—¡Detengan eso! —gritó Ethan.
Los trabajadores ni siquiera se volvieron.
El abogado cerró la carpeta.
—Sus pertenencias personales serán trasladadas a un almacén durante treinta días. Puede recogerlas cuando quiera.
Madison miró las cajas y después el anillo de cincuenta mil dólares en su dedo.
—Ethan, dijiste que eras dueño de esta casa.
—¡Lo soy!
—No —respondió el abogado—. Y existe otro problema.
Le entregó un documento.
Ethan leyó las primeras líneas y perdió el color.
El contrato millonario que esperaba cerrar había sido cancelado aquella tarde.
—¿Por qué?
El abogado lo miró con calma.
—Porque el principal inversor de su empresa era el mismo fideicomiso que posee esta mansión.
La madre de Ethan abrió la boca.
—¿El fideicomiso de Grace?
—De su familia.
Ethan sintió que las piernas le fallaban.
Durante ocho años había presumido de haber construido su compañía solo.
Pero cuando nadie quería invertir en él, Grace había conseguido capital sin decirle de dónde provenía.
Ahora ese respaldo había terminado.
Su teléfono comenzó a sonar.
Director financiero.
Banco.
Socios.
Tres llamadas seguidas.
No contestó ninguna.
Madison se quitó lentamente el anillo.
—¿Cuánto dinero tienes realmente?
—Esto es temporal.
—¿Cuánto?
Ethan guardó silencio.
Ella dejó el anillo dentro de su mano.
—Llámame cuando tengas una respuesta.
Se marchó.
—¡Madison!
No volvió la cabeza.
Entonces apareció un automóvil negro al final de la calle.
Grace bajó.
Ethan corrió hacia ella.
—¡Tú preparaste todo esto!
Grace lo miró tranquilamente.
—No.
—¡Me quitaste la casa y los inversores!
—La casa nunca fue tuya. Y los inversores decidieron dejar de financiar una empresa cuyo director utilizaba fondos corporativos para pagar hoteles, regalos y viajes con su amante.
Ethan quedó inmóvil.
Grace sabía lo de Madison.
Todo.
—¿Por eso aceptaste solo doscientos mil?
—Acepté exactamente lo que pusiste delante de mí.
Grace sacó una copia del acuerdo.
—Tú insististe en conservar exclusivamente todos los bienes y deudas registrados a tu nombre.
Ethan bajó la mirada.
Deudas.
Había firmado sin pensar en esa palabra.
Grace continuó:
—La empresa tiene préstamos personales garantizados por ti. La mansión pertenece al fideicomiso. Mis inversiones pertenecen a mi familia.
Hizo una pausa.
—Así que felicidades, Ethan. Conseguirte todo fue más fácil de lo que imaginaba.
—Grace…
—Tú elegiste lo que querías.
Miró el anillo abandonado en su mano.
—Ahora puedes quedártelo.
Grace entró en la mansión.
Los portones comenzaron a cerrarse.
Ethan permaneció fuera, rodeado de cajas, mientras su teléfono volvía a sonar.
Esta vez contestó.
Era el banco.
Después de escuchar durante veinte segundos, se desplomó sobre una de sus maletas.
Su madre corrió hacia él.
—¿Qué ocurre?
Ethan levantó lentamente la cabeza.
—Han congelado las cuentas de la empresa.
Pero desde detrás de la verja, Grace acababa de recibir una noticia todavía más importante.
Su abogado le entregó un sobre.
—Encontramos quién autorizó las transferencias sospechosas.
Grace abrió el documento.

Esperaba encontrar el nombre de Madison.
No era ella.
Levantó la mirada hacia la mujer que consolaba a Ethan al otro lado de la verja.
La firma pertenecía a su exsuegra.