PARTE 2: EL CUARTO LATIDO

Regresé al hospital.

La doctora me esperaba con una expresión extraña.

—Señorita Moore, revisamos nuevamente las imágenes.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Alguno de los bebés tiene problemas?

—No. Los tres están bien.

Respiré.

Entonces ella giró la pantalla.

—El error fue otro. Hay un cuarto saco gestacional oculto detrás de los demás.

La miré sin comprender.

—¿Cuatro?

—Cuatrillizos.

Me quedé muda.

Sesenta millones.

Ya no eran veinte millones por bebé.

—Quince millones para cada uno —murmuré.

La doctora me miró confundida.

—¿Perdón?

—Nada.

Pero todavía faltaba algo.

—Por tratarse de un embarazo múltiple poco común, necesitamos antecedentes médicos del padre.

Mi sonrisa desapareció.

Adrian.

No quería volver a verlo.

Así que dejé los datos de su hospital y me marché.


Tres meses después vivía en otra ciudad.

Había comprado una casa discreta cerca de un excelente centro médico y desaparecido completamente del círculo Lancaster.

Hasta que una tarde Adrian recibió una llamada.

Era el departamento de genética.

—Doctor Lancaster, necesitamos confirmar unos antecedentes relacionados con un embarazo múltiple.

—¿De quién?

La enfermera pronunció mi nombre.

Silencio.

—Elena Moore.

Adrian dejó caer el bolígrafo.

—¿Embarazo?

Minutos después ya estaba revisando fechas.

Nuestro divorcio.

Mi salida.

El periodo de concepción.

Todo coincidía.

Llamó a Thomas Grant.

—Consígueme el expediente del divorcio.

—¿Por qué?

—Ahora.

Adrian leyó las cláusulas que yo había firmado sin revisar.

Y encontró una que su propio abogado había incluido como protección estándar:

Los derechos y obligaciones respecto de hijos concebidos durante el matrimonio no quedaban afectados por el acuerdo económico.

Entonces comprendió.

Los sesenta millones nunca habían comprado mi desaparición.

Y yo nunca le había contado que estaba embarazada.

—Encuéntrala —ordenó.

Pero yo había cambiado de número.

De dirección.

De banco habitual.

Incluso había contratado médicos fuera de la red Lancaster.

Durante semanas, Adrian buscó sin éxito.

Hasta que regresó una noche a su antigua habitación y sufrió otro episodio de gastritis.

Abrió el cajón buscando medicina.

El frasco estaba vacío.

Llamó a la empleada.

—¿Por qué dejaste de comprar esto?

Ella lo miró sorprendida.

—Doctor Lancaster, yo nunca compré esa medicina.

Adrian quedó inmóvil.

—Entonces ¿quién?

—La señora Elena.

Aquella respuesta lo golpeó de una manera inesperada.

Empezó a preguntar.

Descubrió que yo recordaba sus horarios de cirugía.

Que dejaba comida cuando sabía que no había cenado.

Que cambiaba discretamente sus medicamentos.

Pequeñas cosas que él jamás había visto.

Aquella misma noche recibió finalmente una llamada de Thomas.

—La encontramos.

Adrian se levantó.

—¿Dónde?

—No exactamente a ella. Encontramos el hospital.

—Voy ahora.

Thomas guardó silencio.

—Adrian… hay algo más.

—¿Qué?

—No son trillizos.

Adrian frunció el ceño.

—¿Entonces?

Thomas respiró profundamente.

—Son cuatro.

El teléfono casi resbaló de su mano.

Cuatro hijos.

Cuatro bebés que podían nacer sin que él estuviera allí.

Horas después, un automóvil negro salió de la ciudad.

Pero cuando Adrian llegó al hospital, encontró mi habitación vacía.

Sobre la cama había cuatro pequeñas pulseras de recién nacido.

Y una enfermera corrió hacia él.

—¿Doctor Lancaster?

—Sí.

—La señora Moore acaba de ser trasladada para una intervención urgente.

Adrian perdió el color.

—¿Y los bebés?

La enfermera miró hacia las puertas del quirófano.

—Los cuatro están luchando.

Por primera vez en su vida, Adrian Lancaster descubrió que había algo que ni todo su dinero podía controlar.

Y estaba al otro lado de aquellas puertas.

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