PARTE 2: DEMASIADO TARDE

No fui a almorzar con ellos.

—Tengo cosas que hacer —respondí.

Valeria arqueó una ceja.

Adrian pareció sorprendido, pero solo dijo:

—Como quieras.

Los vi alejarse juntos.

Y esta vez no dolió tanto.

Quizá porque finalmente había dejado de esperar que Adrian se diera la vuelta.

Durante las siguientes semanas cambié por completo.

Dejé de llevarle café.

Dejé de esperarlo después del trabajo.

Dejé de recordarle reuniones, comprarle comida o preguntarle cuándo volvería a casa.

Y cuanto más me alejaba, más parecía notarme.

Una noche, Adrian apareció frente a recepción.

—¿Te vas?

—Sí.

—Pensé que me esperarías.

Guardé mis cosas.

—¿Por qué?

La pregunta lo dejó callado.

Antes de que pudiera responder, Valeria salió del ascensor.

—Adrian, ¿vienes? Tenemos que revisar el proyecto.

Él la miró.

Luego me miró a mí.

—Sofía, espérame veinte minutos.

Sonreí.

—No.

Y me fui.


Una semana antes de terminar mi periodo de renuncia, Recursos Humanos anunció una reestructuración.

La empresa había perdido un contrato importante y alguien había cometido un error grave en el nuevo producto.

Esa tarde escuché gritos en el piso de I+D.

Horas después, Adrian bajó con el rostro agotado.

Valeria caminaba detrás de él.

—¡No puedes culparme solo a mí! —protestó ella—. Tú aprobaste el lanzamiento.

—Porque me dijiste que las pruebas estaban completas.

—¡Y tú eras el director!

Discutieron frente al ascensor hasta que Adrian me vio.

Se quedó en silencio.

Yo continué organizando unos documentos.

Valeria soltó una risa amarga.

—Perfecto. Ahora también tenemos público.

Me levanté.

—No te preocupes. Mañana es mi último día.

Adrian palideció.

—¿Qué?

Valeria también se quedó inmóvil.

—Renuncié hace casi un mes.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Lo miré.

—Lo hice.

Su expresión cambió.

Entonces recordó aquella noche en casa de mis padres.

“Quiero cambiar de trabajo.”

Él ni siquiera había preguntado por qué.

—Sofía, hablemos.

—Ya no hay nada que hablar.

—Claro que sí. Soy tu novio.

Negué lentamente.

—Eso también termina mañana.

Esta vez fue Valeria quien perdió la sonrisa.

Adrian se acercó.

—¿Me estás dejando por una comida?

Casi me reí.

—No me fui porque me abandonaste en un restaurante.

Tomé mi bolso.

—Me fui porque entendí que llevaba meses sintiéndome sola incluso cuando estabas sentado a mi lado.

Adrian abrió la boca.

—Valeria y yo solo trabajamos juntos.

—Nunca dije que fueran amantes.

Eso lo hizo callar.

—No necesito descubrir una traición para terminar una relación que me hace infeliz.

Miré a Valeria.

—Puedes quedarte con los restaurantes picantes, las noches de trabajo y toda su atención.

Luego miré a Adrian.

—Yo quiero recuperar la mía.


Mi último día llegó sin drama.

Entregué mi tarjeta de acceso, vacié mi escritorio y abracé a mis compañeras.

Cuando crucé la puerta, Adrian estaba esperando afuera.

Solo.

—Terminé con Valeria en el proyecto —dijo.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué me cuentas eso?

—Porque tenías razón.

Sacudió la cabeza.

—No pasó nada entre nosotros, Sofía. Pero le di un lugar que debería haberte dado a ti.

Por primera vez parecía comprenderlo.

—Cuando dejaste de hacer todas esas pequeñas cosas por mí… me di cuenta de cuánto hacías.

—Ese es precisamente el problema.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—¿No podemos empezar otra vez?

—No.

—Puedo cambiar.

—Tal vez.

Sonreí con tristeza.

—Pero puedes hacerlo para la próxima persona.

Pasé junto a él.

—Sofía.

Me detuve.

—¿Adónde vas?

Miré la calle frente a mí.

Durante años había organizado mi vida alrededor de Adrian.

Por primera vez, la respuesta era sencilla.

—A donde yo quiera.


Tres meses después conseguí un nuevo empleo.

No en recepción.

Había comenzado a estudiar administración durante las noches, algo que había pospuesto durante años porque siempre estaba demasiado ocupada esperando a Adrian.

Un viernes recibí un mensaje de Valeria.

“¿Podemos hablar?”

No respondí.

Llegó otro.

“Adrian pidió mi traslado. Dice que trabajar conmigo le costó lo más importante que tenía.”

Apagué la pantalla.

No sentí satisfacción.

Tampoco celos.

Solo indiferencia.

Esa noche cené con mis padres.

Mamá puso demasiada comida en mi plato, como siempre.

—¿Estás feliz? —preguntó.

Pensé en Adrian.

En Valeria.

En aquella mesa vacía del restaurante.

Y sonreí.

—Sí.

Porque aquel día ellos creyeron que me habían dejado atrás.

Pero, en realidad, fueron ellos quienes me enseñaron a marcharme primero.

Y cuando Adrian finalmente comprendió que me había perdido…

yo ya había dejado de mirar hacia atrás.

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