Adrián no respondió.
Su teléfono volvió a vibrar.
Sofía Tang.
Esta vez lo tomó con manos temblorosas.
—Elena, déjame explicarlo.
—Explícame el embarazo.
—No sé si el bebé es mío.
Aquella frase consiguió algo que sus disculpas no habían logrado.
Me hizo reír.
—¿Y necesitaste cinco días para averiguarlo?
Adrián cerró los ojos.
—Sofía me dijo que estaba embarazada la misma noche del compromiso.
Todo encajó.
Su padre.
La supuesta emergencia.
El viaje fuera de la ciudad.
Cinco días desaparecido.
—Entonces nunca te fuiste solo por su padre.
—Entró en pánico. Amenazó con hacer una locura si la dejaba sola.
—Y mientras tanto mi madre estaba muriendo.
—No lo sabía.
—Diecisiete mensajes, Adrián.
Guardó silencio.
Me acerqué.
—Dame tu teléfono.
—¿Para qué?
—Quiero comprobar algo.
Dudó, pero finalmente me lo entregó.
Abrí nuestra conversación.
Mis mensajes estaban allí.
Todos.
“Adrián, mamá se desmayó.”
“Estamos camino al hospital.”
“Los médicos dicen que vengas.”
“Por favor, contesta.”
Y finalmente:
“Mamá murió.”
Debajo aparecían las marcas.
Leídos.
Levanté lentamente la mirada.
—Dijiste que no tenías señal.
Adrián me arrebató el teléfono.
—Yo nunca abrí esos mensajes.
Entonces ambos comprendimos lo mismo.
—Sofía tenía tu teléfono.
Su expresión cambió.
—A veces. Mientras hablaba con los abogados de su padre.
—Ella leyó mis mensajes.
—No lo sabemos.
—Y tú regresaste sin saber que mi madre había muerto.
Lo miré fijamente.
—Eso significa que alguien borró también el último mensaje.
Adrián comenzó a revisar el teléfono.
Su respiración se volvió irregular.
Finalmente encontró la carpeta de eliminados.
Allí estaba.
Mi mensaje.
El que había enviado minutos después de la muerte de mamá.
“Ya no hace falta que vengas. Mamá murió esperándote.”
Adrián se quedó completamente inmóvil.
El timbre sonó veinte minutos después.
Era Sofía.
Entró llorando.
—Adrián, necesito hablar contigo.
Entonces me vio.
Después vio las cajas.
—Elena…
—¿Leíste mis mensajes?
Su rostro cambió apenas.
Suficiente.
Adrián se levantó.
—Contéstale.
—Yo solo quería protegerte.
—¿De qué?
Sofía comenzó a llorar más fuerte.
—¡Estabas destrozado! Mi padre podía ir a prisión y yo acababa de descubrir el embarazo. Si sabías que su madre estaba grave, ibas a abandonarme.
—Era exactamente lo que debía hacer.
Sofía se quedó helada.
Adrián señaló su teléfono.
—¿Borraste el mensaje donde decía que había muerto?
Ella no respondió.
—Sofía.
—Sí.
La palabra cayó como una piedra.
Adrián retrocedió.
—Sabías que Elena estaba sola organizando un funeral.
—Tenía miedo de perderte.
—Nunca me tuviste.
Sofía se tocó el vientre.
—¿Y nuestro hijo?
Adrián la miró.
—Mañana haremos una prueba cuando sea médicamente posible y segura. Si el niño es mío, asumiré mis responsabilidades.
Hizo una pausa.
—Pero eso no te convierte en mi pareja.
Sofía palideció.
Yo cerré mi maleta.
Ya no necesitaba escuchar más.
Adrián se volvió hacia mí.
—Elena, ahora sabes que ella borró los mensajes.
—Sí.
Por primera vez apareció esperanza en sus ojos.
—Entonces podemos…
—No.
La esperanza desapareció.
—Pero yo no sabía que tu madre había muerto.
—Sabías que estaba enferma.
Silencio.
—Sabías que te necesitaba aquel día.
Otro silencio.
—Y aun antes de que Sofía tocara tu teléfono, tú ya habías soltado mi mano para correr detrás de ella.
Tomé la fotografía de mi madre que quedaba sobre la mesa.
—Sofía borró un mensaje.
Lo miré directamente.
—Pero la elección fue tuya.
Pasé junto a él.
Esta vez no intentó detenerme.
Cuando llegué a la puerta, Adrián habló.
—¿Hay alguna posibilidad de que algún día me perdones?
Me detuve.
—Quizá.
Él levantó la cabeza.
—Pero perdonar no significa volver.
Salí.
Tres días después enterramos las cenizas de mi madre junto a mi padre.
Adrián apareció.
No se acercó.
Permaneció lejos, vestido de negro, bajo la lluvia.
Cuando todos se marcharon, dejó algo frente a la tumba.
El anillo de compromiso.
Y una carta.
No la abrí.
Porque mi madre había utilizado sus últimas fuerzas para enseñarme algo que finalmente había entendido.
No esperes tanto como yo.
Subí al auto.
Pero antes de arrancar, recibí una llamada de un número desconocido.
—¿Señorita Elena?
—Sí.
—Soy el doctor que está tratando a Sofía Tang.
Fruncí el ceño.
—Creo que se equivoca de persona.
—No. Su número aparece en un documento que la señorita Tang intentó retirar de su expediente esta mañana.
Mi mano se quedó inmóvil sobre la llave.
—¿Qué documento?
Hubo una breve pausa.
—Un informe fechado dos semanas antes de su compromiso.
Miré hacia Adrián, todavía solo frente a la tumba de mi madre.

La siguiente frase del médico cambió nuevamente todo.
—Señorita Elena, cuando Sofía le dijo a Adrián que acababa de descubrir su embarazo, ya sabía desde hacía semanas exactamente quién era el padre.
Y según el expediente…
no era Adrián.