PARTE 2: LA EXCOMPAÑERA QUE YA VIVÍA COMO SI LA CASA SIGUIERA SIENDO SUYA.

La punta de la llave giró una vez.

Después otra.

Rachel frunció el ceño al notar que el cilindro no respondía.

Retrocedió un paso, observó la puerta y volvió a intentarlo con más fuerza.

Entonces hablé desde el otro lado.

—¿Quieres que llame yo a la policía o prefieres hacerlo tú?

El sonido metálico cesó de inmediato.

Durante varios segundos no respondió.

Solo respiraba con fuerza.

Finalmente habló.

—Olivia… abre. Solo vine por una cosa que olvidé.

No me acerqué a la puerta.

—¿A las dos de la madrugada?

—No quería molestarte durante el día.

Miré la pantalla del teléfono.

La cámara grababa cada movimiento.

—Curioso.

—¿Qué?

—Si solo olvidaste algo… ¿por qué no tocaste el timbre?

Rachel bajó la vista.

—Pensé que ya estarías dormida.

—Entonces decidiste entrar usando una llave que me robaste.

Su expresión cambió.

—No la robé.

—La tomé por error.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

No respondió.

Volvió a guardar la llave en el bolsillo.

—Olivia, no conviertas esto en un drama.

Sonreí sin hacer ruido.

Era exactamente la frase que siempre utilizaba cuando la descubrían mintiendo.

—La policía ya recibió la grabación.

Era mentira.

Todavía no la había enviado.

Pero Rachel no tenía forma de saberlo.

Su rostro perdió el color.

Sacó el teléfono.

Marcó a alguien.

Escuché claramente la primera frase.

—No pude entrar.

Sentí un escalofrío.

No dijo “me equivoqué”.

No dijo “Olivia cambió la cerradura”.

Dijo:

“No pude entrar.”

Como si alguien estuviera esperando al otro lado de la llamada.

Como si aquella visita hubiera sido planeada.

Rachel levantó la vista hacia la cámara de la mirilla.

Por primera vez comprendió que estaba siendo grabada.

Cubrió el objetivo con la mano.

Demasiado tarde.

Todo ya estaba guardado.

Se alejó unos pasos.

Yo seguía sin abrir.

Entonces sonó mi teléfono.

Número desconocido.

Contesté.

Una voz masculina habló con absoluta tranquilidad.

—Señorita Carter.

—Rachel solo intenta recuperar unas pertenencias.

—No hace falta involucrar a la policía.

—¿Quién habla?

Hubo un breve silencio.

—Un amigo.

Colgó.

Miré otra vez la pantalla.

Rachel ya caminaba hacia el ascensor.

Pero antes de entrar, hizo algo que terminó de convencerme de que aquello nunca había sido por un secador.

Sacó una libreta.

Escribió algo.

Lo dobló cuidadosamente.

Y lo deslizó por debajo de mi puerta.

Esperé un minuto completo antes de recoger el papel.

Solo había una frase.

“Todavía no has revisado el compartimento del dormitorio.”

Sentí que el corazón se detenía.

Yo nunca le había hablado a Rachel de ningún compartimento.

Ni siquiera sabía que existía uno.

Corrí hasta mi habitación.

Revisé debajo de la cama, detrás del armario y dentro de los cajones.

Nada.

Entonces recordé algo.

Cuando me mudé dieciocho meses antes, Rachel insistió en montar personalmente la cabecera de madera porque, según ella, “venía con un espacio oculto del fabricante”.

Nunca le presté atención.

Ahora pasé la mano por la parte trasera.

Mis dedos encontraron una pequeña pestaña metálica.

La presioné.

Un compartimento secreto se abrió lentamente.

Dentro había un sobre grueso.

Y debajo del sobre…

Una memoria USB con una etiqueta escrita a mano.

“No abrir delante de Rachel.”

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