PARTE 2: OCHO MINUTOS

La puerta salió despedida contra la pared.

Mi esposo entró tambaleándose, con la botella todavía en la mano.

Al verme acurrucada junto a la bañera, soltó una carcajada.

—¿Ya terminó tu llamada de auxilio?

Levantó el teléfono que aún sostenía en mi mano.

—¿Quién era? ¿La policía?

No respondí.

Al otro lado de la línea solo se escuchaba un silencio absoluto.

Vincent seguía ahí.

Escuchándolo todo.

Mi esposo me arrebató el celular.

—Escucha bien, quienquiera que seas. Esta es mi esposa. Puedo hacer con ella lo que me dé la gana.

Colgó la llamada.

Luego lanzó el teléfono contra el espejo.

El cristal explotó en decenas de pedazos.

Me sujetó del cabello y me obligó a levantarme.

—¿De verdad pensaste que alguien iba a venir?

Intenté zafarme.

El dolor del brazo roto me hizo gritar.

Él sonrió.

—Eso sí me gusta.

De pronto, el timbre del departamento sonó.

Una vez.

Dos veces.

Mi esposo frunció el ceño.

—¿Quién demonios…?

Miró el reloj de la cocina.

Habían pasado apenas siete minutos.

Abrió la puerta sin preocuparse.

—¿Qué quiere…?

No terminó la frase.

Cuatro hombres vestidos de negro ya estaban frente a él.

Ninguno habló.

Simplemente lo apartaron de la entrada.

—¡Oigan! ¡Esta es mi casa!

Entonces apareció un quinto hombre.

Traje oscuro.

Guantes negros.

Mirada serena.

Vincent Moretti.

Entró sin pedir permiso.

Sus ojos recorrieron el departamento hasta encontrarme.

Vio mi brazo deformado.

La sangre.

Los restos del espejo.

Y, finalmente, el miedo en mi rostro.

Su expresión no cambió.

Pero toda la habitación pareció enfriarse.

Mi esposo dio un paso al frente.

—¿Quién diablos eres tú?

Vincent ni siquiera respondió.

Se acercó lentamente hasta quedar frente a mí.

Con extrema delicadeza, tomó una toalla limpia y la colocó sobre mi brazo para inmovilizarlo.

—Llegué tarde por treinta segundos.

Negué con la cabeza.

—Llegaste.

Él asintió apenas.

Luego se giró hacia mi esposo.

—¿Fuiste tú?

Mi esposo soltó una risa nerviosa.

—Mire, esto es un problema de pareja. Ella exagera…

Uno de los hombres de Vincent dejó caer sobre la mesa una carpeta.

Dentro había fotografías.

Denuncias.

Registros hospitalarios.

Cinco años de ingresos por fracturas, contusiones y lesiones que yo siempre había atribuido a “accidentes”.

Vincent levantó una de las radiografías.

—Cinco costillas.

Otra.

—Una conmoción cerebral.

Y la última.

—Ahora un brazo roto.

Mi esposo empezó a retroceder.

—¿Cómo consiguió eso?

Vincent lo observó fijamente.

—Mientras tú rompías puertas…

Miró su reloj.

—…mis hombres averiguaban quién eras.

En ese momento se escucharon sirenas afuera del edificio.

Mi esposo abrió mucho los ojos.

—¿Llamaste a la policía?

Vincent respondió con absoluta calma.

—No.

Señaló la ventana.

—Ellos lo hicieron.

Desde el balcón pude ver varias patrullas detenerse frente al edificio.

Dos detectives bajaron rápidamente acompañados por personal médico.

Mi esposo miró desesperado a Vincent.

—Tú no puedes entrar así en mi casa.

Vincent dio un paso hacia él.

Su voz fue apenas un susurro.

—Hoy no vine por la casa.

Hizo una breve pausa.

—Vine porque una mujer me pidió ayuda.

Los golpes en la puerta principal comenzaron casi al mismo tiempo.

—¡Policía de Nueva York! ¡Abran la puerta!

Mi esposo quedó inmóvil.

Pensó que todo había terminado.

Pero uno de los hombres de Vincent recibió una llamada por el auricular y caminó hasta él.

—Jefe…

Le entregó un sobre.

Vincent lo abrió, leyó una sola hoja y levantó lentamente la vista hacia mi esposo.

Por primera vez desde que había llegado… sonrió.

—Parece que romperle el brazo a tu esposa será el menor de tus problemas.

Porque el nombre de mi esposo… acababa de aparecer relacionado con una investigación federal que llevaba abierta más de dos años.

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