PARTE 2: EL DESTINO QUE ELEGÍ

Mi teléfono vibró por quinta vez.

Mamá.

Después papá.

Luego mi hermano.

No contesté hasta que terminé de registrarme en la residencia de Sterling.

Finalmente acepté la videollamada.

—¡Clara! —gritó mi hermano—. ¿Dónde estás? La aerolínea dice que nunca abordaste.

Giré ligeramente el teléfono.

Detrás de mí apareció el enorme letrero:

STERLING UNIVERSITY.

Nadie habló.

—¿Qué haces ahí? —preguntó mi padre.

—Estudiar.

Mi madre parecía confundida.

—Pero tu universidad está aquí. Organizamos todo.

—Ustedes lo organizaron. Yo nunca acepté.

Anna apareció detrás de ellos.

—Entonces… ¿no vienes?

—No.

Mi hermano frunció el ceño.

—¿Desde cuándo planeabas esto?

—Desde antes de que compraras un boleto para apartarme de ustedes.

Mi madre comenzó inmediatamente:

—Clara, hicimos aquello por la salud de Anna.

—Lo sé.

Mi tranquilidad pareció incomodarla más que cualquier grito.

—Por eso les facilité las cosas. Ya no tendrá que verme.

—No seas dramática —intervino mi padre—. Somos tu familia.

Sonreí con tristeza.

—Me encontraron a los diecisiete años. Desde entonces llevo años intentando entrar en una familia que siempre me pidió hacerme más pequeña para que Anna estuviera cómoda.

Nadie respondió.

—Así que dejé de intentarlo.

Mi hermano bajó la voz.

—¿Cómo pagarás Sterling?

—Con una beca académica.

Su expresión cambió.

Ninguno sabía que la había conseguido.

—¿Y dónde vivirás?

—En la residencia.

—Clara, vuelve a casa y hablaremos cuando regresemos.

Miré mi nueva habitación.

Mi escritorio.

Mis libros.

Mi llave.

Por primera vez, todo aquello había sido elegido por mí.

—Ya estoy en casa.

Colgué.


Durante las siguientes semanas llegaron mensajes.

Primero enfadados.

Después preocupados.

Finalmente cariñosos.

No respondí a casi ninguno.

Comencé las clases.

Conocí amigos.

Conseguí trabajo como asistente en la biblioteca.

Y descubrí algo extraño:

vivir sin esperar constantemente la aprobación de mi familia era mucho más fácil de lo que imaginaba.

Dos meses después, mi hermano apareció frente a Sterling.

Solo.

—Necesito hablar contigo.

—¿Pasó algo con Anna?

Su expresión me dio la respuesta.

—Encontré documentos mientras ayudaba a mamá con unos trámites.

Sacó un sobre.

—Clara… hay algo sobre tu desaparición cuando eras niña que nunca nos contaron.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

Me entregó una copia de un antiguo expediente.

En la parte superior aparecía mi nombre.

Debajo había una fecha.

Y una declaración firmada por mi padre.

Leí las primeras líneas.

Después volví a leerlas.

Mi familia siempre me había contado que me perdieron accidentalmente cuando era pequeña y que pasaron años buscándome.

Pero aquel documento decía otra cosa.

Mi hermano tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Clara…

Levanté la vista.

—Papá sabía dónde estabas.

Silencio.

—¿Desde cuándo?

Mi hermano tragó saliva.

—Desde mucho antes de que cumplieras diecisiete.

Miré nuevamente el expediente.

De repente, que siempre hubieran elegido a Anna dejó de parecer una casualidad.

Porque quizá yo nunca había sido la hija perdida que finalmente regresó.

Quizá había sido la hija que ellos habían decidido dejar atrás.

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