Lucas respondió sin dudar.
—Entonces activo el fideicomiso.
Amelia cerró los ojos.
—Congela cualquier operación extraordinaria de Nathan. Y revisa cada transferencia hacia la fundación de Vanessa.
—¿Divorcio también?
Miró las tres incubadoras.
—Prepáralo.
Dos horas después, Nathan regresó furioso.
—¿Qué hiciste?
—¿Con qué?
—Cross Meridian acaba de bloquear mi firma.
Amelia lo observó tranquilamente.
—Qué extraño.
—¡No juegues conmigo!
Sacó el teléfono.
—Vanessa tenía una transferencia programada esta mañana. Fue rechazada.
Entonces entendió.
—Fuiste tú.
Amelia sonrió apenas.
—Durante años dijiste que yo no entendía negocios.
Nathan palideció.
Ella deslizó una carpeta sobre la cama.
Facturas falsas.
Préstamos sin autorización.
Pagos a hoteles donde Vanessa había pasado fines de semana con él.
Y firmas copiadas.
—Entiendo bastante.
Nathan abrió la primera página.
Su rostro perdió el color.
—¿Desde cuándo tienes esto?
—Desde antes de saber que estaba embarazada.
—Amelia, podemos arreglarlo.
—No.
Señaló otra hoja.
—El fideicomiso de mi abuelo establece que tu acceso al 41% de la compañía termina si utilizas activos familiares para beneficio personal no autorizado.
Nathan dejó de respirar.
—Eso significa…
—Que desde esta mañana ya no controlas esa participación.
La puerta se abrió.
Lucas entró acompañado por dos miembros del consejo.
—Señor Cross —dijo—, también queda suspendido temporalmente como director ejecutivo mientras se investigan las operaciones.
Nathan retrocedió.
—¡Yo construí esta compañía!
Amelia finalmente lo miró directamente.
—No.
—Yo construí los números que tú presentabas como tuyos.
Silencio.
Entonces llegó Vanessa.
Entró llorando.
—Nathan, mis cuentas están bloqueadas.
Lo primero que él hizo fue girarse hacia ella.
No hacia Amelia.
No hacia sus hijos.
Hacia Vanessa.
Aquello confirmó todo.
Amelia tomó los documentos del divorcio.
Firmó.
—Ya puedes irte a salvarle la noche otra vez.
Nathan la miró.
—¿Y mis hijos?
Amelia apretó los labios.
—Cuando nacieron, tu teléfono estaba apagado.
Hizo una pausa.
—Ahora tendrás que demostrar que quieres ser padre cuando ya no haya una empresa, una gala ni una amante mirando.
Nathan se quedó inmóvil.
Amelia volvió la vista hacia las incubadoras.
Esa noche había entrado al quirófano creyendo que podía perderlo todo.
Al final perdió un matrimonio.

Pero conservó tres vidas.
Y recuperó algo que Nathan jamás entendió que seguía siendo suyo:
el control.