Durante varios segundos, nadie se movió.
Después Adrián intentó arrancarme el micrófono.
—¡Está mintiendo!
Daniela se interpuso.
—No la toque.
Bruno retrocedió hacia una salida.
Lo señalé.
—No te vayas todavía. Tú estabas en el despacho anoche.
Su rostro se volvió blanco.
Adrián me miró.
Y entonces comprendió.
—Nos escuchaste.
—Cada palabra.
Su madre se levantó furiosa.
—¡Después de todo lo que nuestra familia hizo por ti!
Mi madre apareció a mi lado.
—Mi hija construyó su carrera sola.
El señor Ramírez abrió la carpeta que le había entregado.
—Arquitecta Vega, dadas las circunstancias, suspenderemos inmediatamente cualquier negociación con el Grupo Cortés.
Aquella frase golpeó a Adrián más fuerte que la cancelación de la boda.
—Espere. Nuestro proyecto depende de ese acuerdo.
—Precisamente.
Otros inversores comenzaron a levantarse.
Adrián me agarró del brazo.
—Elena, estás destruyendo mi empresa por una conversación.
Me solté.
—No.
Saqué mi teléfono.
—La conversación solo me hizo revisar lo que llevabas años haciendo.
Daniela colocó otra carpeta sobre la mesa.
Habíamos encontrado solicitudes enviadas por Adrián utilizando diseños de Sin Nombre como si pertenecieran al Grupo Cortés.
Incluso había negociado un crédito utilizando futuros contratos del estudio como garantía.
—Eso no puede probar nada —murmuró.
Daniela sonrió.
—Entonces le encantará explicárselo a nuestros abogados.
Bruno aprovechó el caos para marcharse.
Pero antes de llegar a la puerta, su teléfono sonó.
Miró la pantalla.
Luego a Adrián.
—No voy a cargar con esto solo.
Adrián palideció.
—Cállate.
—Tú organizaste aquella noche.
Un murmullo atravesó el salón.
Bruno levantó las manos.
—Yo solo conseguí el contacto porque él me lo pidió.
Adrián avanzó hacia él.
—¡Cállate!
Demasiado tarde.
Las cámaras seguían grabando.
Me quité el anillo y lo dejé sobre la mesa.
—Hace seis años creí que me habías salvado.
Lo miré por última vez.
—Hoy entiendo que lo único que hiciste fue fabricar una víctima para poder controlarla.
Tomé la mano de mi madre.
Mientras caminábamos hacia la salida, Adrián gritó:
—¡Elena! ¡Sin mí no serías quien eres!
Me detuve.
Giré apenas la cabeza.
—Ese fue tu mayor error.
—Pensar que porque intentaste romperme también podías reclamar lo que construí después.
Las puertas se cerraron detrás de nosotras.
Mi teléfono vibró.
Era Daniela.
El Grupo Cortés acaba de perder dos inversores más.
Después llegó otro mensaje.

Esta vez del señor Ramírez:
Queremos negociar directamente con Sin Nombre. Sin intermediarios.
Sonreí.
Adrián había llamado a nuestra boda una adquisición.
Al final, la única empresa que acababa de perder valor era la suya.