PARTE 2: EL DIAMANTE

Alexander no durmió en toda la noche.

Yo tampoco.

Pero, a diferencia de él, ya no tenía nada que preguntar.

A las diez de la mañana siguiente, el timbre sonó.

Sophia apareció con un vestido blanco y el anillo todavía en la mano.

Alexander caminaba detrás de ella, pálido.

—Victoria… escúchame primero.

Señalé la sala.

—Siéntense.

Nadie habló durante varios segundos.

Entonces miré directamente el anillo.

—¿Te gusta?

Sophia sonrió con timidez.

—Alexander dijo que pertenecía a una colección privada.

Asentí lentamente.

—No mintió.

Abrí un cajón del mueble y saqué una vieja fotografía.

En ella aparecía mi madre el día de su boda.

Llevaba exactamente el mismo diamante en un collar de platino.

Coloqué la imagen sobre la mesa.

Sophia dejó de sonreír.

Volvió a mirar el anillo.

Después la fotografía.

Su rostro perdió el color.

—Es… el mismo.

—Sí.

Miré a Alexander.

—Mi madre murió hace ocho años.

Saqué una segunda carpeta.

Dentro estaba el inventario notarial de la herencia.

La pieza aparecía descrita con número de certificado, peso y grabado láser.

Coincidía exactamente con el diamante del anillo.

Sophia retrocedió un paso.

—¿Me regalaste una joya de tu esposa?

Alexander intentó hablar.

—Puedo explicarlo…

—No has terminado de explicar ni la primera mentira.

Saqué una factura.

—Hace tres años te dije que el collar había desaparecido.

Tú mismo insististe en denunciar un robo.

Alexander bajó la cabeza.

Yo continué.

—Nunca fue robado.

Lo desmontaste para convertir el diamante en un anillo de compromiso.

La sala quedó en silencio.

Sophia comenzó a quitarse el anillo con manos temblorosas.

—Yo no sabía nada.

Lo dejó sobre la mesa.

—Pensé que lo habías comprado.

Alexander intentó detenerla.

Ella dio un paso atrás.

—Si eres capaz de hacerle esto a tu esposa… algún día me lo harás a mí.

Se dio la vuelta y salió sin mirar atrás.

Alexander quedó solo frente a mí.

—Victoria…

Empujé el anillo hacia él.

—Quédatelo.

Él levantó la vista, sorprendido.

—¿Eso significa que me perdonas?

Sonreí por primera vez.

—No.

Saqué otra carpeta.

Era la demanda de divorcio.

—Significa que ese anillo será la prueba número uno en el juicio.

Alexander abrió el expediente.

En la primera página aparecía una lista de bienes matrimoniales.

El collar de mi madre figuraba como patrimonio exclusivo heredado antes del matrimonio.

Su transformación sin mi consentimiento constituía apropiación ilegal.

Su mano empezó a temblar.

—¿Quién revisó todo esto?

Guardé la fotografía de mi madre.

—Mientras tú preparabas un matrimonio para otra mujer…

Lo miré con absoluta calma.

—Yo preparaba el final del nuestro.

En ese momento sonó su teléfono.

Era el director jurídico de su empresa.

Alexander contestó de inmediato.

Después de escuchar apenas unas palabras, su rostro quedó completamente blanco.

—¿Qué dijiste?

Del otro lado llegó una respuesta que pude escuchar perfectamente.

—Señor Quinn, la junta acaba de suspenderlo temporalmente. Los accionistas recibieron la evidencia de que utilizó bienes ajenos y recursos de la empresa para financiar la propuesta en el yate.

Alexander dejó caer lentamente el teléfono.

Por primera vez entendió que perder a Sophia… era apenas el comienzo.

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