Mientras yo abordaba el vuelo hacia Ginebra, Daniel seguía creyendo que todo estaba bajo control.
Emily caminó hacia el altar con un vestido blanco cubierto de cristales.
Los invitados aplaudían.
Las cámaras transmitían la ceremonia para los socios más importantes de la empresa.
Daniel sonreía, aunque una extraña inquietud le apretaba el pecho desde que descubrió que yo no ocupaba el asiento reservado para la “prima” que él mismo había inventado.
Entonces apareció el doctor Marcus Klein, director científico del Instituto Europeo de Neurociencias.
Había sido invitado por uno de los inversionistas de Daniel.
Al escuchar la conversación sobre el medicamento, se acercó con curiosidad.
—¿Hablan del proyecto MEM-7?
Daniel asintió.
—Sí. Mi exesposa participó en unas pruebas clínicas y pronto recibirá el antídoto.
Marcus frunció el ceño.
—Eso es imposible.
El salón quedó en silencio.
—¿Cómo dice?
—MEM-7 nunca tuvo antídoto. La eliminación selectiva de memoria es irreversible.
Emily dejó de sonreír.
Daniel sintió que el rostro se le vaciaba de sangre.
—No… eso no puede ser cierto.
Marcus lo observó con desconcierto.
—¿Quién le dijo semejante cosa?
—Ella… nunca me contradijo.
El científico respiró lentamente.
—La doctora Clara Whitmore dirigió la fase más importante del desarrollo. Si alguien conocía ese medicamento, era ella.
Daniel retrocedió un paso.
Por primera vez comprendió que yo había aceptado la pastilla sabiendo exactamente lo que ocurriría.
No para castigarlo.
Sino para arrancarlo de mi vida para siempre.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje automático del banco.
La cuenta conjunta acababa de cerrarse.
Después llegó otro.
Mi número ya no existía.
Un tercero.
Mi correo corporativo había sido desactivado porque oficialmente dejaba la empresa para incorporarme al Instituto Europeo.
Daniel salió corriendo del salón.
Ignoró a Emily, ignoró a los invitados y condujo hasta nuestro antiguo apartamento.
Entró sin llamar.
Todo estaba vacío.
Solo encontró una maceta seca en el balcón.
Recordó que siempre bebía allí cuando estaba preocupado.
Movido por un impulso extraño, hundió la mano en la tierra.
Sus dedos tocaron un sobre.

Lo abrió con desesperación.
Dentro estaban mi alianza, la suya y una carta escrita con mi letra.
La primera línea hizo que dejara de respirar.
“Cuando leas esto, ya no recordaré el hombre al que alguna vez llamé esposo.”
read the entire Part 3 below