PARTE 2: DIEZ MILLONES

No respondí a Valeria.

A las nueve de la mañana, Elena ya había preparado la versión definitiva del acuerdo.

A las diez, Adrián llamó.

—Sofía, Valeria está embarazada.

Guardé silencio.

—Fue un error —continuó—. Pero el niño no tiene culpa.

—Estoy de acuerdo.

Pareció sorprendido por mi tranquilidad.

—Entonces entiendes por qué…

—Por qué necesitas firmar rápido.

Silencio.

—Te espero a las doce en la oficina de Elena.

Colgué.

Adrián llegó acompañado de Valeria.

Ella llevaba el collar de Tiffany.

Él parecía no haber dormido.

Revisó el acuerdo durante veinte minutos.

—¿Realmente renuncias a la casa?

—Sí.

—¿Y al coche?

—También.

Valeria tocó discretamente su brazo.

Adrián finalmente tomó el bolígrafo.

—No digas después que te dejé sin nada.

Lo miré.

—No lo diré.

Firmó.

Elena recogió inmediatamente los documentos.

Mi matrimonio terminó con el sonido de unas hojas entrando en una carpeta.

Justo entonces vibró mi teléfono.

Una notificación bancaria apareció en pantalla.

Transferencia recibida: 10.000.000 yuanes.

Regalías correspondientes a la nueva edición y derechos audiovisuales.

Bloqueé la pantalla antes de que Adrián pudiera verla.

—¿Eso es todo? —preguntó.

—Eso es todo.

Valeria sonrió.

—Sofía, espero que encuentres a alguien adecuado para ti.

—Yo también espero que tú lo hayas encontrado.

Su sonrisa desapareció.

Salí sin mirar atrás.


Dos semanas después, Adrián descubrió quién había sido su esposa.

No porque yo se lo contara.

Sino porque Gabriel Cross finalmente consiguió aquella reunión.

Su grupo había adquirido una importante plataforma editorial y quería adaptar mis libros a una serie documental.

La editorial organizó una conferencia.

Por primera vez en diez años, “Nora del Sur” aparecería públicamente.

La noticia explotó en internet.

Adrián estaba en su oficina cuando Rachel, una compañera, puso la transmisión en la pantalla principal.

—¡Van a revelar quién es Nora del Sur!

Adrián apenas levantó la cabeza.

Había criticado mis libros muchas veces sin saber que eran míos.

“Consejos sentimentales para gente ingenua”, los llamaba.

Entonces Gabriel Cross apareció ante las cámaras.

—Es un honor presentar a la autora que ha vendido más de diez millones de ejemplares.

Las puertas del escenario se abrieron.

Yo salí.

Adrián dejó caer su taza.

En la pantalla apareció:

SOFÍA VEGA
Autora bajo el seudónimo “Nora del Sur”.

Alguien en su oficina murmuró:

—¿No es esa tu esposa?

Adrián no respondió.

—Exesposa —corrigió otro.

La periodista preguntó:

—Señora Vega, ¿es cierto que su nuevo libro está inspirado parcialmente en una experiencia personal?

Tomé el micrófono.

—Sí.

—¿Su matrimonio?

Sonreí.

—Mi divorcio.

La sala estalló en murmullos.

En ese mismo instante, mi teléfono comenzó a llenarse de llamadas.

Una era de Adrián.

La rechacé.

Volvió a llamar.

Otra vez.

Y otra.

Hasta que finalmente llegó un mensaje.

“¿Tú eres Nora del Sur?”

No respondí.

Después:

“¿Diecisiete millones en regalías?”

Y finalmente:

“Sofía, tenemos que hablar.”

Miré la pantalla.

Escribí:

“Habla con Valeria. Para eso te quedaste con ella.”

Lo bloqueé.

Gabriel, sentado a mi lado, vio mi expresión.

—¿Problemas?

—Uno antiguo.

—Entonces tengo uno nuevo para ti.

Deslizó un contrato hacia mí.

La cifra hizo que incluso yo levantara las cejas.

—¿Treinta millones?

—Por los derechos de adaptación de tres libros.

Gabriel sonrió.

—Si acepta.

Tomé el bolígrafo.

Pero antes de firmar, mi editora apareció apresuradamente.

—Sofía, tenemos un problema.

Me mostró su teléfono.

Valeria acababa de publicar una fotografía de mi antiguo acuerdo de divorcio.

Junto a ella había escrito:

“La famosa experta matrimonial abandonó a su esposo después de descubrir que no podía darle una familia.”

La publicación ya acumulaba miles de comentarios.

Gabriel dejó de sonreír.

Yo observé la pantalla unos segundos.

Después abrí mi bolso.

—Perfecto.

Mi editora me miró confundida.

—¿Perfecto?

Saqué una carpeta.

Dentro estaban los recibos del hotel.

El collar.

Los movimientos bancarios.

Y el informe que demostraba cuándo había comenzado realmente la relación entre Adrián y Valeria.

Elena me había preguntado semanas atrás por qué seguía guardándolo todo.

Ahora tenía la respuesta.

Miré a Gabriel.

—¿La conferencia sigue transmitiéndose en directo?

—Sí.

Me puse de pie.

—Entonces no necesitamos convocar otra.

Porque Valeria acababa de cometer exactamente el error sobre el que yo había escrito durante diez años:

Nunca provoques públicamente a una mujer que tiene las pruebas originales.

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