PARTE 2: TODO ESTABA LISTO

Durante los tres días posteriores al regreso de Shen Yi, no ocurrió absolutamente nada.

Seguía levantándose temprano.

Seguía besando a los niños antes de salir.

Seguía enviándome mensajes para preguntarme qué quería cenar.

Incluso me había traído de aquel supuesto «viaje de negocios» una bufanda de seda.

—La vi en el aeropuerto y pensé que te quedaría bien.

Sonrió mientras me la colocaba alrededor del cuello.

Lo miré fijamente.

Si no hubiera recibido aquella llamada, probablemente nunca habría sospechado de él.

Era demasiado bueno interpretando el papel de marido.

Aquella noche, cuando se quedó dormido a mi lado, abrí los ojos en la oscuridad.

Por primera vez comprendí algo aterrador.

Una persona podía acostarse junto a ti durante años y, aun así, esconder una vida entera detrás de una sonrisa.

Dos semanas después, el viejo Zheng me llamó.

—Encontré a la mujer.

Me levanté inmediatamente y entré al baño.

—Habla.

—Se llama Lin Han. Tiene treinta y un años. Antes trabajaba en una filial del grupo de Shen Yi.

Sentí que mis dedos se enfriaban.

—¿Antes?

—Renunció hace aproximadamente un año.

Hubo una pausa.

—Y hay algo más.

—Dilo.

—El apartamento donde vive está a su nombre.

Cerré los ojos.

—¿Cuánto vale?

Cuando escuché la cifra, tardé varios segundos en responder.

No era una vivienda que una antigua empleada corriente pudiera comprar fácilmente.

—¿Sabes de dónde salió el dinero?

—Todavía no.

—Sigue investigando.

Colgué.

No lloré.

Aquella noche abrí un cuaderno nuevo.

En la primera página escribí únicamente tres líneas:

1. La casa.

2. Las acciones.

3. Los hijos.

Me quedé mirando aquellas palabras durante mucho tiempo.

Después cerré el cuaderno.

No quería una pelea.

No quería entrar corriendo en la oficina de Shen Yi y arrojarle las fotografías a la cara.

Tampoco quería escuchar sus explicaciones.

Quería salir de aquel matrimonio sin dejar en sus manos nada que pudiera utilizar para controlarme.

Y para eso necesitaba tiempo.

Mucho tiempo.


El primer punto fue la casa.

La vivienda en la que vivíamos había sido comprada después de casarnos.

Sin embargo, gran parte del pago inicial procedía del dinero que mis padres me habían dado años atrás.

Antes nunca había pensado demasiado en aquello.

Éramos marido y mujer.

¿Para qué separar cada yuan?

Después de descubrir la traición de Shen Yi, dejé de pensar así.

Organicé todos los documentos que conservaba.

Transferencias antiguas.

Comprobantes.

Contratos.

Extractos bancarios.

Guardé copias de todo.

Shen Yi no notó nada.

Incluso una noche me abrazó por detrás mientras yo ordenaba papeles.

—¿Desde cuándo mi esposa se ha vuelto tan diligente?

Sonreí.

—Estoy ordenando cosas viejas.

—No trabajes demasiado.

Me besó en el cabello.

—Tenemos toda la vida por delante.

Toda la vida.

Casi me reí.


Un año después, el viejo Zheng confirmó que Lin Han había dado a luz a un niño.

Shen Yi no apareció en el hospital aquel día.

Pero dos semanas más tarde, condujo hasta el complejo residencial donde vivía ella.

Permaneció allí más de cinco horas.

Las fotografías llegaron a mi correo.

En una de ellas, sostenía al bebé.

Miraba al niño con una expresión que conocía demasiado bien.

Era la misma expresión que había tenido cuando nació nuestro hijo.

Me quedé observando aquella fotografía hasta que la pantalla del ordenador se apagó sola.

Esa noche, Shen Yi regresó a casa con un pastel.

—Pasé por tu pastelería favorita.

Nuestro hijo corrió hacia él.

Nuestra hija extendió los brazos.

—¡Papá!

Shen Yi la levantó y le besó las mejillas.

—Mi pequeña princesa.

Yo permanecí de pie junto a la cocina.

Por un instante sentí una furia tan intensa que casi no podía respirar.

Pero entonces mi hija se giró hacia mí.

—Mamá, ¡ven!

Sonreí.

—Ya voy.

Aquella noche marqué el primer punto de mi lista.

La casa.

No porque ya fuera mía.

Sino porque por fin tenía organizados todos los documentos relacionados con ella.


El segundo punto tardó mucho más.

Las acciones.

Shen Yi había fundado su empresa con otros dos socios pocos años después de que nos casáramos.

En aquel entonces no teníamos mucho dinero.

Durante los primeros meses, yo había utilizado mis propios ahorros para cubrir parte de los gastos familiares.

Cuando la empresa comenzó a despegar, nunca le pedí cuentas.

Pensaba que todo aquello formaba parte de nuestro futuro.

Después descubrí a Lin Han.

Y dejé de ser tan ingenua.

Durante los años siguientes, Shen Yi realizó varias reorganizaciones empresariales.

Cambios de participación.

Nuevas sociedades.

Inversiones.

Yo no entendía todos los documentos, así que busqué asesoramiento profesional para comprender qué pertenecía a quién y qué registros necesitaba conservar.

No intenté interferir en su empresa.

Solo quería saber exactamente qué había ocurrido durante nuestro matrimonio.

Shen Yi seguía sin sospechar nada.

Al contrario.

Parecía estar cada vez más convencido de que su secreto estaba perfectamente escondido.

En nuestro décimo aniversario me regaló un collar.

—Gracias por haber estado conmigo todos estos años.

Lo sostuvo detrás de mi cuello mientras cerraba el broche.

Nos miramos a través del espejo.

—Sin ti no habría llegado hasta aquí.

Sonreí.

—¿De verdad?

—Claro.

Me besó la sien.

—Eres la persona en la que más confío.

Aquella noche, después de que se durmiera, abrí mi cuaderno.

Marqué el segundo punto.

Las acciones.

Dos completados.

Solo quedaba uno.


Los hijos.

Ese fue el motivo por el que esperé.

Cuando descubrí todo, mi hija apenas tenía tres años.

Era extremadamente dependiente de su padre.

Nuestro hijo tampoco comprendía nada sobre los adultos.

Yo podía soportar perder dinero.

Podía soportar abandonar una casa.

Pero no estaba dispuesta a convertirlos en armas de una guerra entre sus padres.

Así que esperé.

No para vengarme.

Esperé hasta sentir que podía darles estabilidad después de la separación.

Construí mi propia fuente de ingresos.

Organicé nuestras rutinas.

Me aseguré de poder ocuparme de ellos sin depender completamente de Shen Yi.

Y, sobre todo, observé.

Shen Yi era un padre cariñoso cuando estaba en casa.

Pero cada año estaba menos.

Viajes.

Reuniones.

Cenas.

Eventos.

Y, por supuesto, Lin Han.

Nunca hablé mal de él delante de los niños.

Jamás.

Ellos no eran responsables de lo que su padre había hecho.

Hoy, mi hija cumplió ocho años.

Cuando terminó la fiesta, me abrazó antes de dormir.

—Mamá, hoy ha sido el mejor cumpleaños del mundo.

Le aparté un mechón de cabello de la frente.

—¿De verdad?

—Sí.

Después preguntó:

—¿Mamá siempre estará conmigo?

Sentí un nudo en la garganta.

—Siempre que me necesites.

Ella sonrió y cerró los ojos.

Me quedé sentada junto a la cama durante varios minutos.

Después regresé a mi dormitorio.

Abrí aquel viejo cuaderno.

Casa.

Una marca.

Acciones.

Una marca.

Y finalmente:

Hijos.

Tomé el bolígrafo.

Marqué la última casilla.

Habían pasado cuatro años y nueve meses.

Ya no tenía ningún motivo para esperar.


Ahora, en el despacho, Shen Yi seguía sosteniendo el acuerdo de divorcio.

—¿Ya lo sabes todo?

Su pregunta me hizo sonreír.

No preguntó:

«¿De qué estás hablando?»

Tampoco dijo:

«Debe haber un error».

Preguntó si ya lo sabía.

Era prácticamente una confesión.

Me senté frente a él.

—Sí.

Shen Yi dejó lentamente los papeles sobre el escritorio.

—¿Desde cuándo?

—Cuatro años y nueve meses.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué?

—Desde Suzhou.

Vi cómo sus pupilas se contraían.

No necesitaba decir más.

Él lo entendió.

—Tú…

Su voz se volvió ronca.

—¿Lo sabías desde entonces?

—Sí.

—¿Y no dijiste nada?

—No.

Shen Yi se levantó bruscamente.

—¿Has estado fingiendo durante casi cinco años?

Lo miré tranquilamente.

—¿Te parece mucho tiempo?

—¡Claro que sí!

—Entonces imagina cómo se siente descubrir que tu esposo llevaba otra vida a tus espaldas.

Se quedó paralizado.

Por primera vez aquella noche, no tuvo respuesta.

Después de unos segundos comenzó a caminar de un lado a otro.

—Déjame explicártelo.

—No hace falta.

—Lin Han y yo…

—Tiene un hijo.

Shen Yi se detuvo.

—Sé cuándo nació.

Su expresión se volvió todavía más pálida.

—Sé dónde viven.

Silencio.

—Sé aproximadamente desde cuándo comenzó vuestra relación.

Sus dedos se cerraron lentamente.

—Y sé bastante más de lo que crees.

—¿Me investigaste?

—Necesitaba saber con quién llevaba años compartiendo mi cama.

Shen Yi se dejó caer en la silla.

Durante un momento pareció haber envejecido diez años.

—¿Por qué ahora?

Miró hacia la puerta.

—¿Por qué precisamente hoy?

—Porque terminé mi lista.

Frunció el ceño.

Saqué el pequeño cuaderno de mi bolso y lo dejé delante de él.

Lo abrió.

Tres líneas.

Nada más.

La casa.

Las acciones.

Los hijos.

Las tres estaban marcadas.

Shen Yi levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué significa esto?

—Significa que durante cuatro años y nueve meses me preparé para poder irme sin tener que volver atrás.

Su mandíbula se tensó.

—¿Y los niños?

—Seguirán teniendo padre.

Hice una pausa.

—Pero yo ya no seguiré teniendo este marido.

—No aceptaré.

Fue inmediato.

Incluso sonó absurdo.

Lo miré.

—No te estoy pidiendo permiso para dejar de quererte.

Shen Yi se quedó inmóvil.

Aquellas palabras parecieron afectarlo más que cualquier acusación.

—¿Ya no me quieres?

Lo pensé.

Curiosamente, no sentí nada.

Ni rabia.

Ni dolor.

Solo cansancio.

—Shen Yi.

—La mujer que recibió aquella llamada hace cuatro años probablemente todavía te quería muchísimo.

Sus ojos comenzaron a enrojecerse.

—Pero la obligaste a vivir cuatro años y nueve meses al lado de un hombre al que ya no podía creerle una sola palabra.

Cerré el cuaderno.

—Ella ya no existe.

Shen Yi se levantó.

—Podemos terminar con todo lo de Lin Han.

Me reí suavemente.

Era increíble.

Después de tantos años, seguía sin comprenderlo.

—No me estoy divorciando para conseguir que dejes a tu amante.

Me puse de pie.

—Me estoy divorciando porque ya no te quiero en mi vida.

Tomé el bolso.

Cuando llegué a la puerta, escuché su voz.

—Espera.

Me detuve.

Shen Yi sostenía todavía el acuerdo.

—¿Y si no estoy de acuerdo con las condiciones?

Giré la cabeza.

—Entonces discutiremos lo que corresponda por las vías adecuadas.

Su rostro se endureció.

—¿Crees que después de tantos años no conozco la situación económica de esta familia?

No respondí.

De repente entrecerró los ojos.

—La casa…

Bajó la mirada hacia el cuaderno.

Después volvió a mirarme.

—Las acciones.

Su respiración se hizo más pesada.

—¿Qué has hecho exactamente durante estos cuatro años?

Sonreí.

—Nada con tus cosas.

Caminé hacia él y recuperé el cuaderno.

—Solo descubrí cuáles eran realmente las mías.

Su teléfono vibró sobre el escritorio.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Shen Yi lo ignoró.

Volvió a vibrar.

Finalmente miró la pantalla.

Y su expresión cambió.

No pude ver el mensaje.

Pero sí vi el nombre.

Lin Han.

Shen Yi apagó inmediatamente la pantalla.

Yo sonreí.

—Contesta.

—No es importante.

—Para ti quizá no.

Tomé el pomo de la puerta.

—Pero te recomiendo que lo hagas.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

Lo miré por última vez.

—Porque esta tarde ella recibió algo muy parecido a lo que acabas de recibir tú.

Shen Yi se quedó rígido.

—¿Qué le enviaste?

Abrí la puerta.

—Nada.

Hice una pausa.

—Pero parece que después de cuatro años escondiéndose…

Sonreí ligeramente.

Lin Han también tiene algo que quiere reclamarte.

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