendida.

Estaba asustada.

Miré a mi suegra.

—Tú lo sabías.

Reagan palideció.

—No sé de qué hablas.

—Sabías lo de Kiera.

Bernard golpeó la mesa.

—¡Aquí el problema no es ninguna mujer! El problema es cómo conseguiste nuestra deuda.

Ahí estaba.

Su empresa podía derrumbarse.

Su hijo había engañado a su esposa.

Pero Bernard solo pensaba en el dinero.

Saqué el aviso rojo.

Lo dejé junto al documento atravesado por el cuchillo.

—Ambrose Construction tiene cuarenta y ocho horas para cubrir el pago vencido.

Bernard leyó la cifra.

—Esto nos destruiría.

—Lo sé.

—¡Somos tu familia!

Me toqué la mejilla todavía ardiente.

—Hace cinco minutos dijiste que no merecía pertenecer a ella.

Silencio.

Jaime finalmente reaccionó.

—Gwen, vamos arriba. Hablemos solos.

—No.

—Soy tu esposo.

—Durante exactamente dos días.

Su rostro cambió.

—¿Qué significa eso?

Saqué otro sobre.

Esta vez no era rojo.

Era blanco.

—Que mi abogada ya está preparando la anulación.

Reagan se levantó.

—¡No puedes abandonar un matrimonio por una discusión!

La miré.

—No lo abandono por una discusión.

Señalé a Bernard.

—Me agredió.

Luego a Jaime.

—Él lo justificó.

Después levanté el teléfono.

—Y además se casó conmigo mientras esperaba un hijo con otra mujer.

Jaime se acercó.

—¡Yo no sabía que estaba embarazada!

—Pero sí sabías que te acostabas con ella.

No respondió.

Entonces sonó el timbre.

Bernard me miró.

—¿Quién es?

—La persona que debieron conocer antes de la boda.

Entró una mujer de traje gris acompañada por dos hombres.

Mi abogada, Melissa Grant.

Colocó un expediente sobre la mesa.

—Señora Ambrose.

Bernard frunció el ceño.

Melissa lo corrigió inmediatamente.

—Me refería a Gwen. Ella es actualmente la principal acreedora de Ambrose Construction.

La expresión de Bernard fue indescriptible.

Melissa continuó:

—Además, después de la agresión de esta mañana, mi clienta ha decidido retirar la extensión de pago que pensaba ofrecerles como regalo de bodas.

Jaime me miró.

—¿Ibas a ayudarnos?

Asentí.

Aquella era la parte que más dolía.

—Antes de descubrir quiénes eran realmente.

Había comprado la deuda semanas antes porque sabía que Ambrose Construction atravesaba dificultades.

Mi intención había sido entregarle a Jaime los documentos después de nuestra luna de miel.

Perdonar parte de la deuda.

Reestructurar el resto.

Salvar la empresa de su padre.

Era mi regalo para la familia con la que creía estar comenzando una nueva vida.

Bernard se dejó caer en una silla.

—Podemos arreglar esto.

—Claro.

Sus ojos recuperaron esperanza.

—Entonces dime qué quieres.

Saqué la canasta de ropa de Cynthia de debajo de la mesa y la empujé hacia ella con el pie.

—Para empezar, que cada uno lave su propia ropa.

Cynthia se puso roja.

Después miré a Bernard.

—Segundo: abandonaré esta casa hoy.

—Gwen…

—Y tercero: cualquier conversación sobre la deuda será exclusivamente entre abogados.

La esperanza desapareció.

Jaime intentó sujetarme la muñeca.

Melissa se interpuso.

—Le recomiendo que no toque a mi clienta.

Él retrocedió.

Entonces mi teléfono volvió a vibrar.

Kiera.

Esta vez era una fotografía.

Una ecografía.

Debajo había un mensaje:

“Dile a tu familia que deje de fingir. Todos sabían del bebé antes de la boda.”

Levanté lentamente la mirada.

—Todos.

Reagan empezó a llorar.

Cynthia miró al suelo.

Bernard apretó la mandíbula.

Y Jaime no necesitó decir nada.

La verdad estaba escrita en cuatro rostros.

No me habían aceptado ignorando la infidelidad.

Habían organizado el matrimonio alrededor de ella.

—¿Por qué? —pregunté.

Reagan fue quien se quebró.

—Necesitábamos tiempo.

—¿Para qué?

Nadie respondió.

Melissa abrió otro documento.

Entonces lo entendí.

Ambrose Construction tenía una cláusula bancaria que exigía una garantía adicional antes de finalizar el mes.

Una propiedad.

Mi terreno de Fairview.

Jaime pensaba convencerme de usarlo como garantía después de casarnos.

Me habían elegido para salvar la empresa.

Kiera era la mujer que él quería.

Yo era el patrimonio que necesitaba.

Miré a Jaime.

—¿Por eso te casaste conmigo?

—Al principio sí.

Aquellas tres palabras terminaron con cualquier duda.

—Pero después te quise de verdad —añadió desesperadamente.

Negué.

—No.

Tomé mi bolso.

—Querías mi firma.

Esa misma tarde abandoné Crestview Heights.

No lavé una sola prenda.

No entregué mi terreno.

Y no rescaté Ambrose Construction.

Tres semanas después, la empresa entró en un proceso de ejecución sobre varios activos.

Bernard tuvo que abandonar la mansión.

Cynthia vendió su automóvil.

Kiera presentó una demanda contra Jaime relacionada con la manutención del bebé.

Y Jaime comenzó a llamarme todos los días.

Nunca respondí.

Hasta que una mañana apareció frente a mi taller.

Sin traje.

Sin automóvil de lujo.

Sin su familia.

—Gwen, lo perdí todo.

Lo observé durante unos segundos.

—No.

Se quedó confundido.

—Perdiste aquello que intentaste comprar con mi vida.

Cerré la puerta del taller.

Antes de hacerlo, añadí:

—A mí nunca me tuviste.

Y aquella fue la verdadera deuda que Jaime Ambrose jamás pudo pagar.

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