PARTE 2: LA FIRMA

Firmé sin detenerme.

Mi abogada tardó menos de un minuto en responder.

“Recibido. Hoy mismo iniciaremos el procedimiento.”

Apagué el teléfono.

Por primera vez en años, no sentí miedo.

Solo un profundo cansancio.

La enfermera regresó con mis medicamentos y dejó el expediente sobre la mesa.

Antes de irse, me miró con preocupación.

—Señora Prescott… ¿está segura de que no quiere llamar a alguien?

Sonreí con amabilidad.

—Por primera vez, sí.


Dos días después recibí el alta.

Nathan no apareció.

Fue su asistente quien envió un automóvil.

También una nota.

“El señor Prescott está en una conferencia. El conductor la llevará a casa.”

Le devolví el sobre al chofer.

—Lléveme al despacho de mi abogada.

Cuando Nathan llegó esa noche a la mansión, encontró la habitación vacía.

Mi ropa había desaparecido.

Las fotografías de nuestra boda también.

Solo quedaba un sobre blanco sobre la cama.

Dentro estaba la demanda de divorcio.

Y el anillo de matrimonio.

Nathan llamó inmediatamente.

No contesté.

Volvió a llamar.

Cinco veces.

Diez.

Quince.

A la llamada número dieciséis respondí.

—¿Qué significa esto?

—Exactamente lo que dice la primera página.

—¿Estás hablando en serio?

—Nunca había hablado tan en serio.

Guardó silencio.

Después soltó una risa incrédula.

—¿Por un malentendido con Sophie?

—No.

Miré por la ventana del pequeño apartamento que acababa de alquilar.

—Por tres años de elegir siempre a otra persona antes que a tu esposa.

Nathan respiró hondo.

—Voy a arreglar esto.

—Ya no hace falta.

Colgué.


Tres días después, Nathan apareció en el despacho de mi abogada.

Entró convencido de que todo era una amenaza pasajera.

—Isabella siempre cambia de opinión.

Mi abogada deslizó una carpeta sobre la mesa.

—Mi clienta no está negociando.

Él abrió los documentos.

La primera hoja solicitaba el divorcio.

La segunda…

Renunciaba a cualquier compensación económica.

Nathan frunció el ceño.

—¿No quiere nada?

—Solo recuperar su apellido.

Él cerró lentamente la carpeta.

Por primera vez parecía desconcertado.

—¿Dónde está viviendo?

—Eso no forma parte del proceso.

Nathan salió sin decir una palabra.

Esa misma noche ordenó investigar el edificio donde me había mudado.

Pero cuando su asistente regresó, llevaba otra noticia.

—Señor Prescott…

—¿La encontraron?

—Sí.

—Perfecto.

El asistente tragó saliva.

—Pero la señora Isabella aceptó un puesto como directora financiera en Horizon Medical Group.

Nathan levantó la vista.

Conocía perfectamente esa empresa.

Era el principal competidor de su corporación.

—¿Desde cuándo?

—Firmó el contrato esta mañana.

Nathan quedó inmóvil.

Durante años creyó que yo había abandonado mi carrera porque no era suficientemente capaz.

Nunca imaginó que había renunciado únicamente para sostener nuestro matrimonio.

El asistente dejó una segunda carpeta sobre el escritorio.

—Hay algo más.

Nathan la abrió.

Era el informe médico del hospital.

Leyó una línea.

Luego otra.

Su expresión cambió por completo.

El diagnóstico no solo confirmaba depresión severa.

También señalaba que la enfermedad estaba directamente relacionada con un entorno de estrés emocional prolongado.

El médico había añadido una última observación:

“La paciente manifiesta sentirse emocionalmente abandonada por su cónyuge durante años.”

Nathan cerró los ojos.

Por primera vez entendió que mi silencio no había sido manipulación.

Había sido el último síntoma de un matrimonio que él dejó morir mucho antes de que yo firmara el divorcio.

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