A las siete en punto, Gabriel entró en casa acompañado de su madre.
No llegó solo.
Camila venía detrás.
La miré y después miré a Gabriel.
—No recuerdo haberla invitado.
Camila apretó su bolso.
—Pensé que debía aclarar lo ocurrido.
—Perfecto. Así no tendremos que repetirlo.
Sobre la mesa había cuatro carpetas.
Gabriel las vio inmediatamente.
—¿Qué es eso?
Su madre, Teresa, ni siquiera se sentó.
—Mariana, no conviertas una tontería en un escándalo. Camila es prácticamente de la familia.
Sonreí.
—Eso ya lo había notado.
Camila palideció.
Gabriel golpeó la mesa.
—¡Basta! Explícame qué hiciste con mis acciones.
Abrí la primera carpeta.
—Hace tres años Horizonte Capital necesitaba dieciocho millones para sobrevivir.
Gabriel guardó silencio.
—Mi padre puso quince. Yo puse los otros tres vendiendo dos propiedades que heredé de mi abuela.
—Eso fue una inversión.
—Exactamente.
Deslicé un documento hacia él.
—Y tú firmaste que, si ocultabas activos matrimoniales, utilizabas fondos corporativos para mantener una relación extramatrimonial o comprometías la reputación de la compañía, tu opción de recompra quedaba anulada.
Gabriel tomó el documento.
Su rostro cambió mientras avanzaba por las páginas.
—Esto no significa que puedas quitarme la empresa.
—No te la quité.
Me incliné ligeramente hacia él.
—Nunca fue tuya.
Teresa intervino.
—¡Mi hijo fundó Horizonte!
—Y mi familia evitó que quebrara.
Abrí la segunda carpeta.
Dentro había facturas.
Hoteles.
Restaurantes.
Joyas.
Un apartamento.
Gabriel dejó de respirar al ver una dirección.
Camila también.
—El collar de anoche —dije— fue comprado con una tarjeta corporativa.
Señalé otra factura.
—También el alquiler del apartamento donde vive Camila.
Otra.
—Y los gastos relacionados con su hijo.
Teresa se puso blanca.
—Mariana…
La miré.
—Ahora llegamos a usted.
Abrí la tercera carpeta.
Había fotografías del cumpleaños del niño.
Teresa aparecía sosteniéndolo mientras Gabriel cortaba un pastel a su lado.
En una de ellas, Camila había escrito:
“Con la abuela más orgullosa.”
Teresa se dejó caer en una silla.
Gabriel me miró horrorizado.
—¿Desde cuándo sabes esto?
—Desde ayer.
—Imposible.
—Las fotos de la fiesta me hicieron investigar.
Camila soltó una risa nerviosa.
—Entonces estás haciendo todo esto por celos.
La miré.
—No.
Abrí la última carpeta.
—Lo hago porque encontré esto.
Gabriel vio el documento superior y perdió completamente el color.
Era una solicitud preparada para modificar la estructura accionarial de Horizonte Capital.
Mi firma aparecía al final.
Falsificada.
—Gabriel no hizo esto —dijo Camila demasiado rápido.
La habitación quedó en silencio.
Giré lentamente hacia ella.
—Yo nunca dije que lo hubiera hecho Gabriel.
Camila comprendió su error.
Gabriel también.
Tomó el documento.
—¿Tú falsificaste la firma de Mariana?
—Gabriel, escucha…
—¿FUISTE TÚ?
Camila retrocedió.
—Tu madre dijo que Mariana jamás revisaba los documentos.
Esta vez fue Teresa quien palideció.
Gabriel miró a su madre.
—¿Mamá?
Ella comenzó a tartamudear.
—Solo queríamos proteger tu futuro.
Me levanté.
—No.
Recogí las carpetas.
—Querían quedarse con el mío.
Gabriel intentó acercarse.
—Mariana, espera. Yo no sabía lo de la firma.
—Quizá.
—Podemos arreglarlo.
—Ya está arreglado.
Mi teléfono vibró.
Miré el mensaje.
JUNTA EXTRAORDINARIA FINALIZADA.
RESOLUCIÓN APROBADA.
Le mostré la pantalla.
—Desde las seis y cuarenta y ocho ya no eres presidente de Horizonte Capital.
Gabriel se quedó inmóvil.
—¿Quién ocupa mi puesto?
Guardé el teléfono.
—Mañana lo descubrirás.
Camila tomó su bolso y caminó rápidamente hacia la puerta.
—Camila.
Se detuvo.
—Deja las llaves.
—¿Qué llaves?
—Las del apartamento que paga Horizonte.
Su mano tembló.
Sacó un juego de llaves y lo dejó sobre la mesa.
Entonces Gabriel pareció recordar algo.
—¿Y la casa?
Lo miré.
—También deberías hacer esa pregunta a tu abogado.
—Mariana…
—Tienes hasta mañana al mediodía para recoger tus cosas.
Por primera vez aquella noche, Gabriel dejó de discutir.
Pero cuando Camila abrió la puerta, un hombre con traje oscuro estaba esperando afuera.
Llevaba un sobre oficial.
—¿Señora Camila Ríos?
Ella se quedó congelada.
—Sí.
El hombre le entregó los documentos.
—Ha sido formalmente notificada.
Camila abrió el sobre.
Su rostro perdió todo el color.
Gabriel intentó leer por encima de su hombro.

Yo no necesitaba hacerlo.
Sabía perfectamente qué contenía.
Porque la empresa no era lo único que Camila y Teresa habían intentado robarme.
Y la firma falsificada acababa de convertir una infidelidad familiar en un problema mucho más serio.