PARTE 2: EL PRECIO DE ELEGIRLA

Los dos guardaespaldas avanzaron hacia mí.

Pero antes de que pudieran acercarse, la puerta se abrió de golpe.

—¡Fuera!

El jefe de obstetricia entró acompañado por varios médicos y personal de seguridad del hospital.

Mi abuela frunció el ceño.

—¿Qué significa esto?

—La paciente necesita una cesárea de emergencia. Nadie volverá a interferir.

—¡Soy su abuela!

—Y ella es una adulta consciente que acaba de firmar su propio consentimiento.

Mi abuela palideció.

Intentó llamar a mi padre.

No respondió.

En ese instante, la voz del sistema resonó en mi mente.

—Mecanismo de protección activado.

—Primera fase de desvinculación iniciada.

Cerré los ojos.

Ya no quería escuchar nada más.


Cuando desperté, lo primero que vi fueron dos pequeñas cunas transparentes.

Un niño.

Una niña.

Mis bebés.

Las lágrimas finalmente escaparon de mis ojos.

—Están estables —me aseguró el médico—. Llegamos a tiempo.

Apreté los labios y asentí.

Entonces pregunté:

—¿Dónde está mi familia?

El médico dudó.

—En la otra planta.

Claro.

Con Shen Wanyan.

Mi teléfono estaba lleno de mensajes.

Ninguno preguntaba por mí.

Mi madre había escrito:

«Wanyan está asustada. No provoques problemas hoy.»

Mi esposo:

«Cuando termines, hablaremos.»

Mi abuela:

«Espero que hayas aprendido a ser considerada.»

Los leí una vez.

Después los borré.

La voz del sistema volvió a aparecer.

—Desvinculación emocional completada.

—Iniciando devolución de beneficios obtenidos gracias a la anfitriona.

Fruncí el ceño.

—¿Qué beneficios?

La respuesta me dejó inmóvil.

—Todos.

Entonces comprendí lo que significaba «hacer pagar el precio».

Durante años, mi existencia había cambiado silenciosamente el destino de aquellas personas.

Después de casarse conmigo, Lu Huai Song había pasado de ser un heredero ignorado a convertirse en el candidato principal para dirigir el Grupo Lu.

Mi padre había conseguido inversiones, contactos y prestigio que jamás habría obtenido por sí solo.

Mi madre había construido una red de relaciones sociales alrededor de mi nombre.

Y Shen Wanyan…

Su regreso había sido extraordinariamente sencillo porque yo había decidido no disputar nada.

Pero ahora el sistema estaba retirando todo aquello.


La primera llamada llegó veinte minutos después.

Lu Huai Song irrumpió en mi habitación.

—¡Su Wei!

Ni siquiera miró las cunas.

—¿Qué hiciste?

Lo observé tranquilamente.

—Acabo de dar a luz. ¿Qué crees que pude hacer?

Levantó el teléfono.

—¡El consejo acaba de cancelar mi nombramiento!

Sonreí débilmente.

—Qué pena.

Su expresión se endureció.

—No juegues conmigo.

Entonces apareció mi padre.

—¡Su Wei! ¿Has hablado con alguien del consejo del hospital?

Detrás de él venía mi madre, completamente pálida.

—Han iniciado una investigación interna.

Los tres hablaban al mismo tiempo.

Nadie preguntó cómo estaban los bebés.

Miré aquellas tres caras que alguna vez habían significado «familia» para mí.

Y algo dentro de mí terminó de apagarse.

—¿Dónde está Wanyan? —pregunté.

Mi madre respondió inmediatamente:

—Descansando en la habitación VIP.

Solté una pequeña risa.

Incluso ahora.

Incluso después de todo.

Seguía siendo ella.

—Perfecto.

Tomé mi teléfono.

—Entonces vayan con ella.

Lu Huai Song me agarró de la muñeca.

—Su Wei, primero explícame qué está pasando.

Lo miré fijamente.

—Suéltame.

—Soy tu esposo.

—Por ahora.

Sus dedos se aflojaron.

—¿Qué quieres decir?

Antes de responder, la puerta volvió a abrirse.

Entró un abogado.

Detrás de él venían dos asistentes con varias carpetas.

—Señora Su, los documentos están preparados.

Lu Huai Song miró las carpetas.

—¿Qué documentos?

El abogado dejó la primera frente a él.

Solicitud de divorcio.

La segunda fue para mi padre.

Renuncia formal a cualquier derecho relacionado con la familia Shen.

La tercera contenía la revocación de autorizaciones financieras que había concedido durante años.

Mi madre comenzó a temblar.

—Wei Wei… somos tus padres.

—Hace unas horas también lo eran.

La miré.

—Y aun así eligieron una habitación VIP antes que la seguridad de sus nietos.

Nadie respondió.

Mi padre golpeó la mesa.

—¡Todo esto por una habitación!

Negué lentamente.

—No.

Miré a Lu Huai Song.

—La habitación solo abrió la puerta.

Luego miré a mis padres.

—Lo que vi detrás fue quiénes eran realmente.


Aquella misma tarde llegó la segunda fase.

Mi padre fue suspendido temporalmente mientras se investigaba por qué familiares suyos habían interferido en una emergencia médica dentro del hospital que dirigía.

Lu Huai Song perdió el respaldo de varios accionistas.

Y cuando la familia Lu descubrió que había cedido la sala reservada para sus propios hijos a otra mujer, el anciano patriarca de la familia exigió verlo inmediatamente.

Lu Huai Song regresó aquella noche.

Esta vez ya no estaba enfadado.

Estaba asustado.

—Su Wei…

Se quedó junto a la puerta.

—El abuelo quiere conocer a los bebés.

—Puede hacerlo cuando los médicos lo permitan.

—También quiere saber por qué hice aquello.

—Entonces dile la verdad.

Apretó los puños.

—Yo solamente quería compensar a Wanyan.

—¿Compensarla?

Lo miré con incredulidad.

—¿Entregándole la sala donde debían nacer tus hijos?

Bajó la mirada.

—Pensé que tú lo entenderías.

Aquellas palabras me hicieron sonreír.

Durante años, todos habían utilizado la misma excusa.

Su Wei entenderá.

Su Wei puede ceder.

Su Wei tiene más, así que puede perder un poco.

Me incorporé lentamente.

—Sí, Huai Song.

Él levantó la cabeza esperanzado.

—Finalmente lo entiendo.

Me quité el anillo.

Lo dejé sobre la mesa.

—Entiendo que mientras yo siguiera cediendo, ustedes jamás dejarían de quitarme cosas.

Su rostro se volvió blanco.

—Wei Wei…

—Se terminó.


Dos días después, Shen Wanyan apareció.

Entró llorando.

—Hermana, nunca quise quitarte nada.

La observé en silencio.

—Entonces devuélvelo.

Se quedó paralizada.

—¿Qué?

—Mi habitación. Mi esposo. Mis padres. Mi abuela. Todo aquello por lo que supuestamente nunca quisiste competir.

Su rostro cambió.

—Yo…

—No te preocupes.

La interrumpí.

—Puedes quedártelo.

Sus ojos se abrieron.

Me acerqué a las cunas.

—Porque ya no quiero nada de lo que pueda elegirse a ti antes que a mis hijos.

Entonces la voz del sistema resonó por última vez.

—Objetivo Shen Wanyan: beneficio de sustitución cancelado.

En ese mismo instante, su teléfono comenzó a sonar.

Una vez.

Dos.

Tres.

Miró la pantalla.

Su expresión se derrumbó.

Las pruebas complementarias solicitadas por los abogados habían encontrado inconsistencias en documentos relacionados con su regreso a la familia.

La investigación sobre su identidad sería reabierta.

—Esto es imposible… —murmuró.

Mi madre entró corriendo.

—¡Wanyan!

Pasó junto a mí sin detenerse.

Fue directamente hacia ella.

Y entonces comprendí que ya no sentía dolor.

Solo alivio.


Una semana después abandoné el hospital con mis gemelos.

Mi abuela esperaba en la entrada.

Parecía haber envejecido diez años.

—Wei Wei…

No me detuve.

—La abuela estaba confundida aquel día.

Seguí caminando.

Entonces pronunció las palabras que antes habrían conseguido detenerme.

—Eres mi nieta.

Me giré.

—Cuando necesitaba una abuela, usted estaba preguntando cuál era el paquete de parto más barato.

Su rostro se quebró.

—Yo pensaba que…

—Ese fue el problema.

La miré por última vez.

—Todos pensaban que podían perderme y recuperarme cuando quisieran.

Subí al coche.

Mis bebés dormían tranquilamente a mi lado.

Detrás de nosotros quedaron mi esposo, mis padres, mi abuela y Shen Wanyan.

Todos habían creído que el peor castigo sería perder dinero, posiciones o reputación.

Se equivocaban.

El verdadero precio era mucho más sencillo.

Durante veinticinco años tuvieron a una hija que estaba dispuesta a perdonarlos una y otra vez.

Aquel día en la sala de parto, la perdieron.

Miré a mis dos hijos y acaricié suavemente sus pequeñas manos.

Por primera vez comprendí que no necesitaba seguir rogando por un lugar dentro de una familia.

Ahora tenía la mía.

Y esta vez, si alguien obligaba a mis hijos a competir por amor…

sería esa persona quien tendría que marcharse.

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