PARTE 2: EL HEREDERO OLVIDADO

Julián reaccionó antes de pensar.

Empujó a Mateo y a Camila detrás del sofá mientras el hombre armado levantaba la pistola.

—¡Al piso! —gritó.

Los niños obedecieron de inmediato.

Ernesto temblaba detrás de él.

—¡No dejes que me lleven! ¡Ellos me quieren muerto!

La mujer elegante dio un paso al frente, levantando lentamente las manos.

—Bajen esa arma, idiota.

El escolta dudó.

—Señora Victoria…

—¡Guárdala ahora!

El hombre obedeció de mala gana.

Victoria respiró profundamente y miró a Julián.

—Perdone. Nadie iba a disparar.

—Entonces explíqueme por qué entran a mi casa apuntando a mis hijos.

La mujer bajó la mirada unos segundos.

—Fue un error.

Pero Ernesto comenzó a gritar.

—¡Miente!

Se escondió detrás de Julián como un niño asustado.

—Ella estaba allí… los escuché… dijeron que mi muerte resolvería todo.

Victoria sintió que el rostro se endurecía.

—Papá, no sabes lo que dices.

—¡Sí lo sé!

Las manos del anciano temblaban sin control.

—Me encerraron… apagaron las máquinas… pensaban que ya no despertaría…

Julián frunció el ceño.

—¿Qué máquinas?

Victoria suspiró.

—Mi padre sufrió un accidente hace cinco meses. Permaneció en coma varias semanas.

Ernesto negó desesperadamente.

—No fue un accidente.

Miró directamente a Julián.

—Los escuché discutir por la empresa.

Su respiración se aceleró.

—Querían que firmara la venta del Grupo Ramírez Internacional…

De pronto se llevó ambas manos a la cabeza.

Las imágenes comenzaron a regresar.

Un despacho.

Tres personas.

Un contrato.

Un vaso de whisky.

Después…

Oscuridad.

—Me… me envenenaron…

Sus piernas cedieron.

Julián logró sostenerlo antes de que cayera.

Los escoltas intercambiaron miradas nerviosas.

Aquellas palabras no parecían el delirio de un anciano.

Sonaban como un recuerdo.


Victoria pidió hablar a solas con Julián en el patio.

—Mi padre tiene episodios de confusión.

—Lleva cuatro meses viviendo conmigo.

Nunca había visto que inventara historias.

Ella abrió un portafolio.

Dentro había documentos bancarios.

—El Grupo Ramírez factura más de treinta mil millones de pesos al año.

Mi padre posee el sesenta y ocho por ciento de las acciones.

Julián permaneció en silencio.

—Si él desaparece legalmente…

Hizo una pausa.

—Todo pasa automáticamente a sus tres hijos.

Julián comprendió de inmediato.

Era un motivo suficiente para matar.

—¿Y usted quiere convencerme de que todo es una coincidencia?

Victoria sacó un cheque.

Cinco millones de pesos.

—Quédese con esto.

Solo permita que mi padre vuelva con nosotros.

Julián observó la cifra.

Cinco millones.

Era más dinero del que ganaría en varias vidas.

Con eso pagaría la universidad de Mateo.

Las terapias de lenguaje de Camila.

La hipoteca.

Las deudas.

Todo.

Victoria acercó el cheque.

—Nadie tiene que saber lo que dijo hoy.

Julián levantó lentamente la vista.

Después rompió el cheque por la mitad.

Y volvió a romperlo.

Y una vez más.

Los pedazos cayeron al suelo.

—Mis hijos aprendieron que la dignidad vale más que el dinero.

No voy a venderles a un hombre que tiene miedo de ustedes.

Victoria dejó de sonreír.

Por primera vez apareció el verdadero rostro de una mujer acostumbrada a comprar voluntades.

—No sabe con quién se está metiendo.

—Tal vez.

—Podría perderlo todo.

Julián respondió sin alterar la voz.

—Lo único que tengo son mis hijos.

Y precisamente por ellos no pienso entregarle a ese señor.


Aquella misma noche, mientras Ernesto dormía profundamente gracias al medicamento que le dio el médico del barrio, Mateo entró al cuarto de Julián.

—Papá…

—¿Qué pasa?

El niño llevaba una vieja libreta entre las manos.

—El abuelo Neto me pidió que escondiera esto hace como un mes.

Julián abrió el cuaderno.

Las primeras páginas estaban llenas de partidas de ajedrez.

Después comenzaron a aparecer nombres.

Fechas.

Números de cuentas.

Transferencias.

Empresas.

Y una frase escrita con letra temblorosa.

“Si alguna vez pierdo la memoria, no crean que estoy loco. Arturo me traicionó.”

Julián sintió un escalofrío.

Arturo.

No era el nombre de Victoria.

Era el del hijo mayor del empresario.

Siguió pasando hojas.

En la última encontró un pequeño sobre pegado con cinta adhesiva.

Dentro había una memoria USB.

Sin ninguna etiqueta.

Solo una palabra escrita con marcador negro.

“ASESINATO.”

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