PARTE 2: LA ÚLTIMA VEZ

Aquella tarde no volví a casa.

Fui primero a una clínica.

La doctora documentó la lesión, tomó fotografías y me preguntó si quería dejar constancia de lo ocurrido.

Dije que sí.

Después llamé al director de recursos humanos.

—Renuncio con efecto inmediato.

—Emily, ¿estás segura?

—Completamente.

Mi segunda llamada fue al hotel donde iba a celebrarse nuestra boda.

Cancelé todo lo que estaba a mi nombre.

La tercera fue a mi padre.

—Papá, aceptaré la plaza en Londres.

Hubo silencio.

Llevaba meses rechazándola porque significaba dejar a Ethan.

—¿Qué pasó?

Miré mi reflejo en el cristal.

La mejilla todavía estaba hinchada.

—Finalmente entendí que quedarme era peor.


Ethan apareció en mi apartamento aquella noche.

Golpeó la puerta durante diez minutos.

—Emily, abre.

No lo hice.

—Vanessa exageró todo. Yo también estaba enfadado.

Silencio.

—¡Fue una bofetada!

Aquella frase terminó cualquier duda.

No dijo:

“No debí hacerlo.”

Dijo:

“Fue una bofetada.”

Como si el problema fuera que yo le había dado demasiada importancia.

Metió una llave.

No funcionó.

Había cambiado la cerradura.

—Emily.

Su voz cambió.

—¿Qué hiciste?

Respondí desde dentro:

—Exactamente lo que me dijiste que hiciera durante meses.

—¿Qué?

—Madurar.


Dos días después, Vanessa ocupó mi antiguo escritorio.

Subió una fotografía sonriendo junto a Ethan.

“Las personas correctas siempre terminan quedándose.”

No respondí.

Ya estaba empacando.

Pero la noticia de mi traslado llegó a Caldwell Industries antes de lo que esperaba.

El proyecto europeo que yo había desarrollado durante dos años iba conmigo.

Los clientes no habían firmado con Ethan.

Habían firmado conmigo como directora responsable.

Cuando el consejo descubrió mi renuncia, convocó una reunión urgente.

Ethan me llamó cuarenta veces.

Contesté una.

—¿Te llevaste el proyecto de Londres?

—No me llevé nada.

—¡Es nuestro contrato más importante!

—Entonces deberías haber pensado en eso antes de humillar a la persona que lo dirigía.

—Emily, vuelve. Podemos separar lo profesional de lo personal.

Solté una pequeña risa.

—Eso intenté hacer.

—Hasta que me golpeaste delante de mi propio equipo.

Silencio.

Después dijo:

—Despediré a Vanessa.

—No me interesa.

Aquello lo asustó.

—¿Cómo que no te interesa?

—Porque ya no estoy compitiendo con ella.

Colgué.


Una semana después estaba en el aeropuerto.

Mi vuelo salía en cuarenta minutos.

Entonces alguien gritó mi nombre.

Ethan atravesó el vestíbulo corriendo.

Tenía el cabello desordenado y la corbata torcida.

Nunca lo había visto así.

Se plantó delante de mí.

—No puedes irte.

—Sí puedo.

—Dieciocho años, Emily.

Sus ojos estaban rojos.

—¿De verdad vas a tirar dieciocho años solo porque te di una bofetada?

Lo miré.

—Sí.

Su rostro se quebró.

—Precisamente porque me golpeaste.

Intentó tomar mi mano.

Retrocedí.

—No fue solo el golpe.

—Fue que te reíste conmigo durante años y después permitiste que otros se rieran de mí.

—Fue que dejaste de defenderme.

—Fue que empezaste a disfrutar humillándome para impresionar a otra mujer.

Ethan negó desesperadamente.

—No estoy enamorado de Vanessa.

—Eso ya no importa.

—¡Entonces dime qué tengo que hacer!

Miré la puerta de embarque.

—Nada.

—Emily…

—Lo que necesitaba que hicieras era no levantarme la mano.

No existe forma de arreglar eso después.

La llamada de embarque sonó.

Tomé mi maleta.

Ethan se quedó inmóvil.

—¿Volverás?

Lo pensé durante un segundo.

—Quizá algún día.

Sus ojos se iluminaron.

Terminé la frase.

—Pero no por ti.

Caminé hacia seguridad.

No miré atrás.

Tres meses después, Caldwell Industries perdió el contrato europeo.

Vanessa fue despedida después de que una investigación interna revelara varias irregularidades en sus informes.

Ethan dejó de escribirme.

Hasta que una mañana recibí un sobre desde Estados Unidos.

Dentro estaba mi viejo termo de Hello Kitty.

El mismo del que todos se habían burlado.

Y una nota escrita por Ethan:

“Debí defender las cosas que te hacían ser tú.”

Miré el termo durante varios segundos.

Después lo coloqué sobre mi nuevo escritorio en Londres.

No porque lo hubiera perdonado.

Sino porque nunca había sido vergonzoso.

La única cosa vergonzosa había sido pasar tantos años reduciéndome para que un hombre pudiera sentirse más grande.

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