PARTE 2: NUNCA FUE POR FALTA DE DESEO

Mi jefe, Marcos, entró sonriendo.

—Tu madre estaba preocupada. Dijo que no debías estar sola.

Daniel señaló una silla.

—Entonces, “futuro esposo”, escuche bien las indicaciones.

Casi pude escuchar los celos detrás de su tono profesional.

—Daniel —intervine—. Marcos no es mi prometido.

Su mano se detuvo.

Marcos tosió.

—Todavía no oficialmente.

Lo fulminé con la mirada.

—Ni oficialmente ni extraoficialmente.

Daniel bajó los ojos para ocultar algo parecido a una sonrisa.


Después de la ecografía llegaron los resultados.

No había nada preocupante.

El médico explicó que los síntomas parecían compatibles con cambios benignos y que debía controlar el estrés, descansar y regresar si empeoraban.

Sentí que podía respirar otra vez.

Cuando Marcos salió para atender una llamada, Daniel cerró mi expediente.

—¿Tu madre sigue eligiéndote novios?

—Desde que dejé al único que le gustaba.

Daniel levantó la mirada.

—Pensé que me dejaste porque no te gustaba.

Solté una risa.

—Te dejé porque parecía que tocarme era un delito.

Por primera vez, perdió completamente su expresión profesional.

—Laura…

—No importa. Éramos jóvenes.

Recogí mi bolso.

—Gracias, doctor Jiang.

—Espera.

Me detuve.

Daniel abrió un cajón y sacó una pequeña caja vieja.

Dentro había una pulsera.

La reconocí inmediatamente.

Se la había regalado cuando teníamos diecinueve años.

—¿Todavía la tienes?

—También tengo algo que debí enseñarte entonces.

Sacó una carta doblada.

Era de mi padre.

La fecha correspondía a pocos meses antes de nuestra ruptura.

Leí las primeras líneas.

Mi sonrisa desapareció.

Mi padre le había pedido a Daniel que mantuviera ciertos límites conmigo mientras ambos terminábamos nuestros estudios. Daniel había aceptado porque quería demostrarle que nuestra relación era seria.

Lo miré incrédula.

—¿Por eso nunca…?

—Sí.

—¿Y no podías decírmelo?

—Tu padre me pidió discreción.

Me llevé una mano a la frente.

—Eres el hombre más inteligente que conozco y también el más idiota.

—Lo descubrí cuando terminaste conmigo.

No pude evitar reír.

Daniel también sonrió.

Después se puso serio.

—Cuando intenté explicártelo, ya te habías marchado.

—¿Y durante todos estos años?

—Pensé que estabas casada.

—No.

—¿Prometida?

—Tampoco.

Daniel miró hacia la puerta por donde Marcos había salido.

—Excelente.

—¿Excelente?

Se levantó.

—Desde el punto de vista médico, me alegra que no estés sola.

—Daniel.

—Y desde el punto de vista personal…

Se quitó la mascarilla.

Por primera vez en años vi completamente su rostro.

—Me alegra que ese hombre no sea tu prometido.

Mi corazón dio un salto.

—¿Por qué?

Daniel sostuvo mi mirada.

—Porque hace diez años me dejaste pensando que no te deseaba.

Hizo una pausa.

—Y llevo diez años queriendo decirte que ese nunca fue el problema.

Esta vez fui yo quien se quedó sin palabras.

Daniel abrió la puerta.

—Hazte los controles indicados y descansa.

—¿Eso es todo?

Sus labios se curvaron.

—Durante esta consulta, sí.

Salí todavía confundida.

Entonces mi teléfono vibró.

Un mensaje de Daniel.

“Cuando ya no seas mi paciente, te debo una explicación de diez años. Si todavía quieres escucharla.”

Miré hacia su consultorio.

Él ya atendía al siguiente paciente como si nada hubiera ocurrido.

Sonreí.

Diez años atrás había terminado con Daniel porque estaba convencida de que nunca había querido acercarse a mí.

Resultó que el problema nunca había sido que sintiera demasiado poco.

Había sido que ambos entendimos demasiado tarde por qué se estaba conteniendo.

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