Serena negó con la cabeza.
—Si apareces en esa casa, mi padre declarará una guerra.
Damian sostuvo la puerta abierta.
—Entonces será una guerra que él empezó.
Una hora después, la mansión Hayes estaba llena de invitados.
Abogados.
Empresarios.
Y la familia del prometido.
Su padre levantó la copa.
—Dentro de catorce días uniremos oficialmente a las familias Hayes y Thornton.
En ese instante, la puerta principal se abrió.
Todos giraron la cabeza.
Damian Blackwood entró solo.
Sin guardaespaldas.
Sin anunciarse.
El salón quedó completamente en silencio.
El padre de Serena palideció.
—¿Qué hace usted aquí?
Damian caminó hasta colocarse junto a Serena.
No la tomó del brazo.
Solo permaneció a su lado.
—He venido porque el compromiso termina hoy.
El prometido de Serena soltó una risa.
—¿Y quién va a impedirlo?
Damian respondió con absoluta calma.
—La madre de mi hijo.
Las copas dejaron de sonar.
Todas las miradas cayeron sobre Serena.
Su madre dio un paso atrás.
—¿Qué… qué significa eso?
Serena respiró hondo.
Por primera vez dejó de esconderse.
—Estoy embarazada.
Su padre golpeó la mesa.
—¡Es una vergüenza!
Damian giró lentamente hacia él.
—No.
Su voz fue tan fría que nadie volvió a hablar.
—La vergüenza es intentar vender a su hija como parte de un acuerdo empresarial.
El abogado de la familia Thornton intervino.
—Señor Blackwood, esto no cambia el contrato matrimonial.
Damian sonrió apenas.
Sacó una carpeta negra y la dejó sobre la mesa.
—Revíselo otra vez.
El abogado abrió los documentos.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Qué ocurre? —preguntó el padre de Serena.
El hombre tragó saliva.
—La empresa Thornton…
—Acaba de perder su principal línea de crédito.
Todos quedaron inmóviles.
Damian habló sin levantar la voz.
—Hace dos horas compré la deuda completa de su grupo empresarial.
Miró directamente al padre de Serena.
—Ya no necesitan a su hija para salvar su negocio.
Solo necesitan salvar el suyo.
El prometido comenzó a temblar.
—Esto es una locura.
Damian lo observó con indiferencia.
—No.
—Es una negociación.
La diferencia es que, por primera vez…
Ustedes no son quienes ponen las condiciones.
Serena sintió que la mano le temblaba sobre el vientre.
Pensó que todo había terminado.
Pero entonces un anciano mayordomo entró apresuradamente con un sobre sellado.
—Señorita Hayes… esto llegó hace unos minutos.

Serena rompió el sello.
Dentro había una prueba de ADN.
Y una carta escrita por su difunta abuela.
La primera línea hizo que todo el salón quedara en silencio.
“Serena, si estás leyendo esto, significa que tu padre nunca quiso que descubrieras quién es realmente tu madre.”