Mauricio leyó el acta tres veces.
—¿Cómo murió Emiliano?
Su secretario dejó otra carpeta sobre el escritorio.
—La versión oficial dice que entró sin autorización a una obra y sufrió un accidente.
—¿Y la verdadera?
El hombre respiró hondo.
—Su madre ordenó cerrar el expediente y compensar a varios testigos.
Mauricio se levantó.
—Quiero saberlo todo.
Aquella misma tarde regresó bajo el puente.
Elena estaba sentada junto a una pequeña estufa.
Cuando lo vio, su expresión cambió.
Mauricio dejó el acta frente a ella.
—Sé lo de Emiliano.
Elena permaneció en silencio.
—Era mi hijo.
—Era nuestro hijo —corrigió ella—. Hasta que tu familia decidió que nosotros sobramos.
Mauricio tragó saliva.
—¿Qué ocurrió?
Elena miró el documento.
—Emiliano tenía diez años cuando entró en aquella construcción buscándome. Yo trabajaba limpiando oficinas porque tu madre había conseguido que me despidieran de otros lugares.
Su voz tembló.
—La obra tenía fallas de seguridad. Después del accidente intenté denunciarlo.
—¿Y mi madre?
—Me ofreció dinero para callarme.
Mauricio cerró los ojos.
—¿Aceptaste?
Elena soltó una risa amarga.
—Por eso estoy aquí.
Señaló su pierna.
—Cuando me negué, empezaron las amenazas. Poco después sufrí el accidente en el que perdí la pierna.
Mauricio la miró.
—¿Estás diciendo que tampoco fue un accidente?
Elena no respondió.
Sacó de una bolsa vieja un sobre amarillento.
Dentro había una copia del acuerdo de divorcio.
Mauricio reconoció inmediatamente algo extraño.
—Esta no es tu firma.
—Nunca firmé el divorcio.
El aire pareció desaparecer.
—¿Qué?
—Tu madre llegó al hospital cuando yo estaba embarazada. Me dijo que tú querías casarte con Regina y que habías pagado para que desapareciera.
Mauricio negó desesperadamente.
—Yo recibí documentos diciendo que tú habías aceptado treinta mil dólares.
—Nunca vi ese dinero.
Mauricio tomó el teléfono y llamó a su abogado.
—Revise mi divorcio con Elena Robles. Originales, transferencias, testigos. Todo.
Dos horas después recibió la respuesta.
El pago de treinta mil dólares había existido.
Pero Elena nunca lo recibió.
La cuenta receptora pertenecía a una sociedad controlada por Ofelia.
Mauricio condujo directamente a la mansión de su madre.
Ofelia estaba cenando cuando él arrojó las actas sobre la mesa.
—Emiliano Alcázar Robles.
La copa cayó de su mano.
—¿Quién te dio eso?
—Mi hijo murió a diez años y tú lo sabías.
Ofelia palideció.
—Mauricio, escucha…
—También falsificaste el divorcio.
Ella guardó silencio.
Eso bastó.
—¿Por qué?
Ofelia levantó la barbilla.
—Porque Elena jamás habría construido lo que Regina te dio.
—¿Y mi hijo?
Por primera vez, Ofelia apartó la mirada.
—Fue un accidente.
Mauricio sacó el documento con su firma.
—Entonces ¿por qué pagaste para ocultarlo?
Ofelia no respondió.
El teléfono de Mauricio sonó.
Era su abogado.
—Doctor, encontramos algo más.
—¿Qué?
—El acta de defunción de Emiliano tiene una irregularidad.
Mauricio miró a su madre.
—¿Cuál?
—El número de identificación pertenece a otro menor.
El silencio se volvió insoportable.
—Explícate.
—Legalmente, no podemos confirmar que Emiliano Robles haya sido el niño que murió aquel día.
Mauricio sintió que las piernas le fallaban.
Ofelia cerró los ojos.

—Mamá…
Él dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.
—¿Dónde está mi hijo?
Esta vez, el miedo en el rostro de Ofelia fue suficiente para responder algo que Mauricio jamás se había atrevido a imaginar.
Quizá Elena había pasado cinco años llorando a un hijo que nunca había sido enterrado.