Nathan dejó caer las rosas.
—¿Nuestro… hijo?
No respondí inmediatamente.
Su mirada bajó hacia mi vientre y después volvió a mi rostro.
—Estabas embarazada.
—Sí.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Solté una risa cansada.
—Lo intenté la noche que firmaste los documentos.
Nathan se quedó inmóvil.
—¿Qué documentos?
Saqué una copia del bolso.
—Nuestro divorcio.
El color desapareció de su rostro.
Tomó las hojas y comenzó a leerlas desesperadamente.
Primera página.
Segunda.
Última.
Su firma.
—Me dijiste que era por un apartamento.
—Y tú firmaste sin leer porque Olivia te estaba esperando.
—¡Eso fue un engaño!
—No, Nathan. Fue una demostración de cuánto te importaba lo que yo ponía delante de ti.
Intentó tomarme de la mano.
Retrocedí.
—Claire, podemos arreglarlo.
—Ya está registrado.
Sus ojos se llenaron de pánico.
—Entonces lo anulamos.
—No quiero hacerlo.
En ese instante apareció Olivia en la entrada del hospital.
—Nathan.
Él se volvió.
Ella llevaba una carpeta entre las manos.
—El diseñador necesita tu firma para terminar la habitación del bebé.
Nathan la miró como si acabara de verla por primera vez.
—¿Ese niño es mío?
Olivia palideció.
—¿Qué?
—Te pregunté si es mío.
El silencio respondió antes que ella.
Yo comprendí entonces que Nathan jamás había confirmado la paternidad.
Simplemente había corrido a protegerla.
Como siempre.
Mi automóvil llegó.
Antes de subir, Nathan se interpuso.
—¿Adónde vas?
—París.
—Voy contigo.
Negué.
—Tu lugar siempre estuvo donde elegiste estar.
Miré a Olivia.
—Y nunca fue conmigo.
Subí al automóvil.
Nathan golpeó suavemente la ventanilla.
—Claire, por favor. Dame una oportunidad.
Lo observé por última vez.
—Te di años.
El vehículo arrancó.
Tres días después, mientras esperaba mi vuelo, recibí diecisiete llamadas suyas.
No contesté ninguna.
Después llegó un mensaje.
“Olivia confesó. El bebé no es mío.”
Lo leí.
Y bloqueé su número.
Porque Nathan finalmente había descubierto la verdad sobre Olivia.
Pero todavía le faltaba descubrir algo mucho peor:

el apartamento que había estado preparando para ella había sido comprado con dinero de nuestra cuenta conjunta.
Y durante el divorcio, él había firmado también la auditoría que permitía rastrear cada centavo.
Cuando aterrizara en París, mi abogado se encargaría del resto.
Nathan había firmado sin leer.
Esta vez tendría muchos meses para comprender exactamente lo que había perdido.