Sentí que el corazón se me detenía.
—No sé de qué hablas.
Ethan señaló la diminuta firma.
—Llevo dos años intentando contratar a Luna White.
Chloe abrió la boca.
—¿Tú eres Luna White?
La oficina entera quedó en silencio.
Suspiré.
Mi secreto acababa de morir.
—Sí.
Ethan sonrió.
—Entonces tenemos que hablar.
Su propuesta era enorme.
Una campaña internacional.
Control creativo completo.
Y una cifra que hizo que Chloe casi se cayera de la silla cuando la vio.
Durante las siguientes semanas trabajé directamente con Ethan.
Nunca se burló de mis dibujos.
Nunca los llamó pasatiempo.
Al contrario.
—Tu trabajo vale más de lo que cobras —me dijo durante una reunión.
Aquella frase me hizo pensar inevitablemente en Daniel.
Él había vivido conmigo cuatro años sin saber quién era Luna White.
Ethan lo descubrió observando una sola ilustración.
El proyecto se anunció públicamente un mes después.
Por primera vez permití que mi verdadero nombre apareciera junto al seudónimo.
SOFÍA MARTÍNEZ — LUNA WHITE.
Mi teléfono explotó.
Entre cientos de mensajes apareció uno de un número desconocido.
Daniel.
“¿Eras tú?”
No respondí.
Llegó otro.
“Necesitamos hablar.”
Lo bloqueé.
Pensé que terminaría ahí.
Me equivocaba.
Dos semanas después viajamos a Nueva York para presentar la campaña.
El evento se celebraba en el mismo hotel donde, casualmente, Daniel celebraría su boda al día siguiente.
Lo descubrí cuando salí del ascensor.
Daniel estaba frente a mí.
Laura estaba a su lado.
Él me miró como si hubiera visto un fantasma.
—Sofía.
Laura frunció el ceño.
—¿La conoces?
Daniel ignoró la pregunta.
—¿Realmente eres Luna White?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Lo miré.
—Desde antes de conocerte.
Su rostro cambió.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Casi sonreí.
—Porque cada vez que me veías dibujar decías que no era un trabajo de verdad.
Daniel bajó la mirada.
Laura empezó a comprender.
Entonces Ethan apareció detrás de mí.
—Sofía, los inversores están esperando.
Daniel observó cómo Ethan colocaba una carpeta en mis manos.
—¿Trabajas para él?
Ethan respondió antes que yo.
—No.
Me miró con una sonrisa.
—Nosotros trabajamos con ella.
El silencio fue perfecto.
Aquella noche nuestra campaña recibió una oferta para expandirse a Europa y Asia.
Mi carrera dejó de existir detrás de un seudónimo.
Y por primera vez no tuve miedo de ocupar espacio.
Cuando salí del salón, Daniel estaba esperando.
Solo.
—Mañana me caso.
—Lo sé.
—Y no siento nada.
Lo miré con incredulidad.
—Ese ya no es mi problema.
—Sofía, cometí un error.
—No.
Negué lentamente.
—Tomaste una decisión.
Me acerqué un poco.
—Y yo también.
—¿Cuál?
—No volver con alguien que solo descubre mi valor cuando otros empiezan a reconocerlo.
Pasé junto a él.
—Que seas feliz, Daniel.
Esta vez fui yo quien no miró atrás.
A la mañana siguiente, mientras Daniel se preparaba para su boda, yo estaba en un avión rumbo a París con Ethan y nuestro equipo.
Chloe me envió un mensaje:
“¿Te das cuenta de que hace seis meses llorabas por un hombre que pensaba que tu tableta era un juguete?”
Sonreí.
Abrí mi cuaderno y comencé un nuevo dibujo.
Ethan miró de reojo.
—¿Nuevo proyecto?
—Nueva vida.
Él sonrió.
—Me gusta más ese título.
Miré por la ventana.
Daniel había anunciado su boda creyendo que eso demostraría que había seguido adelante.

Pero mientras él comenzaba la vida que había elegido…
yo finalmente comenzaba la que había escondido durante años.
Y resultó que perderlo nunca había sido el final de mi historia.
Había sido la primera página.