PARTE 2: TODO ERA MÍO

El restaurante de wontones seguía exactamente igual.

Mesas pequeñas.

Ventiladores antiguos.

El mismo olor a caldo caliente y cebollino.

Tang Yuru se sentó junto a la ventana mientras su hermano pedía dos cuencos.

Cuando llegó la comida, sostuvo la cuchara durante varios segundos sin probar nada.

Tang Jinghang la observó.

—Yuru.

—¿Sí?

—¿Qué pasó realmente?

Ella levantó los ojos.

—Tianhao quiere divorciarse.

Tang Jinghang apretó la mandíbula.

—Eso ya lo imaginaba.

—Dice que soy una carga.

—¿Y tú qué dijiste?

Tang Yuru tomó lentamente un sorbo de caldo.

—Que aceptaba.

Su hermano la miró fijamente.

—¿Sin discutir?

—Sin discutir.

—¿Sin llevarte nada?

Ella sonrió.

—Él insistió en eso.

Tang Jinghang dejó los palillos.

—Entonces explícame por qué estás tan tranquila.

Tang Yuru guardó silencio.

Después sacó del bolsillo del pantalón una pequeña tarjeta de papel.

Era el único objeto que Guo Tianhao no había considerado valioso.

Un número telefónico escrito a mano.

Se lo entregó.

Tang Jinghang lo reconoció de inmediato.

Su expresión cambió.

—¿Ya hablaste con el abogado Chen?

—Hace una semana.

Su hermano permaneció inmóvil.

Entonces comprendió.

—Así que ya lo sabías.

Tang Yuru asintió.

Había descubierto hacía una semana que Guo Tianhao llevaba meses preparando el divorcio.

No solo eso.

Había transferido dinero.

Había ocultado activos.

Y había prometido a su hermana Guo Meiling que, cuando Tang Yuru desapareciera, ella podría mudarse definitivamente a la villa.

Lo que ninguno de ellos sabía era algo mucho más sencillo.

La villa no pertenecía a Guo Tianhao.

Nunca le había pertenecido.


Tres años antes del matrimonio, el padre de Tang Yuru había comprado aquella casa.

Después, cuando Guo Tianhao inició su pequeña empresa, el señor Tang ayudó a su futuro yerno con capital, contactos y garantías.

Pero por insistencia de Tang Yuru, nada de aquello se dijo públicamente.

Ella no quería que su esposo viviera bajo la sombra de la familia Tang.

Así que la propiedad quedó dentro de una sociedad patrimonial a nombre de Tang Yuru.

Guo Tianhao simplemente vivía allí.

Nada más.

Tang Jinghang soltó lentamente una carcajada.

—Entonces…

—Sí.

Ella levantó la cuchara.

—La casa de la que me expulsó es mía.

Su hermano se echó hacia atrás.

—¿Y todo lo que hay dentro?

Tang Yuru lo miró.

—También.

Aquello incluía los muebles.

Las obras de arte.

Los electrodomésticos.

El piano.

Las lámparas.

Incluso la colección de vinos que Guo Tianhao mostraba orgullosamente a sus invitados.

Todo había sido comprado por la familia Tang o por Tang Yuru antes y durante el matrimonio con fondos perfectamente documentados.

Tang Jinghang empezó a reír.

—¿Por eso no quisiste volver?

—No hacía falta.

Ella terminó el wonton que tenía en la cuchara.

—Me dijo que no podía llevarme nada.

Sonrió ligeramente.

—Yo solo decidí obedecer.


Al día siguiente, Guo Tianhao todavía estaba satisfecho.

Guo Meiling ya había llevado varias maletas a la villa.

—Hermano, por fin podemos vivir tranquilos.

Se dejó caer sobre el sofá.

—Esa mujer llevaba años fingiendo ser dueña de todo.

Guo Tianhao resopló.

—Llegó a mi casa sin nada y todavía quería comportarse como una señora.

Guo Meiling abrió el armario del vestidor.

Dentro había vestidos, bolsos y abrigos.

Sus ojos brillaron.

—¿Puedo quedarme algunas cosas?

—Lo que haya dejado es basura.

—Entonces este bolso…

—Tómalo.

Ella sonrió encantada.

No sabía que Tang Yuru había fotografiado y registrado cada una de sus pertenencias personales antes de marcharse.

Ni tampoco que el abogado ya estaba preparando el inventario.

El tercer día, a las nueve de la mañana, sonó el timbre.

Guo Tianhao abrió.

Frente a él había dos abogados, cuatro trabajadores de mudanzas y un representante de la empresa propietaria de la vivienda.

—¿Quiénes son ustedes?

El abogado principal extendió un documento.

—Venimos en representación de la señora Tang Yuru.

El rostro de Guo Tianhao se endureció.

—Ella ya no vive aquí.

—Lo sabemos.

—Entonces lárguense.

Intentó cerrar la puerta.

El abogado la detuvo.

—Señor Guo, esta propiedad pertenece a la señora Tang.

Silencio.

Guo Tianhao soltó una carcajada.

—¿Qué tontería es esa?

El abogado le mostró la escritura y los documentos societarios.

Guo Tianhao leyó la primera página.

Después la segunda.

Su rostro fue perdiendo lentamente el color.

—Imposible.

Guo Meiling se acercó.

—¿Qué pasa?

Su hermano no respondió.

El abogado continuó:

—Además, hemos venido a retirar todos los bienes personales pertenecientes a nuestra clienta.

Guo Tianhao levantó la cabeza.

—¿Qué bienes?

El abogado abrió una lista.

Tardó varios minutos en leerla.

El sofá.

La mesa del comedor.

La televisión.

El piano.

Las lámparas decorativas.

La cama principal.

Los muebles del vestidor.

Las alfombras.

Las obras de arte.

Los electrodomésticos de alta gama.

Incluso la cafetera que Guo Tianhao utilizaba cada mañana.

Guo Meiling perdió la sonrisa.

—¡No pueden llevarse todo!

El abogado levantó la vista.

—Podemos.

Y empezaron.


Durante las siguientes cinco horas, la villa fue vaciándose.

Primero desaparecieron las cajas.

Después los cuadros.

Luego los muebles.

Guo Tianhao corría de una habitación a otra.

—¡Eso es mío!

El abogado pedía el comprobante.

No tenía ninguno.

—¡Ese sofá lo elegí yo!

—Pero lo pagó la señora Tang.

—¡La televisión la compramos después del matrimonio!

—Con una tarjeta personal de la señora Tang.

—¡La cama no pueden llevársela!

—También pertenece a nuestra clienta.

Al final, Guo Tianhao abrió furiosamente el enorme armario del dormitorio.

Se quedó paralizado.

Vacío.

No quedaba ni una camisa suya allí.

No porque Tang Yuru se las hubiera llevado.

Los trabajadores las habían colocado cuidadosamente en cajas de cartón baratas y las habían dejado en el suelo.

Todo el vestidor construido a medida acababa de ser desmontado.

Guo Meiling apareció detrás.

—Hermano…

Miró alrededor.

La habitación parecía un espacio recién entregado por el constructor.

Guo Tianhao gritó:

—¡Llama a Tang Yuru!

—No tenemos su número.

Entonces recordó.

Le había quitado el teléfono.

Y ni siquiera sabía dónde vivía ahora.

Por primera vez, algo parecido al miedo apareció en su rostro.


Aquella tarde me encontraba con mi hermano eligiendo ropa nueva cuando recibí la llamada del abogado.

—Señora Tang, la retirada ha terminado.

—¿Todo?

—Todo lo documentado.

—¿Y la casa?

—El señor Guo tiene setenta y dos horas para abandonarla, según la notificación.

Sonreí.

—Perfecto.

Tang Jinghang me miró.

—¿Ya está?

—Casi.

Todavía faltaba algo.

El divorcio.


Guo Tianhao apareció en las oficinas del Grupo Tang al día siguiente.

Los guardias casi no lo dejaron entrar.

Él gritaba mi nombre.

Finalmente acepté verlo.

Entró en mi despacho con los ojos rojos.

—¿Tú eres la propietaria de esa casa?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de casarnos.

Su respiración se volvió pesada.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Lo miré sorprendida.

—Nunca preguntaste.

—¡Vivimos allí durante años!

—Correcto.

—¡Yo pagaba la administración!

—En realidad, durante los últimos dos años la pagó mi cuenta.

Guardó silencio.

Me incliné ligeramente hacia delante.

—La misma cuenta de la que tú decías que “no aportaba nada”.

Su rostro se endureció.

—Tang Yuru, no puedes tratarme así.

Casi me reí.

—¿Cómo?

—¿Quitándote cosas que no son tuyas?

—¡Somos marido y mujer!

Lo miré.

—Hace tres días dijiste que llegué con las manos vacías.

Él se quedó quieto.

—También dijiste que debía marcharme exactamente igual.

Hice una pausa.

—Lo hice.

—Lo que olvidaste es que una persona puede salir con las manos vacías y seguir siendo propietaria de todo lo que deja atrás.

Guo Tianhao golpeó el escritorio.

—¡Estás vengándote!

—No.

Deslicé los documentos del divorcio hacia él.

—Estoy haciendo inventario.


Su expresión cambió cuando vio las cifras.

La empresa que dirigía Guo Tianhao también tenía un problema.

El capital inicial había procedido de mi padre.

Y varias de las acciones estaban legalmente vinculadas a acuerdos firmados antes del matrimonio.

Yo no quería su empresa.

Pero tampoco iba a permitir que ocultara patrimonio para dejarme sin nada.

—Firma —dije.

—¿Y si no lo hago?

—Entonces iremos a juicio.

Lo miré con calma.

—Y el departamento financiero tendrá que explicar determinadas transferencias que hiciste durante los últimos seis meses.

Su rostro se volvió blanco.

Yo había encontrado las cuentas.

También los regalos caros que había comprado para otra mujer.

Ahí estaba la verdadera razón del divorcio.

No había sido una discusión.

Ni mi carácter.

Ni una supuesta falta de amor.

Había alguien más.

Él solo quería echarme primero para poder controlar la historia después.

—¿La investigaste? —preguntó.

—No hizo falta.

—Yuru…

Fue la primera vez desde que me expulsó que habló con suavidad.

—Podemos arreglar esto.

Negué con la cabeza.

—No.

—Cometí un error.

—Muchos.

—Puedo terminar con ella.

—Haz lo que quieras.

Me levanté.

—Ya no tiene nada que ver conmigo.


El divorcio se resolvió meses después.

Guo Tianhao conservó lo que realmente le pertenecía.

Yo también.

La villa volvió a quedar completamente vacía durante un tiempo.

Después decidí venderla.

No quería volver a vivir allí.

Con el dinero compré un apartamento mucho más pequeño cerca de mi hermano.

El primer día que entré, solo había una mesa, una cama y un sofá.

Tang Jinghang miró alrededor.

—Después de vaciar una mansión entera, ¿esto es todo lo que compraste?

Me dejé caer sobre el sofá.

—Es suficiente.

—¿Seguro?

Sonreí.

—Todo lo que hay aquí lo elegí yo.

Aquello era suficiente.


Un año después me encontré casualmente con Guo Meiling.

Llevaba un bolso parecido a uno que había intentado apropiarse de mi vestidor.

Cuando me vio, evitó mi mirada.

Después murmuró:

—Mi hermano nunca volvió a ser el mismo.

No respondí.

—Perdió mucho después del divorcio.

—No perdió lo que era suyo.

La miré tranquilamente.

—Solo dejó de utilizar lo que era mío.

Guo Meiling se quedó sin palabras.

Seguí caminando.

Aquella mañana, mientras Guo Tianhao me echaba de casa, estaba convencido de haberme quitado todo.

El teléfono.

La cartera.

Las llaves.

La ropa.

La dignidad.

Por eso me vio salir con unas zapatillas viejas y creyó que había ganado.

Pero confundió una cosa muy importante.

Yo no necesitaba cargar una casa sobre la espalda para demostrar que me pertenecía.

Tres días después abrió el armario y descubrió que estaba vacío.

Después miró la sala.

También vacía.

Finalmente miró los documentos.

Y comprendió la verdad.

La mujer que había salido por aquella puerta sin llevarse nada…

era precisamente la dueña de casi todo lo que él creía suyo.

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