PARTE 2: LA CASA EQUIVOCADA

Elena pasó toda la noche con el anillo sobre la mesa.

No durmió.

A las siete de la mañana llamó al abogado.

—La villa que Gabriel me transfirió… ¿puedo devolverla?

Hubo un breve silencio.

—Legalmente sí. Pero el señor Valmont dio instrucciones específicas para que la propiedad quedara definitivamente a su nombre.

—¿Qué instrucciones?

—Dijo que, si usted intentaba rechazarla, debía recordarle una frase.

Elena apretó el teléfono.

—¿Cuál?

—“Ella siempre necesita un lugar al que volver.”

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Durante dieciocho meses, Gabriel había llamado “casa” a un apartamento de cuarenta metros cuadrados solo porque ella estaba allí.

Y cuando por fin pudo darle cualquier cosa, Elena había pedido paredes.

Él, aparentemente, había querido darle una vida.


Aquella noche se celebró la gala Sinclair.

Elena no pensaba ir.

Hasta que vio una fotografía en redes sociales.

Gabriel aparecía junto a Celeste Sinclair, su antigua prometida.

Ella vestía de rojo.

Él, completamente de negro.

El titular decía:

“¿Regresa la pareja que nunca debió separarse?”

Elena dejó el teléfono.

Cinco minutos después volvió a tomarlo.

No quería recuperar a Gabriel por celos.

Solo quería decir una verdad que llevaba demasiado tiempo escondida.

Se puso un vestido sencillo.

Guardó el anillo en el bolso.

Y fue a la gala.


Gabriel la vio en cuanto entró.

Su expresión cambió.

Celeste también la reconoció.

—Así que tú eres Elena.

No había desprecio en su voz.

Eso la sorprendió.

—Sí.

Celeste miró a Gabriel.

—Entonces resuelvan esto antes de que mi madre anuncie un compromiso que solo existe en su imaginación.

Y se marchó.

Elena quedó inmóvil.

—¿No van a casarse?

Gabriel soltó una risa fría.

—¿Eso te preocupa?

—Encontré el anillo.

Su rostro se endureció.

—No debiste verlo.

—También encontré la nota.

Silencio.

—Gabriel… cuando me dijiste que podía pedir cualquier cosa, pensé que estabas despidiéndote.

—Te ofrecí cualquier cosa.

—Excepto quedarte.

Él la miró fijamente.

—Tenía un anillo en la mano, Elena.

Ella bajó los ojos.

—No lo vi.

—Porque estabas demasiado ocupada calculando cuántos metros cuadrados querías.

Las palabras dolieron.

Pero Elena no retrocedió.

—Pedí una casa porque tenía miedo.

Gabriel frunció el ceño.

—¿De qué?

—De pedirte a ti.

Eso lo silenció.

—Te amaba cuando eras multimillonario.

—Te amé cuando no podías pagar la electricidad.

—Y te seguí amando cuando recuperaste todo y pensé que ya no necesitabas a la mujer que compartía fideos contigo.

La dureza desapareció lentamente de su rostro.

Elena sacó la caja negra.

—No quería una recompensa.

La colocó en su mano.

—Quería algo que no pudieras quitarme cuando decidieras que nuestro contrato había terminado.

Gabriel miró el anillo.

Después a ella.

—Idiota.

Elena parpadeó.

—¿Perdón?

—Dieciocho meses durmiendo a mi lado y nunca entendiste nada.

Se acercó, pero mantuvo distancia.

—No podía dormir sin tocar tu mano.

—Volví a construir mi empresa desde tu mesa de cocina.

—Y la primera propiedad que compré cuando recuperé dinero fue esa villa.

Elena contuvo la respiración.

—¿Por qué?

—Porque quería preguntarte si podíamos convertirla en nuestra casa.

Silencio.

Entonces ella comprendió.

La villa no había sido una recompensa improvisada.

Gabriel ya la había comprado antes de hacerle aquella pregunta.


—¿Y ahora? —preguntó Elena.

Gabriel cerró la caja.

—Ahora estoy demasiado enfadado para pedirte matrimonio.

Ella casi sonrió.

—Justo.

—Y tú eres demasiado cobarde para admitir que quieres que lo haga.

—Probablemente.

Por primera vez desde que se marchó del apartamento, Gabriel sonrió.

Pero entonces un hombre se acercó apresuradamente.

—Señor Valmont.

Le entregó una carpeta.

Gabriel leyó la primera página.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué ocurre?

Él levantó la mirada hacia Elena.

—La casa que me pediste.

—¿Qué pasa con ella?

—Alguien intentó bloquear la transferencia esta mañana.

—¿Quién?

Gabriel giró el documento.

Elena leyó el nombre.

Y sintió que el suelo se movía.

Era su padre.

El hombre que durante años le había repetido que Gabriel solo la había utilizado.

Gabriel cerró lentamente la carpeta.

—Parece que alguien estaba mucho más interesado que nosotros en asegurarse de que nunca tuvieras una propiedad a tu nombre.

Elena miró nuevamente el documento.

De pronto, aquel antiguo contrato entre ella y Gabriel dejó de parecer una coincidencia.

Quizá alguien había decidido desde el principio cuánto podía recibir.

Cuánto podía conservar.

Y, sobre todo, qué tan cerca podía llegar a estar del hombre al que nunca debió enamorarse.

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