PARTE 2: ÉL YA LO SABÍA

—¿Mi hermana?

Adrian abrió la puerta del coche.

—Victoria Carter.

De pronto, los veinte mil dólares mensuales parecieron mucho menos divertidos.

Victoria era la hija perfecta de mi familia.

Elegante.

Educada.

La que mi madre presentaba con orgullo.

Yo era simplemente Emma, la hermana menor que siempre hacía algún comentario inapropiado durante la cena.

—¿Por qué ibas a casarte con ella?

—Nuestras familias querían una alianza.

—¿Y por qué elegiste casarte conmigo?

Adrian me miró.

—Porque sabía que aceptarías.

Me ofendí durante exactamente tres segundos.

Después recordé mi cuenta bancaria.

—Buen análisis de mercado.


Cuando llegamos a la mansión Blake, mi familia ya estaba allí.

Victoria vio el anillo y casi dejó caer su copa.

—Emma…

Mi madre se levantó.

—Dime que esto es una broma.

Me aferré inmediatamente al brazo de Adrian.

Contrato era contrato.

—Mamá, controla tus emociones. Estás asustando a mi esposo.

Adrian tosió.

Yo sospeché que estaba conteniendo una risa.

Victoria lo miró.

—Adrian, nuestras familias habían hablado de nosotros.

—Nuestras familias hablaron. Yo nunca acepté.

—¿Entonces elegiste a Emma?

El desprecio con que pronunció mi nombre me hizo sonreír.

Adrian respondió:

—Sí.

Victoria se acercó.

—¿La amas?

Sentí que Adrian se tensaba.

Era mi momento.

Por veinte mil dólares mensuales, pensaba ofrecer servicio premium.

Me puse de puntillas y lo besé.

Cuando me aparté, Adrian estaba completamente inmóvil.

—¿Responde eso tu pregunta? —dije.

Las orejas de mi marido volvieron a ponerse rojas.

Mi madre parecía a punto de desmayarse.


En el coche, Adrian permaneció cinco minutos sin hablar.

Finalmente pregunté:

—¿Mi actuación fue satisfactoria?

—Excesiva.

—Eso se llama compromiso profesional.

—Emma.

—¿Sí, esposo?

—No vuelvas a besarme sin avisar.

Sonreí.

—¿Te pusiste nervioso?

—No.

—Tus orejas dicen otra cosa.

Giró hacia la ventana.

Ahí comprendí que molestar a Adrian Blake podía convertirse en mi beneficio laboral favorito.


Los meses siguientes fueron extrañamente fáciles.

Yo cumplía perfectamente mi papel.

Le llevaba café.

Lo abrazaba delante de Claire.

Le arreglaba la corbata durante eventos.

Y cuando alguna mujer intentaba acercarse demasiado, aparecía sonriendo:

—Cariño, te estaba buscando.

Pero algo empezó a cambiar.

Adrian comenzó a llegar temprano a casa.

Recordaba mis comidas favoritas.

Cuando trabajaba hasta tarde, dejaba una lámpara encendida para mí.

Incluso aumentó espontáneamente mi tarjeta para gastos.

Aquello sí me preocupó.

—Adrian, tenemos que hablar.

Levantó la vista del portátil.

—¿Qué ocurre?

—Estás ofreciendo beneficios fuera del contrato.

—¿Y?

—Eso crea expectativas laborales poco saludables.

Cerró lentamente el ordenador.

—Emma, ¿todo en tu cabeza funciona como una empresa?

—Tú empezaste pagándome por ser tu esposa.

No pudo discutirlo.


Entonces Claire regresó.

Apareció durante una gala y se acercó directamente a Adrian.

—Sé que este matrimonio es falso.

Mi sonrisa desapareció.

Claire continuó:

—Victoria me contó todo. Emma solo está contigo por dinero.

Esperé que Adrian lo negara.

No lo hizo.

—Lo sé.

Claire sonrió triunfante.

—Entonces déjala.

Adrian tomó mi mano.

—No.

—¿Por qué?

Esta vez él me miró a mí.

—Porque el contrato dejó de importarme hace mucho.

Mi corazón dio un salto.

—Adrian…

Claire palideció.

—¿Estás diciendo que te enamoraste de ella?

Él guardó silencio.

Yo también.

Entonces comprendí algo aterrador.

Durante meses había fingido quererlo.

Había convertido aquel matrimonio en el trabajo mejor pagado de mi vida.

El problema era que ya no sabía qué parte seguía siendo actuación.

Esa noche, cuando llegamos a casa, saqué el contrato.

—Tenemos un problema.

Adrian miró las páginas.

—¿Cuál?

—Creo que estoy incumpliendo una cláusula.

—¿Qué cláusula?

Lo miré.

—La parte donde se suponía que esto era mentira.

Adrian se quedó inmóvil.

Después tomó el contrato, lo rompió por la mitad y lo dejó caer.

—Perfecto.

—¡Oye! Ese documento valía veinte mil dólares al mes.

Por primera vez, Adrian sonrió abiertamente.

—Entonces negociemos uno nuevo.

—¿Con aumento?

Se acercó.

—Sin salario.

Fruncí el ceño.

—Terribles condiciones.

—Pero el matrimonio sería real.

Mi sonrisa desapareció.

Adrian extendió la mano.

Esta vez no había contrato.

No había Claire.

No había familias observándonos.

Solo él.

—Emma Carter, ¿quieres seguir siendo mi esposa?

Miré su mano.

Después al hombre que originalmente me había contratado para fingir que lo amaba.

La tomé.

—Sí.

Hice una pausa.

—Pero los veinte mil de este mes siguen siendo míos.

Adrian soltó una carcajada.

—Sabía que dirías eso.

Y entonces entendí por qué había sabido exactamente quién era yo antes de casarse conmigo.

Había investigado a la hermana de Victoria.

Pero había cometido un error enorme.

Me contrató para fingir amor.

Y ninguno de los dos había previsto que terminaríamos haciéndolo gratis.

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