PARTE 2: LA VERDAD ENTERRADA

Patricia dio un paso atrás.

Instintivamente llevó una mano hasta el medallón.

—Estás loca.

Nunca te había visto.

Elvira sonrió con una tristeza que heló el aire.

—Claro que sí.

Tenías ocho años cuando tu padre te dijo que yo era una ladrona.

Leonardo sintió un vacío en el estómago.

Miró otra vez la fotografía.

La mujer que abrazaba al niño tenía exactamente la misma sonrisa cansada que la anciana frente a él.

Y el pequeño…

Era él.


—¿Qué significa todo esto?

Su voz sonó más débil de lo que esperaba.

Elvira respiró profundamente.

—Significa que nunca morí.

Fue tu padre quien decidió enterrarme en vida.

Patricia intervino de inmediato.

—¡No la escuches!

Papá decía que tu madre murió en un accidente.

—No.

Respondió Elvira.

—Tu padre dijo eso después de firmar unos papeles falsos.

Leonardo giró lentamente hacia su hermana.

Por primera vez en muchos años, Patricia evitó mirarlo a los ojos.


Elvira sacó otro sobre de tela que llevaba escondido bajo el abrigo.

Dentro había documentos amarillentos.

Actas.

Fotografías.

Recortes de periódico.

Y una denuncia.

Nunca presentada.

—Tu padre se enamoró de otra mujer.

Cuando pedí el divorcio…

Descubrí algo que podía destruir todo su imperio.

Leonardo abrió el primer documento.

Era un contrato de compraventa.

Varias firmas parecían alteradas.

La fecha coincidía exactamente con el año en que el Grupo Santillán comenzó a crecer de forma extraordinaria.


—Intentó obligarme a firmar.

Continuó Elvira.

—Me negué.

Esa misma noche desaparecí.

Legalmente.

No físicamente.

Patricia empezó a respirar con dificultad.

—¡Basta!

No sabes lo que dices.

—Lo sé perfectamente.

Respondió la anciana.

—Durante treinta años viví cambiando de refugio porque tu padre juró que, si volvía a acercarme a mis hijos…

Nadie encontraría mi cuerpo.


Leonardo sintió que el mundo comenzaba a derrumbarse.

Toda su infancia estaba construida sobre una sola verdad.

Su madre había muerto.

Ahora esa verdad acababa de desaparecer.

Miró a Alma.

Ella tampoco podía creer lo que estaba escuchando.


—¿Por qué apareces ahora?

Preguntó Leonardo.

Elvira bajó la mirada.

—Porque tu padre murió hace dos meses.

Y pensé que el miedo había terminado.

Pero hace tres semanas alguien volvió a seguirme.

Leonardo frunció el ceño.

—¿Quién?

La anciana levantó lentamente una fotografía reciente.

Era una camioneta negra estacionada frente al albergue donde dormía.

Después otra.

Un hombre tomando fotografías mientras ella hablaba con Alma.

Y una tercera.

La misma camioneta entrando al estacionamiento de las oficinas del Grupo Santillán.

Leonardo reconoció inmediatamente la placa.

Pertenecía a la empresa familiar.


Patricia dio un paso hacia la salida.

—Tengo una reunión.

Nos vemos luego.

—Quédate.

Dijo Leonardo con una firmeza que sorprendió incluso a Alma.

Su hermana se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque quiero saber quién seguía a esta mujer usando vehículos de mi empresa.

Patricia tragó saliva.

—No tengo idea.

Leonardo sacó el teléfono.

Marcó al director de seguridad.

—Necesito todos los registros GPS de la camioneta 47 durante el último mes.

Y también quiero saber quién autorizó esos recorridos.

La respuesta llegó menos de un minuto después.

El director parecía nervioso.

—Señor…

Las órdenes venían directamente de la vicepresidencia.

Leonardo levantó lentamente la vista.

La vicepresidenta del Grupo Santillán era Patricia.


Ella sonrió por primera vez desde que comenzó la conversación.

Pero ya no era una sonrisa tranquila.

Era desesperada.

—No entiendes.

Papá dejó instrucciones muy claras.

Leonardo sintió un escalofrío.

—¿Qué instrucciones?

Patricia respiró hondo.

Después pronunció la frase que hizo palidecer incluso a Elvira.

—Nos dijo que, si algún día ella reaparecía…

Debíamos encontrar antes que nadie la caja que escondió.

Porque dentro no solo están las pruebas de lo que él hizo.

También está el documento que demuestra que el verdadero dueño del Grupo Santillán…

Nunca fue nuestro padre.

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