No entré en la villa.
No necesitaba escuchar ninguna explicación.
Fotografié el cartel de compromiso y me marché antes de que Jason supiera que había estado allí.
Esa noche regresó cerca de la una.
Volvía a llevar el uniforme amarillo de repartidor.
Dejó ciento cincuenta yuanes sobre la mesa.
—Hoy me fue bastante bien.
Miré el dinero.
Horas antes había comprado joyas por una cantidad que nosotros no habríamos podido ahorrar ni en años.
—Jason, quiero terminar.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué?
—Ya no quiero estar contigo.
Durante varios segundos pareció no comprender.
Luego se acercó.
—¿Es por el bebé?
—En parte.
—Ya hablamos de eso. Cuando tengamos dinero…
—No habrá otro bebé.
Se quedó inmóvil.
Guardé algunas prendas dentro de una maleta pequeña.
Jason me agarró de la muñeca.
—¿Adónde vas?
—Lejos de ti.
—¿Con quién hablaste?
Aquella pregunta me confirmó algo.
No preguntó qué había hecho mal.
Preguntó quién me había contado la verdad.
Saqué el teléfono.
Le mostré la fotografía.
Jason Jiang y Evelyn Song.
El color desapareció de su rostro.
Su mano soltó inmediatamente mi muñeca.
—Escúchame.
—No.
—Ese compromiso no significa lo que crees.
Casi sonreí.
—Entonces explícame el reloj de 1,6 millones.
Silencio.
—Explícame las botellas de vino.
—El Rolls-Royce.
—La villa.
—El traje.
—Las joyas.
—Explícame por qué pediste un crédito de dos mil yuanes para pagar mi aborto mientras podías gastar cientos de veces esa cantidad en una noche.
Jason cerró los ojos.
—Estuviste en el club.
—Sí.
Su rostro se deformó.
—¿Trabajando allí?
Aquello fue increíble.
Después de todo, todavía encontraba una manera de juzgarme.
—Serví bebidas durante una noche porque necesitábamos dinero.
Saqué los ochocientos yuanes que había ganado.
—Pensaba utilizarlos para pagar la deuda del aborto que tú fingiste no poder pagar.
Jason dio un paso hacia mí.
—Yo iba a decírtelo.
—¿Cuándo?
No respondió.
—¿Después de casarte con Evelyn?
—No pienso casarme con ella.
—Había un cartel de compromiso con tu cara.
—Es un acuerdo entre familias.
—¿Y yo qué era?
Su mandíbula se tensó.
Finalmente dijo:
—Al principio quería saber si podías quererme sin saber quién era.
Ahí estaba.
La verdad.
No había sido pobreza.
Había sido un examen.
Yo había pasado años demostrando mi amor mientras él permanecía sentado como juez.
—¿Y cuándo terminaba la prueba?
Jason guardó silencio.
—¿Después del primer invierno sin calefacción?
—¿Después de trabajar enferma?
—¿Después de quedar embarazada?
Mi voz finalmente tembló.
—¿O después de interrumpir un embarazo porque tú me dijiste que dos mil yuanes podían destruir nuestro futuro?
Jason palideció.
—Yo no sabía que mi familia organizaría el compromiso tan rápido.
—Pero sabías que eras rico.
No pudo negarlo.
—Y sabías que nuestro problema nunca fue el dinero.
Tomé la maleta.
Jason bloqueó la puerta.
—No puedes irte así.
—Mírame.
Lo hizo.
—Ya me fui el día que elegiste proteger tu mentira antes que nuestra familia.
Jason comenzó a desesperarse.
—Puedo compensarte.
Sacó el teléfono.
—Te compraré una casa.
—Puedo darte diez millones.
—Cincuenta.
—Lo que quieras.
Lo miré durante varios segundos.
—Ayer me dijiste que habías ganado ciento cincuenta yuanes.
Bajó lentamente el teléfono.
—Eso es lo que vale tu palabra para mí ahora.
Me marché.
Durante los días siguientes, Jason llamó tantas veces que terminé cambiando de número.
Tres semanas después conseguí empleo administrativo en otra ciudad.
Era sencillo.
El apartamento era pequeño.
El salario tampoco era extraordinario.
Pero cada yuan que había allí era real.
Eso me bastaba.
Entonces, una tarde, Lily me llamó.
—Jason canceló el compromiso.
No respondí.
—Su padre está furioso. La familia Song también. Dicen que renunció temporalmente a varios privilegios familiares.
—Es su problema.
Lily guardó silencio.
—Está buscándote.
Miré por la ventana.
—Entonces espero que tarde mucho.
Meses después recibí un paquete.
Dentro estaba el reloj de 1,6 millones.
No había carta.
Solo una nota:
“Lo recuperé. Nunca debí regalárselo.”
Lo devolví sin abrir la caja por segunda vez.
En el formulario escribí:
DESTINATARIO RECHAZADO.
Un año después, Jason finalmente me encontró.
Me esperaba fuera del edificio donde trabajaba.
Sin uniforme falso.
Sin casco amarillo.
Sin Rolls-Royce.
Simplemente Jason.
—Terminé con Evelyn —dijo.
—Bien.
—Me enfrenté a mi familia.
—Bien.
—Ya no voy a mentirte.
Asentí.
—También está bien.
Sus ojos se iluminaron por un instante.
Entonces preguntó:
—¿Podemos empezar otra vez?
Lo miré y comprendí que ya no sentía rabia.
Eso era lo más definitivo de todo.
—No.
Su expresión se derrumbó.
—Te amo.
—Tal vez.
Hice una pausa.
—Pero durante años no amaste mi tranquilidad. Amabas comprobar cuánto estaba dispuesta a sufrir por ti.
Pasé junto a él.
Jason pronunció mi nombre.
No me detuve.

Porque finalmente había entendido algo que él nunca comprendió mientras fingíamos contar monedas para comprar la cena:
yo nunca lo abandoné por ser pobre.
Lo abandoné el día que descubrí que toda nuestra pobreza había sido una mentira.
Y que, cuando tuvo que elegir entre decirme la verdad o dejarme perder algo irremplazable, eligió seguir jugando.