PARTE 2: AHORA PAGUEN USTEDES

Cerré la puerta detrás de mí.

—¿Cómo entraron?

Nathan levantó una llave.

—Todavía tengo la copia.

Extendí la mano.

—Dámela.

Su madre se puso de pie.

—¡Primero arregla lo de Emily!

Desde la pantalla, Emily lloraba.

—Olivia, mi tarjeta no funciona. Tengo que pagar la renta mañana.

Dejé mi bolso sobre la mesa.

—Entonces llama a tu hermano.

Nathan golpeó el brazo del sofá.

—¡No puedo mantenerla con mi salario!

Lo miré fijamente.

—Qué extraño. Durante tres años pensaste que yo sí podía.

Su padre intervino:

—Olivia, una cosa es divorciarte de Nathan y otra abandonar a la familia.

—Ya no son mi familia.

La frase cayó como una piedra.

La señora Carter palideció.

—Después de todo lo que hicimos por ti…

—¿Qué hicieron?

Nadie respondió.

Saqué mi teléfono y abrí los movimientos bancarios de los últimos tres años.

—Renta de Emily. Universidad. Viajes. Compras. Emergencias. Más las deudas de Nathan y los regalos que ustedes pedían.

Giré la pantalla.

—Yo pagué todo.

Nathan apretó los dientes.

—Estábamos casados.

—Estábamos.

Hice énfasis en la palabra.

—Ya no.

Emily dejó de llorar de repente.

—¿Entonces qué se supone que haga?

—Trabajar.

La señora Carter soltó un grito indignado.

Nathan se levantó.

—Vas a reactivar las transferencias.

—No.

—Olivia…

—Y vas a salir de mi apartamento.

Se rio.

—También viví aquí tres años. No puedes echarme como si fuera un extraño.

Saqué el certificado de propiedad que había preparado aquella tarde.

—Lo compré antes de conocerte. Está únicamente a mi nombre.

Su sonrisa desapareció.

Entonces marqué otro número.

—Señor Lewis, puede subir.

Nathan frunció el ceño.

—¿Quién es Lewis?

Tres minutos después llamaron a la puerta.

Entró mi abogado acompañado por un cerrajero y dos miembros de seguridad del edificio.

Puse la llave que Nathan todavía sostenía sobre la mesa.

—Cambien todas las cerraduras.

Su madre empezó a gritar.

Nathan se acercó a mí.

—¿De verdad vas a hacerme esto por dinero?

Casi me reí.

—No, Nathan.

Miré su reloj de veintitrés mil dólares.

—Precisamente porque finalmente entendí lo que mi dinero significa para ustedes.

Seguridad comenzó a acompañarlos hacia la puerta.

Antes de salir, Nathan se giró.

—Te arrepentirás. Sin mí estás sola.

No respondí.

Mi abogado esperó hasta que desaparecieron por el pasillo.

Entonces colocó una carpeta frente a mí.

—Olivia, revisamos las cuentas como pidió.

—¿Encontraste algo?

Su expresión se volvió seria.

—Mucho.

Abrió la carpeta.

Durante nuestro matrimonio habían salido decenas de transferencias que yo jamás autoricé.

Todas terminaban en cuentas relacionadas con la familia Carter.

Pero una cifra destacaba sobre las demás.

Ciento ochenta mil dólares.

—¿Emily? —pregunté.

—No.

Pasó la página.

—Nathan.

Miré el documento.

El dinero había sido utilizado como pago inicial de una propiedad.

—¿Compró una casa?

—Sí.

—¿Dónde?

Mi abogado giró la fotografía hacia mí.

Era un apartamento en Londres.

Y en el registro aparecían dos propietarios:

Nathan Carter y Emily Carter.

Me quedé mirando los nombres.

Mientras yo cosía mi bolso roto y buscaba descuentos para ahorrar unos dólares…

mi esposo había utilizado mi dinero para comprarle una propiedad a su hermana.

Tomé el teléfono.

Desbloqueé a Nathan.

Pero no para discutir.

Le envié únicamente la fotografía del registro.

Debajo escribí:

“Ahora sí tenemos que hablar.”

Esta vez fue él quien llamó inmediatamente.

Y yo quien decidió no contestar.

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