Renata tardó exactamente doce segundos en preguntar:
—¿Y la casa?
Ahí supe que había mordido el anzuelo.
—¿Qué pasa con ella?
—Si sus cuentas están bloqueadas, tendrá que pagar abogados, impuestos… quizá multas.
Se inclinó hacia mí.
—Podríamos venderla.
—¿Podríamos?
—Mateo y yo podemos encargarnos de todo.
Sonrió.
—Para eso está la familia.
Asentí lentamente.
—Lo pensaré.
Renata salió de mi casa una hora después.
Esperé hasta escuchar cerrarse el portón.
Entonces Lupita apareció desde la cocina.
—Doña Teresa, esa muchacha no perdió tiempo.
—No.
Tomé mi teléfono.
Mis cuentas no estaban bloqueadas.
No existía ninguna investigación fiscal.
Y definitivamente no tenía tres mil ochocientos pesos.
Tres días antes de la boda había transferido mis inversiones, participaciones empresariales y fondos a un fideicomiso privado.
Renata creía que se había casado con el hijo de una anciana rica.
Yo necesitaba descubrir si también habría querido casarse con el hijo de una anciana pobre.
La respuesta llegó antes de lo esperado.
Aquella noche Mateo me llamó.
—Mamá, ¿tienes problemas con el SAT?
Sonreí.
—¿Quién te dijo?
Silencio.
—Renata está preocupada.
—Qué rápido comparte mis asuntos privados.
—Solo quiere ayudar.
—Entonces dile que no necesito ayuda.
Mateo suspiró.
—Mamá, quizá vender la casa no sea mala idea.
Cerré los ojos.
Aquello sí dolió.
—¿Tú también quieres venderla?
—Es demasiado grande para ti.
—Viviste aquí treinta años.
—Precisamente. Ya hice mi vida.
Comprendí entonces que Renata no estaba actuando completamente sola.
—Buenas noches, hijo.
Colgué.
A la mañana siguiente tenía la supuesta cita en la residencia.
No fui.
A las once y veinte recibí tres llamadas de Renata.
A las doce apareció en mi casa.
Traía a un hombre de traje.
—Él es el licenciado Salgado.
El hombre abrió un portafolio.
—Solo necesitamos unas firmas preliminares.
Tomé los documentos.
No eran de ninguna residencia.
Era un poder para administrar mis bienes.
Entre las facultades escondidas había autorización para vender propiedades y manejar cuentas.
Levanté los ojos.
—Renata, ¿qué es esto?
Ella ni siquiera se puso nerviosa.
—Un trámite para que Mateo pueda ayudarte si tus problemas fiscales empeoran.
—¿Y por qué permite vender mi casa?
Su sonrisa desapareció.
—Son cláusulas estándar.
—Entiendo.
Tomé el bolígrafo.
Renata relajó los hombros.
Entonces escribí sobre la primera página:
RECHAZADO.
Y llamé a mi abogado.
El licenciado Salgado recogió inmediatamente sus papeles.
Renata se levantó.
—¿Qué estás haciendo?
—Protegiendo los tres mil ochocientos cuarenta y dos pesos que me quedan.
Su rostro se endureció.
—¿Crees que esto es un juego?
Por fin había desaparecido la nuera dulce.
—Mateo sacrificó años por ti.
—Yo pagué sus estudios.
—¡Y ahora está casado! Tiene derecho a empezar su propia vida.
—Entonces que la pague él.
Renata perdió el control.
—¡Nos prometieron que esta casa sería nuestra!
Silencio.
—¿Quién te la prometió?
Se quedó inmóvil.
Demasiado tarde.
Mateo llegó veinte minutos después.
Cuando entró, encontró a Renata llorando.
—Mamá, ¿qué hiciste?
—Pregúntale qué me pidió firmar.
Él miró los documentos.
Su expresión cambió.
—Renata…
—¡Tú dijiste que tarde o temprano la casa sería tuya!
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Miré a mi hijo.
—¿Eso dijiste?
Mateo no pudo sostenerme la mirada.
Entonces saqué una carpeta de mi escritorio.
—Perfecto.
La puse sobre la mesa.
—Ya que hablamos de patrimonio, hablemos de verdad.
Renata se secó las lágrimas.
—¿Qué es eso?
Abrí la primera página.
El fideicomiso.
Después, las participaciones de mis empresas.
Luego, las propiedades comerciales que nunca había mencionado.
La expresión de Renata cambió con cada hoja.
—¿Tus cuentas…?
—Nunca estuvieron bloqueadas.
Mateo levantó la cabeza.
—¿Mentiste?
—Sí.
Miré a Renata.
—Quería saber cuánto tardaría tu esposa en mostrarme quién era si pensaba que ya no tenía dinero.
—Siete días.
Renata palideció.
—Puedo explicarlo.
—No hace falta.
Cerré la carpeta.
—Porque también cambié mi testamento.
Ahora fue Mateo quien se quedó blanco.
—Mamá…
—Mi patrimonio ya no pasará automáticamente a ti.
Renata dio un paso hacia la mesa.
—¿Entonces a quién?
Sonreí.
—Eso dejó de ser asunto suyo el momento en que intentó enviarme a una residencia para quedarse con mi casa.
Tomé la pulsera de oro que le había regalado durante la boda.
La miré en su muñeca.
—Puedes conservarla.
Renata bajó los ojos.
—Considérala el precio que pagué por descubrirte.
Entonces sonó mi teléfono.
Era mi abogado.
Contesté.
Escuché durante unos segundos.
Y mi sonrisa desapareció.
—Entiendo.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué ocurrió?
Dejé lentamente el teléfono sobre la mesa.
—Parece que Renata cometió un error todavía mayor.
La miré.
—Ayer alguien intentó registrar una promesa de compraventa sobre esta casa.
Renata perdió el color.
—Utilizando una copia de mi firma.
Mateo giró hacia su esposa.

—Renata… ¿qué hiciste?
Ella retrocedió.
Y por primera vez desde la boda, ya no parecía una mujer que acababa de casarse con una familia rica.
Parecía exactamente lo que era.
Alguien que acababa de descubrir que había intentado robarle a la persona equivocada.