PARTE 2: DEJÉ DE SALVARLA

A las 8:07 de la mañana, Megan llegó al bufete.

A las 8:09 descubrió que su tarjeta ya no abría mi departamento.

A las 8:12 estaba frente a mi oficina.

—Olivia, abre.

Yo estaba reunida con Recursos Humanos y dos socios.

—Adelante.

Entró furiosa.

Hasta que vio quiénes estaban conmigo.

Se quedó inmóvil.

Sobre la mesa había una carpeta.

—Siéntate, Megan.

—¿Qué significa esto?

Empujé la carpeta hacia ella.

—Tus horas facturadas de los últimos ocho meses.

Su rostro cambió.

—¿Estás investigándome por Ryan?

—No.

Abrí otra carpeta.

—Te estoy investigando por esto.

Correos modificados.

Documentos copiados.

Gastos falsos.

Y mi firma digital utilizada en archivos que jamás había aprobado.

Megan tragó saliva.

—Puedo explicarlo.

—Llevas seis años diciéndome eso.

La miré.

—Y durante seis años he corregido tus errores antes de que alguien los viera.

Uno de los socios frunció el ceño.

—¿Usted conocía estas irregularidades?

—Conocía algunas.

Respondí sin esconderme.

—Pensaba que eran errores. Los corregía porque confiaba en ella.

Megan me miró desesperada.

—Olivia, somos familia.

—Anoche éramos amigas.

—No destruyas mi carrera por un hombre.

Negué lentamente.

—Ryan no destruyó tu carrera.

Señalé los documentos.

—Tú lo hiciste.


A las diez, Megan quedó suspendida mientras se realizaba una auditoría interna.

A las diez y veinte apareció Ryan.

Entró directamente en mi oficina.

—Retira la denuncia.

—No existe ninguna denuncia todavía.

—Entonces detén la auditoría.

Lo miré sorprendida.

—¿Cómo sabes de ella?

Silencio.

Ese pequeño silencio me dio la respuesta.

—Megan te llamó.

Ryan cerró la puerta.

—Está destrozada.

Me reí.

—Qué rápido llegaste.

La noche anterior había olvidado recogerme para celebrar el mayor triunfo de mi carrera.

Pero Megan tenía un problema y él aparecía inmediatamente.

—Olivia, estás actuando por despecho.

—Entonces explícame algo.

Giré la computadora hacia él.

—¿Por qué varias facturas falsas de Megan corresponden a hoteles pagados con la tarjeta de tu empresa?

Ryan palideció.

Ya no parecía un novio preocupado.

Parecía un hombre que acababa de descubrir que había entrado voluntariamente en una trampa.

—Eso es privado.

—No cuando esos gastos fueron presentados como reuniones relacionadas con mis clientes.

Su mandíbula se tensó.

—Megan dijo que podía justificarlo.

Ahí estaba.

No pregunté si sabía.

Él acababa de admitirlo.

—Así que también estabas involucrado.

—No fue así.

—¿Entonces cómo fue?

Ryan comenzó a caminar por la oficina.

—Ella necesitaba dinero. Yo solo intenté ayudarla.

—Utilizando expedientes de mi bufete.

—Pensábamos corregirlo después.

Pensábamos.

Miré al hombre con quien había pasado cinco años.

De repente entendí que la traición sentimental era casi lo menos importante.

—Vete.

—Olivia…

—Ahora.


La auditoría tardó tres días.

Cuando terminó, incluso yo quedé sorprendida.

Megan no solo había utilizado mi firma.

Había enviado información interna a una empresa externa.

La misma empresa donde Ryan era socio minoritario.

Y el caso de doce millones que yo acababa de ganar aparecía mencionado repetidamente.

El socio director dejó el informe frente a mí.

—Creemos que intentaban conseguir información suficiente para captar al cliente cuando terminara el litigio.

Sentí un frío distinto.

No querían solamente engañarme.

Querían utilizarme.

Megan conocía mis estrategias.

Mis contactos.

Mis clientes.

Ryan conocía mis horarios.

Mis contraseñas antiguas.

Mis rutinas.

Mientras yo trabajaba hasta las tres de la mañana corrigiendo los documentos de mi mejor amiga, ellos estaban preparando una vida construida con pedazos de la mía.

Pero habían cometido un error.

Pensaron que seguiría protegiéndolos.


Aquella tarde Megan me esperaba afuera.

Tenía los ojos hinchados.

—Me despidieron.

—Lo sé.

—También van a reportar las irregularidades.

No respondí.

—Puedes detenerlo.

—No.

Su expresión se endureció.

—Después de todo lo que hice por ti.

Por primera vez me reí.

—¿Qué hiciste por mí?

—Estuve contigo durante años.

—Mientras dormías con mi novio.

Megan bajó la voz.

—Ryan nunca te amó como creías.

Aquella frase pretendía herirme.

No lo consiguió.

—Quizá.

Me acerqué.

—Pero aquí está la diferencia entre nosotras.

—Tú necesitabas quitarme cosas para sentir que habías ganado.

—Yo solo necesitaba dejar de regalártelas.

Pasé junto a ella.

Entonces Megan dijo:

—Ryan me eligió.

Me detuve.

Giré ligeramente la cabeza.

—Quédate con él.

Sonreí.

—Pero esta vez tendrás que construir tu propia carrera.


Esa noche recibí un último mensaje de Ryan.

“Megan dice que tienes documentos que podrían destruirnos. ¿Qué quieres?”

Lo leí dos veces.

Después respondí:

“Nada.”

Tres puntos aparecieron inmediatamente.

“Entonces, ¿qué vas a hacer?”

Miré la carpeta que mi abogado acababa de preparar.

La auditoría completa.

Los registros de acceso.

Las facturas.

Los correos.

Todo.

Escribí:

“Lo que debí hacer desde el principio.”

“Dejar que cada uno responda por lo que hizo.”

Bloqueé su número.

La noche anterior pensé que Megan me había robado a mi novio.

Ahora entendía la verdad.

No me había quitado nada valioso.

Solo había conseguido que finalmente dejara de proteger a dos personas que llevaban meses intentando robarme mucho más que una relación.

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