PARTE 2: LOS TRES HEREDEROS

El pasillo quedó completamente en silencio.

Alexander no apartaba la vista de los tres niños.

Ethan.

Noah.

Lily.

Tres pares de ojos que le resultaban inquietantemente familiares.

Lily seguía sujetando el conejo de peluche con una mano.

—Mamá…

Señaló a Alexander.

—¿Ese señor es el padre irresponsable?

Nathaniel cerró los ojos un instante.

Serena respiró profundamente.

Había imaginado ese encuentro cientos de veces.

Ninguna había sido tan absurda.

Alexander dio un paso hacia ellos.

Su voz salió apenas como un susurro.

—¿Qué… acaba de decir?

Serena tomó a Lily de la mano.

—Niños, entren a la habitación.

Ethan frunció el ceño.

—Pero, mamá…

—Ahora.

Los tres obedecieron.

Antes de cerrar la puerta, Noah miró fijamente a Alexander.

—No haga llorar otra vez a mi mamá.

La puerta se cerró.

El pasillo volvió a quedar en silencio.

Alexander seguía inmóvil.

—Serena…

Ella levantó la mirada.

—¿Qué?

—¿Ellos…

No logró terminar la pregunta.

Nathaniel respondió por ella.

—Hazla completa.

Alexander tragó saliva.

—¿Son mis hijos?

Serena sonrió con absoluta tranquilidad.

—Llegas cinco años tarde para hacer esa pregunta.

El color abandonó el rostro de Alexander.

—No…

Eso no puede ser.

—¿Por qué?

—Porque…

Su respiración comenzó a acelerarse.

—Nunca me dijiste que estabas embarazada.

Serena cruzó los brazos.

—¿Cuándo debía hacerlo?

¿Antes o después de que me pagaras cien millones para desaparecer?

Alexander permaneció completamente inmóvil.

Las imágenes comenzaron a regresar una tras otra.

El informe médico que Serena escondió dentro del bolso.

Su risa inesperada.

La rapidez con que firmó el divorcio.

Aquella despedida demasiado tranquila.

Todo encajó de golpe.

Él dio otro paso.

—Estabas embarazada ese día.

No era una pregunta.

Era una certeza.

Serena asintió.

—De once semanas.

Nathaniel soltó lentamente el aire.

Incluso él desconocía ese detalle.

Alexander sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.

—¿Por qué…

¿Por qué no me lo dijiste?

Serena lo miró durante varios segundos.

—Porque ese día me dejaste muy claro que Vivian era la mujer con la que querías construir una familia.

Hizo una pausa.

—Yo simplemente respeté tu decisión.

Cada palabra caía como un golpe.

Alexander recordó exactamente lo que había dicho cinco años atrás.

“Necesito darle una explicación.”

“Terminemos esto en buenos términos.”

“Firma.”

Nunca preguntó si Serena necesitaba algo.

Nunca preguntó por qué sonreía.

Nunca imaginó que estaba dejando atrás…

Cuatro vidas.

En ese momento sonó su teléfono.

Era Vivian.

La pantalla mostraba:

“Mi futura esposa ❤️”

Alexander observó el nombre durante unos segundos.

Después…

Rechazó la llamada.

Serena soltó una pequeña risa.

—No hace falta.

Dentro de dos semanas te casas.

No permitas que mi existencia arruine tus planes.

Alexander levantó la cabeza.

Por primera vez desde que lo conocía…

No había frialdad en sus ojos.

Solo desesperación.

—No puedo casarme.

Nathaniel giró lentamente hacia él.

—¿Qué dijiste?

Alexander respiró profundamente.

—Tengo tres hijos.

¿Cómo demonios voy a subir al altar como si nada hubiera pasado?

En ese instante, las puertas del ascensor volvieron a abrirse.

Una mujer elegante salió acompañada por dos guardaespaldas.

Vivian.

Sonreía…

Hasta que vio a Serena.

Después observó a Alexander.

Y finalmente…

La puerta de la suite, detrás de la cual acababan de esconderse tres niños.

Frunció lentamente el ceño.

—Alexander…

Su voz sonó peligrosamente tranquila.

—¿Quién es esa mujer?

Antes de que él pudiera responder…

La puerta de la habitación se abrió unos centímetros.

Lily asomó únicamente la cabeza.

Miró directamente a Alexander.

Y preguntó con total inocencia:

—Mamá…

¿La señora del vestido blanco es la novia nueva de mi papá?

El rostro de Vivian quedó completamente blanco.

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