PARTE 2: EL PRECIO DE TRAICIONARME

Cuando recuperé la conciencia, lo primero que escuché fue el sonido constante de un monitor.

Lo segundo fue la voz de mi padre.

—Abigail.

Abrí los ojos.

Estaba en una habitación médica de la base naval. Mi madre sostenía mi mano y mi padre permanecía junto a la ventana.

—¿Mi bebé?

Nadie respondió inmediatamente.

El miedo me atravesó.

—Papá… ¿mi bebé?

Una médica se acercó.

—Está vivo. Tuvimos que actuar rápidamente, pero su hijo está estable.

Cerré los ojos y lloré.

No por Adrián.

No por los diez años desperdiciados.

Solo porque mi hijo seguía conmigo.

—¿Y Adrián?

La expresión de mi padre se endureció.

—Bajo custodia junto con Vanessa y varias personas que participaron.

Horas después comprendí lo que había ocurrido.

La señal de mi reloj había activado un protocolo de emergencia. Una patrulla marítima cercana llegó primero y me sacó del agua. Después aseguraron la zona y entregaron el caso a las autoridades correspondientes.

Pero aquello apenas era el principio.

Mi hermano mayor, Marcus, entró con una carpeta.

—Encontramos algo.

Dentro había fotografías, transferencias bancarias y documentos.

Vanessa no había organizado aquella “lección” solamente por celos.

Llevaba meses convenciendo a Adrián de que debía deshacerse de mí antes del nacimiento.

—¿Por qué antes? —pregunté.

Marcus dejó un documento sobre la cama.

Era el testamento de mi abuelo.

Mi hijo heredaría el control de un fideicomiso familiar al nacer.

Y Adrián lo sabía.

Lo había descubierto tres meses antes.

Sentí náuseas.

—Entonces sabía quién era mi familia.

—No completamente —respondió mi padre—. Pero sabía del patrimonio.

Todo encajó.

La isla.

Las pastillas.

Las muñecas atadas.

La ausencia de cámaras cerca del punto donde me habían llevado.

Aquello nunca había sido una broma.

Mi padre apretó la mandíbula.

—Además, las pastillas que te entregó no eran lo que dijo.

Miré hacia él.

—¿Qué eran?

—Eso tendrá que determinarlo formalmente el laboratorio. Pero el envase había sido manipulado.

Guardé silencio.

Dos días después nació mi hijo.

Samuel.

Lo llamé como mi padre.

Cuando lo colocaron entre mis brazos, comprendí que ya no necesitaba vengarme de Adrián.

Necesitaba proteger a Samuel.

La justicia podía encargarse del resto.

Adrián pidió verme.

Me negué tres veces.

La cuarta acepté.

No porque todavía lo amara.

Porque quería cerrar aquella puerta mirándolo a los ojos.

Entró acompañado por dos agentes.

Ya no parecía el empresario arrogante de la playa.

—Abigail…

—No me llames así como si todavía fueras mi esposo.

Bajó la mirada.

—Vanessa me convenció. Dijo que solamente quería asustarte.

Casi sonreí.

—Me viste sangrar.

No respondió.

—Te pedí ayuda.

Silencio.

—Y elegiste quedarte con ella.

Adrián levantó desesperadamente la cabeza.

—¡No sabía quién era tu padre!

Aquella frase terminó de destruirlo.

Mi padre, que esperaba afuera, la escuchó.

Pero fui yo quien respondió.

—Ese fue tu verdadero error, Adrián.

Me incliné ligeramente hacia delante.

—Todavía crees que deberías haberme respetado porque mi familia tenía poder.

Negué lentamente.

—Debiste respetarme porque era tu esposa. Porque llevaba a tu hijo. Porque era una persona que te estaba suplicando ayuda.

Adrián se quedó inmóvil.

No tenía respuesta.

Entonces saqué un sobre.

—¿Qué es eso?

—El divorcio.

Su rostro cambió.

—Abigail, podemos arreglarlo.

—No.

Dejé los documentos sobre la mesa.

—Hace diez años te salvé del océano.

Lo miré por última vez.

—Hace tres días tú me arrojaste de vuelta.

Me levanté.

Adrián también intentó hacerlo, pero los agentes lo detuvieron.

—¡Abigail!

No volví la cabeza.

Afuera me esperaba mi familia.

Mi padre sostenía a Samuel con una delicadeza que contrastaba con el hombre cuya voz había cerrado una zona marítima entera.

Se acercó y me entregó a mi hijo.

—¿Lista para volver a casa?

Miré aquel pequeño rostro dormido.

—Sí.

Pero antes de marcharnos, Marcus apareció corriendo por el pasillo.

—Papá.

Mi padre se giró.

Marcus llevaba otra carpeta.

—Acaban de revisar las cuentas de Adrián.

Su expresión era grave.

—El fideicomiso no era el único motivo.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué encontraron?

Marcus me miró.

—Una póliza contratada sobre tu vida semanas antes del viaje.

Mi padre quedó completamente inmóvil.

Y entonces comprendimos que Adrián quizá no había cometido una crueldad impulsiva para impresionar a Vanessa.

Quizá había ido a aquella isla esperando que yo nunca regresara.

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