PARTE 2: NUNCA MÁS POR ELLA

A la mañana siguiente, Adrián despertó y encontró mi lado de la cama vacío.

Yo estaba en el hospital.

No en el suyo.

Había elegido una clínica privada al otro extremo de la ciudad y pedido que todos mis datos fueran confidenciales.

El médico revisó los análisis y finalmente dijo:

—El embarazo continúa normalmente.

Solo entonces pude respirar.

Guardé la pastilla dentro de una bolsa como evidencia.

Después llamé a mi abogada.

—Quiero divorciarme.

—¿Adrián lo sabe?

—Todavía no.

—¿Y el bebé?

Apreté la ecografía contra mi pecho.

—Primero quiero protegerlo.

Durante los siguientes tres días actué como si nada hubiera ocurrido.

Adrián seguía preparando mi desayuno.

Seguía besándome antes de salir.

Y cada noche aparecía otra pastilla.

Yo fingía tomarla.

Él fingía amarme.

Los dos interpretábamos nuestro papel.

Solo que yo ya conocía el final.


El cuarto día, Isabella apareció en nuestra casa.

Llevaba un vestido blanco y una sonrisa radiante.

—¡Estoy embarazada!

Daniel la abrazó inmediatamente.

La madre de los hermanos Wells comenzó a llorar de felicidad.

—¡El primer heredero!

Todos celebraron.

Adrián permaneció inmóvil.

Después miró hacia mí.

Por primera vez vi culpa en sus ojos.

Isabella también me miró.

—Sofía, escuché que tú también estabas esperando.

Adrián respondió antes que yo.

—Hubo complicaciones.

La habitación quedó en silencio.

Isabella fingió sorpresa.

—¿Perdiste al bebé?

Miré a mi esposo.

Él bajó los ojos.

Entonces comprendí algo todavía peor.

Adrián ya había contado con que nuestro hijo desaparecería.

Me levanté.

—No.

Todos me miraron.

—Mi bebé está perfectamente bien.

Adrián palideció.

—Sofía…

Saqué del bolso el informe médico.

—Tiene latido normal. Está creciendo correctamente.

Después coloqué sobre la mesa la bolsa con las pastillas.

—Porque nunca tomé esto.

El rostro de Isabella cambió.

Adrián se levantó de golpe.

—Podemos hablar en privado.

—No tenemos nada privado.

Saqué mi teléfono.

Reproduje la grabación de aquella madrugada.

La voz de Adrián llenó la sala:

“Isabella debe ser la primera en tener un hijo.”

Su madre dejó caer la taza.

Daniel se volvió lentamente hacia su hermano.

La grabación continuó.

“Solo es un bebé. Después de que Isabella dé a luz, Sofía puede volver a embarazarse.”

—¿Qué demonios hiciste? —preguntó Daniel.

Adrián no respondió.

Isabella retrocedió.

—Yo nunca le pedí que hiciera eso.

La miré.

—No.

Abrí la captura de su conversación.

—Solo dijiste que querías ser la primera.

Su rostro perdió el color.

La madre de Adrián leyó los mensajes.

Después levantó la mano y abofeteó a su hijo.

—Ese niño también es mi nieto.

Adrián apenas reaccionó.

Solo me miraba.

—Sofía, déjame explicarlo.

—Ya lo hiciste durante años.

Saqué una carpeta.

Los documentos de divorcio cayeron frente a él.

—Me salvaste después de que Daniel me abandonó y convertiste ese favor en una deuda que debía pagarte toda la vida.

Mi voz tembló, pero no retrocedí.

—Ya está pagada.

Adrián tomó mi muñeca.

—No puedes marcharte embarazada.

Me solté.

—Precisamente por estar embarazada tengo que hacerlo.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Daniel se interpuso entre nosotros.

—Déjala.

Adrián lo miró con rabia.

—Esto no te incumbe.

Daniel soltó una risa amarga.

—Todo esto ocurrió porque tú llevas años destruyéndote por mi esposa.

Isabella palideció.

Daniel se quitó lentamente el anillo.

—Y parece que mi matrimonio tampoco era lo que creía.

—Daniel…

—Cállate, Isabella.

La celebración terminó en segundos.

Yo recogí mi bolso.

Adrián me siguió hasta la puerta.

—Sofía.

No me detuve.

—Te amo.

Aquellas palabras finalmente consiguieron que me volviera.

—No.

Lo miré directamente.

—Tú amas sentirte como mi salvador.

Abrí la puerta.

—Pero mi hijo y yo ya no necesitamos que nos salves.


Seis meses después nació mi hijo.

Sano.

Fuerte.

Con mis ojos.

Adrián intentó verme muchas veces durante el embarazo.

Nunca lo permití.

El divorcio siguió adelante.

Y la familia Wells terminó dividida por secretos que habían comenzado mucho antes de que yo entrara en sus vidas.

Cuando la enfermera colocó al bebé sobre mi pecho, lloré.

No por Daniel.

No por Adrián.

Ni siquiera por los años perdidos.

Lloré porque aquel pequeño corazón seguía latiendo.

El corazón que su propio padre había considerado sacrificable.

Besé su frente.

—Nadie volverá a elegir por ti.

Mi teléfono vibró sobre la mesa.

Era un mensaje de mi abogada.

“El divorcio acaba de quedar formalizado.”

Lo leí una vez.

Después apagué la pantalla.

Por primera vez, ninguno de los hermanos Wells tenía poder sobre mi vida.

Y eso era todo lo que necesitaba.

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