PARTE 2: EL TESTAMENTO

Los golpes en el portón se hicieron más fuertes.

—¡Mercedes! ¡Sabemos que llegaron!

Doña Mercedes apagó la lámpara de la sala.

Mateo abrazó a su hermana.

Clara sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho.

La anciana abrió finalmente el baúl negro.

Dentro no había dinero.

Había escrituras, un testamento y varias carpetas selladas.

—Todo esto debía entregárselo Emilio cuando cumpliera cuarenta años —susurró—. Pero murió antes.

Clara abrió el testamento con manos temblorosas.

La firma pertenecía al abuelo de Emilio.

Doña Mercedes habló sin apartar la vista del portón.

—Mi esposo nunca confió en sus otros hijos. Sabía que solo buscaban el dinero.

Sacó una escritura.

—Por eso dejó todas las tierras, la empacadora y las acciones familiares directamente para los hijos de Emilio.

Clara quedó inmóvil.

—¿Mateo y Jimena?

La anciana asintió.

—Ellos son los únicos herederos.

En ese momento el portón volvió a estremecerse.

—¡Abra de una vez!

Doña Mercedes respiró hondo.

—Ya llegaron demasiado tarde.

Abrió la puerta.

Frente a la casa estaban Marisol, su esposo y dos hombres más.

Marisol sonrió con desprecio.

—Sabía que la viuda vendría a pedir limosna.

Entonces vio las carpetas sobre la mesa.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué es eso?

Mercedes levantó el testamento.

—Lo que llevas dos años intentando esconder.

Marisol dio un paso adelante.

—Eso no tiene validez.

—La tiene.

Otro hombre apareció detrás de ella.

Era el notario del pueblo.

—Yo mismo protocolicé este documento hace doce años.

Marisol palideció.

—Eso es imposible…

El notario abrió una carpeta.

—También traje el historial del Registro Público.

Señaló varias hojas.

—Hace dos meses alguien intentó transferir ilegalmente las propiedades a nombre de otra persona.

Miró directamente a Marisol.

—La solicitud llevaba su firma.

El silencio cayó sobre el patio.

Clara comprendió de inmediato por qué la habían echado.

No era porque fuera una carga.

Era porque, mientras ella y sus hijos siguieran cerca, existía el riesgo de que descubrieran la verdad.

Mateo tomó la mano de su madre.

—¿La casa también era de mi papá?

Doña Mercedes acarició su cabeza.

—No, hijo.

Sonrió con tristeza.

—Siempre fue tuya y de tu hermana.

Marisol comenzó a gritar.

—¡Ellos no pueden quedarse con todo!

El notario cerró lentamente la carpeta.

—Ya no depende de usted.

Sacó otro documento.

—Esta mañana un juez autorizó inmovilizar todos los bienes relacionados con esta herencia hasta concluir la investigación por falsificación documental.

Marisol retrocedió.

—¿Investigación?

En ese instante, una patrulla se detuvo frente al portón.

Dos agentes descendieron con una orden en la mano.

El más joven preguntó con voz firme:

—¿La señora Marisol Aguilar?

Ella apenas pudo responder.

Porque acababa de entender que la viuda y los dos niños que había expulsado con una bolsa de ropa… eran los verdaderos dueños de toda la fortuna que llevaba dos años intentando robar.

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