La cabeza de la serpiente giró lentamente hacia mí.
No retrocedí.
Apreté la palanca con una mano y el trapo empapado con la otra mientras el operador del 911 seguía hablándome desde el teléfono apoyado sobre el cofre del camión.
—Señor, los servicios de emergencia están en camino. No intente—
Ya no escuché el resto.
La muchacha dejó escapar un jadeo.
Su pecho apenas conseguía levantarse bajo el peso del enorme reptil.
Si esperaba unos minutos más, quizá la ambulancia llegaría.
Pero ella no tenía unos minutos.
Respiré hondo.
Después lancé el trapo mojado hacia la cabeza de la serpiente.
El animal reaccionó de inmediato.
Retrocedió unos centímetros, confundido por el golpe húmedo.
Aproveché ese instante.
Di dos pasos largos y golpeé el suelo con la palanca justo delante de su cabeza.
El estruendo metálico resonó sobre el asfalto.
La serpiente se irguió.
Su cuerpo abandonó parcialmente el pecho de la joven para adoptar una posición defensiva.
Eso era exactamente lo que necesitaba.
Volví a golpear el suelo.
Otra vez.
Y otra.
El reptil comenzó a deslizarse hacia mí.
No intentaba atacarme.
Intentaba alejarse del ruido.
Retrocedí despacio, manteniendo toda su atención sobre mí.
Durante varios segundos que parecieron eternos, olvidé incluso respirar.
La serpiente terminó abandonando completamente el cuerpo de la muchacha y se deslizó entre la maleza hasta desaparecer bajo unos arbustos secos.
No esperé para comprobar si volvería.
Corrí hacia ella.
—Tranquila… ya pasó.
Tenía la piel ardiendo.
El pulso apenas podía sentirse en el cuello.
Sus labios estaban agrietados y respiraba con enormes dificultades.
—¿Me escuchas?
Abrió los ojos apenas un instante.
Eran de un color avellana muy claro.
Intentó hablar.
Solo salió una palabra.
—Agua…
Humedecí un pañuelo y mojé ligeramente sus labios sin dejar que tragara demasiado.
Recordé las recomendaciones de primeros auxilios que nos daban en la empresa.
No moverla.
No incorporarla.
Esperar.
Pero entonces vi algo que me hizo olvidar incluso a la serpiente.
Su muñeca estaba llena de marcas moradas.
No eran heridas recientes.
Parecían huellas de haber permanecido atada durante días.
Giré un poco la cabeza.
En el tobillo derecho aparecía otra marca igual.
Mi estómago se encogió.
Aquello no parecía un accidente.
Parecía un cautiverio.
El operador seguía preguntándome si la víctima respiraba.
—Sí —respondí—. Pero muy poco.
Mientras esperaba, tomé finalmente el informe de alta.
La primera página estaba manchada de tierra.
Leí el encabezado.
Hospital Regional Santa Helena.
Hora de alta: 17:12.
Paciente:
Sofía Morales.
Edad: 22 años.
Diagnóstico…
Las siguientes líneas estaban parcialmente cubiertas de sangre seca.
Solo alcancé a distinguir varias palabras.
“Deshidratación severa.”
“Contusión.”
“Observación psiquiátrica solicitada.”
Fruncí el ceño.
Aquello no tenía sentido.
Nadie daba de alta a una paciente incapaz siquiera de mantenerse consciente.
Pasé la hoja.
Había una segunda página.
No era un informe médico.
Era una autorización.
La firma del familiar responsable aparecía al final.
Solo que la firma estaba incompleta.
Como si alguien hubiera obligado a escribirla mientras la mano temblaba.
Escuché un motor.
Levanté la vista.
Un sedán negro apareció a lo lejos levantando una nube de polvo.
No era una ambulancia.
No llevaba luces.
No disminuía la velocidad.
Simplemente avanzaba hacia nosotros.
Sentí un escalofrío.
Volví a mirar el camino.
La ambulancia aún no aparecía.
El automóvil redujo la velocidad unos metros antes de llegar.
Las ventanas estaban completamente polarizadas.
El motor permaneció encendido.
La puerta del conductor se abrió.
Bajó un hombre alto con camisa gris.
No llevaba uniforme.
No parecía preocupado por la joven.
Su primera mirada fue directamente hacia la mochila.
Después al informe médico que yo sostenía.
Finalmente sonrió.
Una sonrisa demasiado tranquila.
—Gracias por encontrar a mi hermana.
No le creí.
Ni por un segundo.
Porque mientras hablaba, la muchacha hizo un esfuerzo desesperado por mover los dedos.

Con la poca fuerza que le quedaba, sujetó apenas la tela de mi pantalón.
Negó lentamente con la cabeza.
Y, sin dejar de mirar al desconocido, susurró una sola palabra que me heló la sangre.
—Miente.