PARTE 2: LA HABITACIÓN PROHIBIDA

Tomás Cárdenas colocó una tableta sobre el escritorio.

—Tenemos un problema.

Alejandro no levantó la voz.

—¿Cuál?

—Las cámaras del corredor privado dejaron de grabar durante veintitrés minutos.

Mariana dejó lentamente la taza.

Alejandro giró hacia Tomás.

—¿Falla técnica?

—No.

Tomás amplió un registro.

—Alguien las desactivó desde dentro del sistema.

El silencio cambió.

Para entrar en aquel sistema se necesitaban credenciales de seguridad.

Eso reducía enormemente la lista.

—¿A qué hora? —preguntó Mariana.

Tomás la miró con molestia.

—Esto no es asunto tuyo.

—Desperté con un cuchillo en la garganta por culpa de esto. Creo que ya es asunto mío.

Alejandro casi sonrió.

Casi.

—Responde.

Tomás respiró hondo.

—A las 2:13.

Mariana frunció el ceño.

—A esa hora yo estaba terminando en la lavandería.

—¿Testigos?

—Ninguno.

Tomás cruzó los brazos.

—Conveniente.

Mariana lo ignoró.

—Pero había una sábana manchada de vino de la habitación de invitados. La puse en la lavadora industrial.

Miró el reloj de pared.

—El ciclo dura cuarenta y cinco minutos.

Alejandro entendió inmediatamente.

—La máquina registra cuándo comienza cada ciclo.

Cinco minutos después tenían el dato.

2:11 a.m.

Mariana había iniciado la lavadora dos minutos antes de que las cámaras fueran desactivadas.

Pero todavía no explicaba cómo había terminado en el dormitorio.

Entonces Tomás encontró otra grabación.

La cocina.

2:19.

Mariana aparecía preparando una taza de té.

Un hombre entró detrás.

Llevaba uniforme de seguridad.

No se veía su rostro.

Mariana observó cómo su versión grabada bebía.

Tres minutos después se apoyaba contra la encimera.

Luego dejó caer la taza.

El hombre la sostuvo antes de que tocara el suelo.

Alejandro se puso de pie.

La habitación entera pareció volverse más pequeña.

—Amplía.

Tomás congeló la imagen.

En la muñeca del desconocido había un reloj.

Negro.

Con una pequeña línea plateada.

Alejandro lo reconoció.

No dijo el nombre.

Pero Mariana vio su expresión.

—¿Quién es?

—Alguien que no debería haberme traicionado.


A las seis de la mañana reunieron al personal.

Veintisiete personas.

Cocineros.

Jardineros.

Conductores.

Personal de limpieza.

Seguridad.

Todos entregaron teléfonos y credenciales.

Pero faltaba alguien.

Gabriel Salazar.

Uno de los hombres de confianza de Alejandro.

Había trabajado para él durante nueve años.

Su habitación estaba vacía.

Su automóvil seguía allí.

Su teléfono apareció dentro de un bote de basura.

Y su reloj había desaparecido.

Tomás soltó una maldición.

—Tenemos un infiltrado.

Alejandro miró hacia Mariana.

—No.

Tomás frunció el ceño.

—¿No?

—Tenemos algo peor.

Señaló la caja encontrada bajo la almohada.

—Alguien quería que encontráramos eso.

Mariana sintió frío.

—¿Y a mí?

Alejandro la miró.

—También.

Entonces lo entendió.

Habían drogado a Mariana.

La habían llevado al único dormitorio donde ninguna mujer podía entrar.

Habían escondido algo bajo la almohada.

Todo estaba diseñado para provocar una reacción.

—Querían que usted creyera que fui yo —susurró.

Alejandro sostuvo su mirada.

—Sí.

—¿Y qué esperaba que hiciera?

Nadie respondió.

No era necesario.

Mariana recordó el cuchillo contra su garganta.

Si Alejandro hubiera sido el monstruo que describían los rumores…

ella probablemente no habría tenido diez segundos.

—Entonces alguien quería matarme.

—No exactamente.

Alejandro caminó hacia ella.

—Querían que yo lo hiciera.

Aquello era peor.

Porque significaba que quien había preparado la escena conocía perfectamente la reputación de Alejandro.

Y había apostado la vida de Mariana contra ella.


Horas después, un especialista revisó la caja.

No contenía explosivos.

Era un transmisor.

Había estado enviando información desde la residencia.

—¿Qué información? —preguntó Alejandro.

El técnico tragó saliva.

—Audio principalmente.

—¿Desde cuándo?

—No puedo saberlo todavía.

Mariana observó la caja.

—No estaba allí antes.

Todos la miraron.

—¿Cómo puedes estar segura? —preguntó Tomás.

—Porque cambio las sábanas de esa habitación todos los lunes y jueves.

Era jueves.

—Ayer levanté esa almohada. No había nada.

Alejandro se quedó inmóvil.

—¿Estuviste en mi habitación ayer?

—Trabajo aquí.

—Normalmente limpia Rosa.

Mariana negó.

—Rosa lleva dos semanas sin entrar.

—¿Por qué?

—Porque usted lo ordenó.

Alejandro frunció el ceño.

—Yo nunca ordené eso.

Mariana sintió un nudo en el estómago.

—Entonces alguien falsificó la instrucción.

Tomás comenzó a revisar su teléfono.

Mariana continuó:

—Y no fue lo único.

Recordaba algo.

Dos semanas antes había encontrado una fotografía detrás de la mesa de noche.

Pensó que se había caído de algún cajón.

La había dejado donde estaba.

—Hay algo más.

Alejandro la miró.

—Habla.

—Una fotografía.

—¿De quién?

—De una mujer.

Por primera vez desde que Mariana lo conocía, Alejandro perdió completamente la expresión.

—Descríbela.

—Cabello oscuro. Joven. Estaba junto a usted.

Tomás bajó lentamente el teléfono.

Alejandro no respiraba.

—¿Dónde está?

—En el cajón inferior de la mesa de noche.

Alejandro salió inmediatamente.

Mariana y Tomás lo siguieron.

Entraron al dormitorio.

Alejandro abrió el cajón.

Vacío.

Lo cerró de golpe.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Qué llevaba ella?

Mariana intentó recordar.

—Un vestido amarillo.

Alejandro cerró los ojos.

Y entonces Mariana vio algo imposible.

Las manos del hombre más temido de Monterrey estaban temblando.

—Señor Montemayor…

Él abrió los ojos.

—Salgan.

Tomás obedeció inmediatamente.

Mariana también caminó hacia la puerta.

—Tú no.

Se detuvo.

Tomás los miró, pero cerró la puerta.

Alejandro permaneció de espaldas.

—Esa mujer era mi hermana.

Mariana guardó silencio.

—Murió hace doce años.

Su voz había cambiado.

Ya no era la voz del empresario.

Ni la del hombre que daba órdenes.

Era simplemente la voz de alguien que había pasado demasiado tiempo cargando algo solo.

—¿Qué tiene que ver ella con esto?

Alejandro abrió un compartimento oculto detrás de una biblioteca.

Sacó una carpeta vieja.

Dentro había fotografías.

Informes.

Nombres.

Y una imagen que hizo que Mariana dejara de respirar.

La mujer del vestido amarillo estaba allí.

Pero no estaba sola.

A su lado había una niña pequeña.

Mariana.

Tenía aproximadamente seis años.

Levantó lentamente la fotografía.

—¿Por qué estoy aquí?

Alejandro no respondió.

—¿Por qué su hermana tenía una fotografía conmigo?

Él la miró.

Y por primera vez desde aquella madrugada, Mariana vio miedo verdadero en sus ojos.

—Porque tu contratación nunca fue casualidad.

Mariana retrocedió.

—¿Qué significa eso?

Alejandro sacó otra hoja.

Era un expediente antiguo.

En la parte superior estaba escrito:

MARÍA REYES — TESTIGO PROTEGIDO

El nombre de su madre.

Mariana sintió que el suelo desaparecía.

—Mi madre murió cuando yo era niña.

—Eso fue lo que te dijeron.

—¿Quién?

Alejandro tardó demasiado en contestar.

—La misma gente que mató a mi hermana.

Mariana dejó caer la fotografía sobre la cama.

—¿Y usted sabía todo esto?

—Sabía una parte.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de contratarte.

Aquello dolió de una manera extraña.

Ocho meses creyendo que era invisible.

Ocho meses pensando que aquel trabajo había llegado por casualidad.

Pero Alejandro sabía exactamente quién era.

—Entonces me estuvo vigilando.

—Protegiendo.

—No son lo mismo.

—En mi mundo, a veces sí.

Mariana caminó hacia la puerta.

Alejandro la detuvo con una frase.

—Hay una razón por la que nunca permito que ninguna mujer entre en esta habitación.

Ella giró.

Alejandro señaló la pared detrás de la cama.

—Ayúdame.

Movieron el enorme cuadro central.

Detrás había una caja fuerte.

Alejandro introdujo un código.

La puerta metálica se abrió.

Dentro no había dinero.

Ni armas.

Ni joyas.

Había cartas.

Decenas.

Todas dirigidas a una misma persona.

Mariana Reyes.

Su nombre.

Escrito una y otra vez durante años.

Mariana sintió que el corazón golpeaba contra sus costillas.

—¿Qué es esto?

Alejandro tomó la carta más antigua.

El papel estaba amarillento.

—Mi hermana las escribió antes de morir.

—¿Para mí?

—Sí.

—¿Por qué nunca me las dio?

Alejandro bajó la mirada.

—Porque la última carta contiene el nombre del hombre que ordenó matarla.

Mariana dejó de respirar.

—¿Quién?

Antes de que pudiera responder, tres golpes secos sonaron detrás de la pared.

Alejandro reaccionó inmediatamente.

Apagó la luz.

Le indicó a Mariana que guardara silencio.

Otro golpe.

Luego un sonido metálico.

Alguien estaba intentando abrir el dormitorio desde el corredor de servicio.

Alejandro miró hacia la caja fuerte abierta.

Después hacia Mariana.

Y entonces comprendió.

La caja bajo la almohada.

Las cámaras apagadas.

La fotografía desaparecida.

Mariana colocada en su cama.

Nada había sido para incriminarla.

Todo había sido para obligar a Alejandro a abrir aquella caja fuerte.

Alguien sabía que Mariana era la única persona capaz de hacerlo romper una regla que llevaba doce años protegiendo.

Y ahora ese alguien sabía que el secreto seguía allí.

Alejandro cerró la caja fuerte.

Se volvió hacia Mariana.

—Quédate detrás de mí.

Pero Mariana ya tenía la carta más antigua entre las manos.

En la parte posterior había una frase escrita con tinta desvanecida.

La leyó.

Y palideció.

Porque reconocía aquel apellido.

Era el mismo apellido del hombre que, durante toda su infancia, le habían enseñado a llamar papá.

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