PARTE 2: LA VERDAD

Mauricio apenas alcanzó a dar dos pasos cuando una camioneta negra se detuvo frente a la residencia.

Dos hombres con traje descendieron primero.

Detrás de ellos apareció un notario.

Y, por último, un hombre de cabello canoso que todos los empresarios presentes reconocieron de inmediato.

—Es el licenciado Ricardo Mendoza…

Los murmullos recorrieron el jardín.

Era el presidente del banco que durante años había financiado los proyectos del Grupo Salgado.

Doña Teresa recuperó la sonrisa.

—Qué oportuno. Seguro viene por nuestra boda.

El hombre pasó de largo junto a ella.

Se detuvo frente a mí.

—Señorita Valeria, lamentamos haber llegado unos minutos tarde.

Mauricio abrió los ojos.

—¿La conocen?

Ricardo asintió.

—Por supuesto. La señorita Valeria es la principal avalista de todos los créditos que recibió su familia durante los últimos tres años.

El silencio fue absoluto.

—Eso es imposible —balbuceó Mauricio.

El notario abrió una carpeta.

—Cada préstamo aprobado al Grupo Salgado exigía un respaldo patrimonial. Ese respaldo nunca fue la empresa de ustedes.

Le mostró los documentos.

—Fue el fideicomiso de la señorita Valeria.

Doña Teresa arrebató las hojas con manos temblorosas.

Mientras leía, su rostro perdió el color.

—No… esto tiene que ser un error…

Ricardo negó con calma.

—No lo es. Cuando su empresa estuvo al borde de la quiebra, ningún banco quiso prestarles dinero. La única razón por la que obtuvieron financiamiento fue porque la señorita Valeria aceptó responder con su patrimonio.

Todos giraron hacia mí.

Mauricio parecía incapaz de hablar.

—¿Patrimonio…? Pero tú me dijiste que apenas tenías ahorros.

Lo miré fijamente.

—Porque quería que me amaras a mí, no a mi dinero.

Las palabras cayeron como una losa.

El notario sacó un segundo documento.

—Hace cuarenta minutos, la señorita Valeria revocó oficialmente todas las garantías otorgadas a favor del Grupo Salgado.

Ricardo respiró hondo.

—Eso significa que, a partir de este momento, el banco suspende todas las líneas de crédito de su empresa hasta realizar una nueva evaluación financiera.

Uno de los socios de Mauricio dio un paso atrás.

Otro comenzó a revisar su teléfono.

Los invitados entendieron de inmediato que el imperio que la familia Salgado presumía podía derrumbarse en cuestión de días.

Mauricio corrió hacia mí.

—¡Valeria, espera! Podemos arreglar esto.

Ella dio un paso atrás.

—No. Lo que se rompe cuando intentas obligar a una mujer a perder su dignidad… no se arregla con disculpas.

En ese instante, el teléfono de Ricardo sonó.

Contestó, escuchó apenas unos segundos y levantó lentamente la mirada hacia Mauricio.

—Señor Salgado… acaba de llegar otra denuncia.

Frunció el ceño.

—Y esta vez no tiene relación con el banco. Tiene que ver con el origen del dinero con el que compraron esta residencia.

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