PARTE 2: ESTA VEZ, TE ELEGÍ A TI

—¡Evelyn!

Adrian corrió hacia mí.

Chloe intentó sujetarlo.

—¡Adrian!

Él ni siquiera se volvió.

Me alcanzó frente al control de seguridad y agarró mi maleta.

—¿Adónde vas?

—Kenia.

Su rostro cambió.

—¿Cuándo decidiste eso?

—Antes de que me prometieras que era la única mujer de tu vida.

Saqué una carpeta del bolso y se la entregué.

—También dejé una copia en el hospital.

Adrian abrió los documentos.

Convenio de divorcio.

Sus manos comenzaron a temblar.

—No.

—Ya está firmado por mí.

—Evelyn, escúchame.

—Te escuché.

Miré hacia Chloe.

—Todo el aeropuerto te escuchó.

Adrian palideció.

—Lo que dije…

—Fue la verdad.

No levanté la voz.

—Cuando llegó el peligro, la elegiste. Cuando perdimos a nuestro bebé, seguiste eligiéndola. Y cuando ella amenazó con marcharse, abandonaste nuevamente mi habitación.

Chloe se acercó.

—Evelyn, no necesitas hacer un espectáculo.

La miré.

—El espectáculo lo organizaste tú.

Entonces saqué mi teléfono.

Había guardado sus fotografías, mensajes y amenazas.

Pero también algo que Chloe no esperaba.

El informe interno de la empresa demostraba que había utilizado su relación con Adrian para manipular contratos del proyecto que él le había entregado.

Su sonrisa desapareció.

—¿De dónde sacaste eso?

Adrian la miró.

—¿Qué contratos?

—Pregúntale a tu departamento legal.

Guardé el teléfono.

—Ya tienen una copia.

Chloe perdió el color.

De repente dejó de parecer una amante triunfante.

Adrian quiso tocarme.

Retrocedí.

—Evelyn, dame una oportunidad.

—Ya te la di.

—Puedo ir contigo a Kenia.

Negué.

—No quiero que vengas.

Aquellas palabras parecieron hacerle más daño que el divorcio.

El anuncio de mi vuelo sonó por los altavoces.

Tomé la maleta.

Adrian permaneció inmóvil.

—¿De verdad puedes dejarme así?

Lo miré una última vez.

—Tú me enseñaste cómo.

Caminé hacia seguridad.

Esta vez no gritó.

No me siguió.

Porque finalmente había entendido algo muy sencillo.

Durante años creyó que podía elegir a Chloe cada vez que ella lo necesitara y regresar después conmigo.

Pero aquella mañana yo también había elegido.

No a otro hombre.

No la venganza.

Me había elegido a mí misma.

Y cuando mi avión despegó, Adrian Cross seguía en el aeropuerto con nuestro divorcio entre las manos y la mujer por la que había destruido su matrimonio descubriendo que su propio escándalo apenas acababa de comenzar.

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