PARTE 2: ÉL NUNCA QUISO DEJARME IR

—Durante esos tres años, tampoco viví a costa de ustedes sin hacer nada.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio.

Continué con calma:

—Di a luz a dos hijos para la familia Zhou. Cuidé de ellos sola. Nunca pedí una boda, un título ni siquiera una explicación.

La anciana Zhou respiraba pesadamente.

—¡Pero recibiste dinero!

—Sí.

Miré el mar oscuro frente al balcón.

—Y ahora también recibí los 10.000 millones.

—Así que nuestro negocio terminó.

—¡Jiang Wan!

Su grito casi atravesó el teléfono.

—¡No puedes hablar de mis nietos como si fueran parte de un negocio!

Sonreí amargamente.

—Qué extraño.

—Cuando ustedes hablaban de mí, nunca les preocupó tratarme como parte de uno.

Colgué.

Después apagué el teléfono.

Aquella noche dormí profundamente por primera vez en mucho tiempo.

Pensé que todo había terminado.

Me equivocaba.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba con los niños, alguien llamó a la puerta de la suite.

Abrí.

Zhou Nianbai estaba allí.

Llevaba todavía el mismo traje oscuro que usaba normalmente para trabajar.

Pero tenía el cabello ligeramente desordenado.

Y unas sombras profundas bajo los ojos.

Lo miré sorprendida.

—¿Cómo encontraste este lugar?

—Sanya no es tan grande.

Su mirada pasó por encima de mi hombro.

Mi hijo estaba sentado a la mesa.

Al verlo, abrió mucho los ojos.

—¡Papá!

Corrió hacia él.

Zhou Nianbai se agachó inmediatamente y lo abrazó.

Aquel movimiento me hizo fruncir ligeramente el ceño.

Nunca lo había visto abrazarlo de esa manera.

Como si realmente lo hubiera echado de menos.

Mi hijo preguntó:

—Papá, ¿has venido a llevarnos a casa?

Zhou Nianbai quedó inmóvil.

Después levantó la mirada hacia mí.

—Sí.

Respondí antes que él.

—No.

El niño nos miró confundido.

Me acerqué y le acaricié el cabello.

—Ve a jugar con tu hermana.

Cuando desapareció dentro de la habitación, cerré parcialmente la puerta.

—¿Qué quieres?

Zhou Nianbai me observó.

—Volverás conmigo.

Me reí.

—¿Has volado hasta aquí para darme una orden?

—No es una orden.

—Suena exactamente como una.

Su mandíbula se tensó.

—Jiang Wan, los niños necesitan un hogar estable.

—Lo tienen.

—Me necesitan a mí.

—Puedes visitarlos según el acuerdo.

—No estoy hablando de visitas.

Su voz se volvió más grave.

—Estoy diciendo que regreses.

Lo miré durante varios segundos.

—Tú fuiste quien me dijo que me fuera.

Por primera vez, una grieta apareció en su expresión.

—Ese acuerdo no significaba eso.

—Decía claramente que debía abandonar la mansión.

—Porque quería que dejaras aquella casa.

—¿Hay alguna diferencia?

Zhou Nianbai guardó silencio.

Después entró en la suite y cerró la puerta.

—Compré otra propiedad.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Una villa junto al lago. Está a tu nombre.

Lo miré sin comprender.

Él continuó:

—También transferí participaciones de tres empresas a un fideicomiso para los niños.

—Los 10.000 millones eran solo una parte.

Sentí una extraña incomodidad.

—¿De qué estás hablando?

Zhou Nianbai sacó el teléfono.

Abrió un documento.

—El acuerdo que firmaste.

—No era un acuerdo para terminar nuestra relación.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—Claro que lo era.

—No.

Acercó la pantalla hacia mí.

—Era un acuerdo de separación patrimonial.

Bajé la mirada.

Y por primera vez leí realmente las cláusulas que había firmado sin revisar.

Mis dedos se enfriaron.

La transferencia.

Las propiedades.

Las acciones.

Los fondos fiduciarios.

Todo estaba escrito allí.

Pero no aparecía una sola frase sobre terminar nuestra relación.

Levanté la cabeza.

—Entonces ¿por qué tu abogado me dijo que debía marcharme?

La expresión de Zhou Nianbai se volvió oscura.

—Yo le pedí que te dijera que abandonaras la mansión.

—Porque mi madre iba a mudarse allí.

—No quería que siguiera tratándote como lo hacía.

Me quedé inmóvil.

—¿Y los 10.000 millones?

Su mirada cayó sobre mí.

—Quería darte suficiente dinero para que nunca volvieras a pensar que dependías de la familia Zhou.

Una sensación extraña atravesó mi pecho.

Pero rápidamente la reprimí.

—Eso no cambia nada.

Zhou Nianbai frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que durante tres años nunca me dijiste nada.

Di un paso hacia él.

—Nunca dijiste que me querías allí.

—Nunca me presentaste como tu pareja.

—Nunca estuviste conmigo cuando nació nuestra hija.

Su rostro se puso rígido.

—Ese día estaba en Londres.

—Lo sé.

—Mi vuelo fue cancelado.

—También lo sé.

Él se quedó callado.

Lo miré.

—¿Sabes qué es lo que nunca supe?

—Que quisieras regresar.

Las palabras parecieron golpearlo.

—Jiang Wan…

—No puedes pasar tres años tratándome como una extraña y esperar que un montón de propiedades expliquen lo que nunca fuiste capaz de decir.

Zhou Nianbai bajó lentamente la mirada.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía no saber qué responder.

Entonces mi hijo apareció de nuevo.

—Papá.

Zhou Nianbai se giró.

—¿Sí?

El niño sostuvo un dibujo.

Éramos cuatro figuras.

Él.

Su hermana.

Yo.

Y un hombre apartado en una esquina.

—Este eres tú.

Zhou Nianbai tomó el dibujo.

—¿Por qué estoy tan lejos?

Mi hijo respondió con absoluta inocencia:

—Porque siempre estás trabajando.

La mano de Zhou Nianbai se quedó inmóvil.

Yo aparté la mirada.

Unos segundos después, él preguntó:

—¿Puedo quedarme hoy con ellos?

—Sí.

—¿Y contigo?

Lo miré.

—No confundas las cosas.

Su expresión se ensombreció.

Pero esta vez no insistió.

Durante todo el día jugó con los niños.

Comió con ellos.

Incluso consiguió dormir a nuestra hija en sus brazos.

Antes de marcharse, se detuvo junto a la puerta.

—Jiang Wan.

—¿Qué?

—No te di 10.000 millones para comprarte.

Su voz era muy baja.

—Te los di porque quería que, si algún día decidías quedarte conmigo, fuera porque tú querías.

Mi corazón se contrajo.

Pero no respondí.

Él se marchó.

Aquella noche, después de acostar a los niños, abrí nuevamente el acuerdo.

Esta vez lo leí línea por línea.

Al llegar a la última página, descubrí una cláusula adicional que el abogado nunca me había explicado.

Si yo decidía abandonar definitivamente a Zhou Nianbai…

él renunciaba voluntariamente a cualquier reclamación sobre los 10.000 millones.

Sin condiciones.

Sin devolución.

Sin obligación de regresar.

Y debajo de aquella cláusula había una anotación escrita a mano.

Reconocí inmediatamente su letra.

Solo decía:

“Que tenga siempre una salida, incluso si esa salida no soy yo.”

Me quedé mirando aquellas palabras durante mucho tiempo.

Y por primera vez desde que abandoné la mansión…

empecé a sospechar que quizá había entendido mal la razón por la que Zhou Nianbai me había dejado marchar.

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