PARTE 2: DIEZ GOLPES, DIEZ PÉRDIDAS

La sonrisa de Adrián desapareció cuando recibió la segunda llamada.

—¿Cómo que cancelaron el financiamiento?

Otra llamada entró.

Después otra.

Tres clientes importantes suspendieron contratos. Dos bancos exigieron garantías adicionales. Un fondo que sostenía una parte importante de la deuda del Grupo Castro anunció que retiraba su respaldo.

Blanca palideció.

—Adrián… esto no puede tener relación con ella.

Yo me giré lentamente.

—Primer golpe: perdieron el crédito.

Levanté otro dedo.

—Segundo: tres contratos.

Otro.

—Tercero: sus principales inversores.

Adrián dejó caer el teléfono sobre el escritorio.

—¿Quién demonios eres?

Sonreí.

—La pregunta que debiste hacer antes de casarte conmigo.

Durante tres años, Adrián creyó que mi familia era simplemente acomodada.

Nunca supo que mi madre pertenecía a los Beaumont, propietarios de un conglomerado financiero internacional.

Cuando me casé, rechacé cargos, acciones y privilegios porque quería construir una vida lejos del apellido familiar.

Mi tío Raymond respetó mi decisión.

Pero me hizo prometer una cosa:

“Si algún día intentan destruirte, llama.”

Aquella noche llamé.


Blanca empezó a retroceder.

—Yo no hice nada. Fue decisión del señor Castro.

La miré.

—¿De verdad?

Saqué mi teléfono.

Antes de entrar al despacho había activado la grabación.

Su mentira.

La orden de Adrián.

Todo estaba registrado.

Los dos guardaespaldas bajaron la cabeza.

Adrián rodeó el escritorio.

—Isabella, podemos hablar.

—Hace quince minutos también podíamos.

—Estaba enfadado.

—Yo también.

Le mostré la solicitud de divorcio que llevaba semanas preparada.

Su rostro cambió.

—¿Ya pensabas dejarme?

—Desde que descubrí que compraste un apartamento para Blanca con dinero de nuestra cuenta matrimonial.

Blanca abrió los ojos.

Adrián la miró.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque la cuenta estaba a mi nombre.

Silencio.

Firmé el documento delante de él.

—Feliz aniversario.


A medianoche, Raymond llegó acompañado de abogados.

La situación era peor de lo que Adrián imaginaba.

Su empresa llevaba años dependiendo indirectamente de fondos vinculados al grupo de mi familia.

Yo nunca había utilizado esa influencia.

Hasta esa noche.

Raymond dejó una carpeta sobre la mesa.

—Señor Castro, además del divorcio, deberá responder por varias operaciones financieras que nuestros auditores consideran irregulares.

Adrián se desplomó en la silla.

Blanca intentó marcharse.

—Señorita Salas —dijo uno de los abogados—, usted también aparece vinculada a varias transferencias. Necesitamos aclararlas.

Ella se volvió hacia Adrián.

—¡Tú dijiste que todo estaba protegido!

Y así terminó su gran historia de amor.

No con romanticismo.

Con ambos culpándose mutuamente.


Antes de salir, Adrián me alcanzó.

—Isabella.

Me detuve.

—Cometí un error.

—No.

Lo miré por última vez.

—Un error ocurre una vez. Tú viste diez oportunidades para detener aquello y elegiste no hacerlo.

Su rostro quedó inmóvil.

—Cada golpe me enseñó exactamente cuánto valía nuestro matrimonio para ti.

Abrí la puerta.

—Ahora descubrirás cuánto te cuesta perderlo.

Seis meses después, el Grupo Castro había vendido gran parte de sus activos para sobrevivir.

Blanca desapareció de su vida cuando desaparecieron el dinero y el prestigio.

Y yo regresé al consejo del negocio familiar que había abandonado tres años antes.

Adrián pensó que aquella noche estaba enseñándole una lección a una esposa obediente.

En realidad, las diez bofetadas hicieron algo mucho más caro:

me recordaron quién era antes de conocerlo.

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