PARTE 2: EL PRECIO DEL DESPRECIO

El reloj marcaba las diez y cuarenta y siete cuando sonó el timbre.

Clara no se movió.

Volvió a sonar.

Después comenzaron los golpes.

—¡Clara! ¡Abre la puerta!

Era Sebastián.

Su voz ya no tenía la seguridad del hombre que la había expulsado del hotel.

Tenía miedo.

Ella abrió unos centímetros.

Sebastián entró apresuradamente.

La corbata estaba torcida.

El cabello desordenado.

Por primera vez en años parecía un hombre derrotado.

—¿Qué le dijiste a Alexander?

Clara cerró la puerta con calma.

—Nada.

—¡No mientas!

Él respiró hondo, intentando controlarse.

—En cuanto recibió tu mensaje, dejó la mesa principal.

Ni siquiera esperó el brindis.

Me preguntó una sola cosa.

“¿Dónde está Clara?”

Cuando le dije que…

Sebastián bajó la mirada.

Ni siquiera fue capaz de repetirlo.

—Que no estabas invitada —completó ella.

Él asintió lentamente.

—Entonces dijo que un hombre capaz de humillar públicamente a la persona que más había contribuido a su éxito…

…no merecía administrar cincuenta millones de dólares.

Clara no mostró ninguna reacción.

Como si ya conociera esa respuesta.

Sebastián volvió a hablar.

—Después mencionó a tu primo.

—Sí.

—¿Quién es realmente?

Clara caminó hasta la ventana.

Observó la ciudad iluminada.

—¿Recuerdas hace seis años?

—¿Qué cosa?

—Cuando ningún banco quiso prestarte dinero.

Él guardó silencio.

¿Cómo olvidarlo?

Su empresa estaba a punto de quebrar.

Debía salarios.

Los proveedores exigían pagos.

Los inversionistas desaparecían uno tras otro.

—Mi padre llamó a varias personas para ayudarte.

Sebastián asintió.

—Lo sé.

—Pero quien realmente aceptó financiar tu primer proyecto…

…no fue mi padre.

Sebastián levantó lentamente la cabeza.

—Fue Alexander.

Ella sonrió con tristeza.

—No.

Fue mi primo.

Alexander Chen.

Sebastián sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Qué?

—Alexander es hijo de la hermana mayor de mi madre.

Vivió en Suiza desde los dieciocho años.

Por eso casi nadie conoce nuestra relación familiar.

Recordó inmediatamente la primera inversión que salvó la empresa.

Cinco millones.

Sin garantías.

Sin exigir participación accionaria.

Solo una condición.

“Confío en la recomendación de Clara.”

En aquel momento creyó que era una simple cortesía.

Ahora comprendía la verdad.

No había confiado en la empresa.

Había confiado en ella.

Clara abrió un cajón.

Sacó una carpeta azul.

La dejó sobre la mesa.

—Aquí están todos los correos.

Las primeras reuniones.

Las recomendaciones.

Las llamadas.

Las cartas de presentación.

Cada cliente importante que llegó durante estos cinco años…

…llegó por alguno de mis contactos.

Sebastián comenzó a pasar las hojas.

Nombre tras nombre.

Contrato tras contrato.

Cada uno llevaba una nota escrita por Clara.

La recomendación siempre había sido suya.

No de él.

Sus manos empezaron a temblar.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Clara soltó una risa breve.

—Porque quería que algún día pudieras decir con orgullo que todo lo habías conseguido por ti mismo.

Lo miró directamente.

—Nunca imaginé que terminarías creyéndotelo.

El silencio llenó la sala.

Después de varios minutos, Sebastián habló casi en un susurro.

—¿Alexander retiró el dinero solo por lo que pasó esta noche?

Clara negó lentamente.

—No.

Sacó el teléfono.

Abrió un mensaje recién recibido.

Se lo mostró.

Era de Alexander.

“Durante cinco años mantuve la inversión porque confiaba en tu criterio.”

“Esta noche no retiré cincuenta millones porque insultaran a mi prima.”

“Los retiré porque descubrí que el director general no sabía quién había construido realmente la confianza de sus propios inversionistas.”

“Un hombre que no reconoce el valor de su mejor socia tampoco reconocerá el valor del dinero ajeno.”

Sebastián terminó de leer.

Las manos le colgaban a los costados.

Por primera vez comprendió que no había perdido únicamente una inversión.

Había perdido la credibilidad.

Y en el mundo de los negocios…

La credibilidad vale mucho más que cincuenta millones.

En ese momento sonó el teléfono de Sebastián.

Era el presidente del consejo de administración.

Contestó.

Solo escuchó unos segundos.

Su rostro quedó completamente blanco.

—¿…Qué?

Del otro lado, la voz fue seca.

—El resto de los inversionistas también acaba de suspender sus desembolsos.

Hicieron una pausa.

—Y quieren reunirse mañana.

Sin ti.

La llamada terminó.

Sebastián permaneció inmóvil.

Clara ya conocía el desenlace antes de que él hablara.

—¿También se fueron?

Él levantó lentamente la vista.

Con los ojos completamente vacíos.

—No retiraron solo cincuenta millones…

Hizo una pausa, incapaz de controlar la voz.

—Acabo de perder la empresa entera.

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