PARTE 2: LA NOVIA QUE NO MURIÓ

Elena volvió a tirar de mi vestido.

—Rápido, Martín.

Él se acercó.

—¿Y si todavía está consciente?

—No importa. En unos minutos no podrá contar nada.

Esas palabras entraron directamente por el micrófono.

Ya tenían suficiente.

Pero yo quería una cosa más.

La verdad completa.

Martín se agachó junto a mí.

—Después de esto, las bodegas serán nuestras.

Elena sonrió.

—Y nadie cuestionará que Lucía desapareció. Somos idénticas. Con el vestido, el velo y las fotografías desde lejos, todos creerán que fui ella durante la ceremonia.

Tres golpes volvieron a sonar.

Esta vez más fuertes.

—Señorita Lucía —dijo la voz de Vega—. Abra la puerta.

Martín palideció.

—¿Por qué la llamó Lucía?

Elena me miró.

Yo abrí los ojos.

Su rostro se vació.

—No…

Metí la mano bajo las capas del vestido, saqué el autoinyector que llevaba preparado por mi alergia y lo utilicé.

—¡Martín! —gritó Elena—. ¡Está despierta!

Él intentó quitarme el dispositivo.

Entonces la puerta recibió un golpe brutal desde afuera.

—¡Policía! ¡Abra inmediatamente!

Martín retrocedió.

Elena miró hacia la ventana.

—Tenemos que salir.

—¿Cómo?

—¡Haz algo!

Me incorporé como pude, respirando con dificultad.

—Yo no haría eso.

Ambos me miraron.

Toqué el pequeño transmisor oculto bajo mi vestido.

—Todo está grabado.

Silencio.

Martín perdió el color.

—Estás mintiendo.

—Pregunta cuánto tardaría en morir otra vez. Quizá la inspectora quiera escucharlo más claro.

Elena se lanzó hacia mí.

No llegó.

La puerta se abrió y varios agentes entraron acompañados por Vega.

Detrás apareció la doctora.

Corrió directamente hacia mí mientras los policías separaban a Elena y Martín.

—Necesita atención médica ahora.

Elena comenzó a gritar:

—¡Ella preparó esto! ¡Nos tendió una trampa!

Vega la miró con absoluta calma.

—Una trampa no los obligó a hablar de dejar morir a nadie.

Martín levantó las manos.

—Yo nunca la toqué.

—No —respondí—. Solo preguntaste cuánto tardaría.

Su rostro cambió.

Sabía que había terminado.

Pero todavía faltaba algo.

Gabriel apareció detrás de los agentes sosteniendo una carpeta.

—Lucía —dijo—, encontramos el segundo contrato.

Martín cerró los ojos.

El documento no solamente contenía la transferencia de mis bodegas.

También incluía una cláusula mediante la cual, después de mi supuesta desaparición, Martín obtendría control temporal de mis participaciones empresariales.

Y Elena aparecía registrada como beneficiaria posterior.

No habían improvisado aquella mañana.

Llevaban meses preparándolo.

El ramo había sido solamente el último paso.

Mientras los paramédicos me atendían, escuché cómo Vega le informaba a Martín que debía acompañarlos.

Elena empezó a llorar.

—Lucía, somos hermanas.

La miré.

Mismo rostro.

Mismos ojos.

Pero por primera vez entendí que parecerse a alguien no significa compartir su corazón.

—Precisamente por eso sabías qué podía hacerme daño.

Se la llevaron.

Martín fue detrás.

Cuando pasó junto a mí intentó detenerse.

—Yo te amaba.

Solté una pequeña risa cansada.

—No. Amabas lo que pensabas heredar de mí.

Horas después, mientras permanecía bajo observación médica, Gabriel entró con otra noticia.

—La boda fue cancelada.

—Eso imaginé.

—La fusión también.

Lo miré.

—¿Y las bodegas?

Sonrió.

—Siguen siendo tuyas.

Cerré los ojos.

Aquello era suficiente.

Meses después, las grabaciones, los documentos y los registros reunidos aquella mañana pasaron a formar parte del proceso contra ellos.

El vestido nunca volvió a usarse.

Mandé limpiarlo y lo guardé en una caja.

No como recuerdo de Martín.

Ni siquiera como recuerdo de Elena.

Lo conservé para recordar a la mujer que entró aquella mañana creyendo que estaba perdiendo una boda y salió entendiendo que había recuperado su vida.

Porque Martín y Elena habían preparado un vestido, una ceremonia y un futuro sin mí.

Solo olvidaron algo.

Para ocupar mi lugar, primero tenían que conseguir que yo desapareciera.

Y aquella fue la parte de su plan que nunca pudieron terminar.

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